La vida de un padre soltero con tres hijos adoptivos

Después de un accidente que casi lo deja paralizado, Juan Sebastián de Zubiría retomó una ilusión que había alimentado desde su adolescencia: convertirse en papá. Ver la muerte a los ojos lo despertó, tenía que darle un sentido más profundo a su vida.

Por: Daniel Álvarez

Los tres hermanos están con su padre en el hall de una casa grande, en las montañas del oriente de Bogotá. Muestran, entre los cuatro, cómo se baila una ‘rueda’ de salsa cubana. Es un baile muy similar al de la salsa que todos conocemos, pero, al mismo tiempo, es particular y único. Es raro  ver cómo se mueven, de una manera tan familiar y tan extraña a la vez.
Esta familia es tan única y especial como el baile que nos muestran. La encabeza un hombre que, tras recuperarse de un accidente que lo dejó paralizado por un año, decidió llevar a cabo un sueño que tenía desde los 15: construir, sin necesidad de una pareja sentimental, una familia grande, con hijos adoptivos. 

Ellos son los otros miembros del equipo.   Está Laura, de 14, que estudia Criminalística, mientras valida sus últimos años de colegio. Está Ricardo, de 21, que estudia Administración. Y está Juan Camilo, de 23, que trabaja como gestor de vinculaciones. Los tres son hijos de la misma madre pero de diferentes padres, y hoy hacen parte de la familia que construyó Juan Sebastián de Zubiría Ragó, un empresario de 40 años.

“Yo tuve un accidente muy fuerte, quedé parapléjico. Volaba en parapente y me fracturé la columna, en Melgar”, cuenta Juan Sebastián sobre el evento que le cambió la vida en el 2003. Técnicamente, quedó paraparésico, lo que significa que no tuvo una lesión medular completa. Sin embargo, dejó de caminar durante ocho meses y la recuperación total sobrepasó el año.

Después de recuperar su movilidad, Juan Sebastián decidió irse a una casa en La Calera y vivir como un ermitaño. “No tenía bombillos, usaba velas, meditaba ocho horas diarias”, dice. Antes de su aislamiento en el campo, sin embargo, ya mostraba cierta vocación por ayudar a los jóvenes. Tenía aprendices a quienes les enseñaba programación o asuntos relacionados con la Bolsa de Valores. 

Tras el accidente y su posterior reclusión, el empresario invitó a tres de sus pupilos a vivir un tiempo con él en La Calera, donde compartieron conocimientos. Sin planearlo, convirtió su casa en un internado. “El concepto de fondo era el de ‘comunidad terapéutica’; la idea era que fuera un espacio en el que las actividades diarias fueran curativas”. Aunque alcanzó a trabajar en este proyecto con adultos, entre los 30 y los 40 años, el internado se enfocó principalmente en estudiantes entre los 14  y los 20 años, y funcionó hasta el 2012, cuando tuvo que cerrarlo por diferencias con Bienestar Familiar.
“Me quedó esa espina, porque yo era como el papá de los chinos”, dice Juan Sebastián, cuando habla del momento en el que tuvo que cerrar el internado. Muchos de los estudiantes eran jóvenes en situaciones económicas precarias y algunos llegaron allá después de intentos de suicidio.

A esto le siguió un proyecto de apadrinamiento con Kidsave, una organización estadounidense que busca incentivar la adopción de niños mayores, que suelen tener menores posibilidades de ser adoptados. Después de un par de años de trabajar con la institución, Juan Sebastián se animó a hacer parte del proyecto y convertirse en papá. Fue en ese momento cuando conoció a los tres hermanos que pasarían a ser sus hijos. 

“Vi a los ‘pelados’ y la que más me llamó la atención fue Laura. Yo me enamoré de Laura chiquita”, cuenta.  Ella, sin embargo, no debía estar en el programa de Kidsave, pues estaba por debajo de la edad requerida. Sin embargo, por ser la hermana de Ricardo y de Juan Camilo, quienes ya habían pasado los 15 años, y sí clasificaban, entró en el proyecto con menos de 10.

Como se trataba de un proceso con niños de difícil adoptabilidad, Juan Sebastián no se encontró con ningún desafío cuando explicó que era un hombre soltero. “Es mucho más difícil tener que concertar una decisión entre dos –dice de Zubiría, cuando explica por qué adoptó solo–. Desde los 15 años lo tenía en el radar”. Sin embargo, sí se enfrentó a un mar de pruebas para demostrar que no era homosexual.  “Lo que debió ser un proceso relativamente rápido de dos meses, se alargó como un año”.

 

 

El comienzo de su vida juntos no fue fácil. Ahora conforman un equipo, pero al principio eran dos bandos desconocidos que vivían bajo el mismo techo. Los hijos, que habían tenido una infancia con figuras de autoridad inestables o ausentes, debían acostumbrarse a un papá que, para ellos, tenía espíritu de general. Él, que se estrenaba como cabeza de hogar, sentía que debía imponer una disciplina estricta para vivir en armonía.  

Hoy, después de más de seis años de alegrías y confrontaciones, Juan Sebastián comparte con sus hijos su amor por la música, el baile y el deporte. Él decidió inscribirse a clases de rumba en su gimnasio, que luego se convirtieron en clases de salsa cubana. Convenció a Juan Camilo que lo acompañara y, actualmente, él y su hermano Ricardo son bailarines profesionales y han viajado por el mundo compitiendo y exhibiendo sus destrezas. Laura, la menor, sigue sus pasos con ahínco. Por eso, todos bailan en el hall de la casa.

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Sergio Ávila

Maternidad y Bienestar

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