La leche materna es mágica

Desde que soy mamá tengo una obsesión: amamantar a mi hijo todo el tiempo que sea posible. He descubierto que es la manera más maravillosa de demostrarle mi amor.

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Pienso todo el día en eso. Si no me saqué suficiente leche en la madrugada, se me va la mañana haciendo cálculos para saber cuánto tengo que ‘ordeñarme’ el resto del día y así completar ese tetero. Entré a trabajar hace tres semanas y, testaruda, espero llegar al menos a los seis meses de lactancia materna exclusiva (es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud).

Para lograrlo, tengo que sacarme cuatro onzas de leche cinco veces al día. Veinte en total. Hay un aparto especial para hacerlo. Es una máquina que amo y odio a la vez: me permite reunir lo que mi hijo comerá al día siguiente, pero me convierte en una esclava de mi propia obstinación y, en esa medida, me desgasta un montón. Me levanto a las 2:00 de la mañana para extraerme antes de que el bebé se despierte, me escapo en medio de reuniones a la sala de lactancia, llego agotada a lavar el aparato y así lograr unas cuantas onzas más antes de ponerme en la tarea de dormir a Lucas.

Estoy cansada. Lo acepto. Pero me siento feliz. Creo que todos los esfuerzos que hago valen la pena, porque he llegado a entender que la leche materna es mágica y a través de ella podré asegurar el bienestar de esa personita cuya vida vale más que cualquier otra cosa.

¿Por qué digo que la leche materna es mágica? Aquí reúno 7 razones que me ha dado la ciencia.

1. La composición de la leche materna cambia a medida que el bebé crece

Cambia su calidad, cambia su sabor y cambia su contenido de acuerdo con la edad, el tamaño y las necesidades de nuestros hijos. Cuando empecé a amamantar, ignorante, me preguntaba si a medida que Lucas crecía tendría que dejarlo más tiempo en el pecho para asegurar que comiera lo suficiente para llenar su estómago y cubrir la cuota de nutrientes que su organismo exigía. Mi idea era bastante ingenua y poco práctica. En realidad, el contenido de grasa y energía en una onza de leche va aumentando cuando el niño crece. De esta forma no tengo que incrementar la cantidad, una gota es cada vez más nutritiva.  

2. La leche materna se adapta cuando el bebé está enfermo para darle anticuerpos más fuertes

Si al bebé le da gripa, el número de leucocitos en la leche materna aumenta. Y eso se nota incluso en la calidad de ese líquido blanco: se vuelve más espeso y parecido al calostro. Aunque las investigaciones sobre este tema no son numerosas, hay importante evidencia científica que sugiere que el bebé le transfiere esta información a la mamá a través del contacto de su saliva con el pezón. El pecho de la mamá recibe las señales y pone su cuerpo a producir leche con más anticuerpos.

3. La lactancia materna reduce la posibilidad de que el bebé sufra de ciertas enfermedades

Los estudios demuestran que los niños que son amamantados son menos propensos a sufrir de asma y alergias, ya que los ácidos grasos de la leche protegen el colon y desarrollan sistemas inmunológicos más fuertes. Investigaciones recientes incluso han sugerido que las proteínas de la leche materna podrían ayudar a combatir el cáncer y la obesidad infantil.

4. La leche materna varía de acuerdo con el sexo del bebé

Estudios realizados en diferentes grupos de mamíferos, incluidos los humanos, confirman que la leche que se produce para las niñas tiene menos grasa y menos proteína que la de los niños.

5. En la noche, la leche materna favorece el sueño del bebé

Amamantar cuando ha caído la tarde hace que se liberen hormonas que no solo permiten que el niño se duerma más fácilmente, sino que incluso ayudan a que la mamá descanse. De esta forma, cuando están chiquitos y aún se despiertan con hambre, la toma de la madrugada no cuesta tanto trabajo, ya que es relativamente fácil que volvamos a quedarnos dormidas (siempre y cuando no se nos ocurra prender el televisor o revisar nuestro celular y alterar nuestro ritmo circadiano).

6. La leche materna también es medicina para la madre

La lactancia ayuda a que, después del parto, el útero se contraiga nuevamente y a que se reduzcan las posibilidades de sangrado. A largo plazo, se ha demostrado que las mujeres que han amamantado tienen menos posibilidades de sufrir cáncer de seno y de ovario. Así mismo, disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular y alta presión arterial. La lactancia retrasa el regreso de la regla, lo cual extiende el tiempo entre embarazos.