¿Que los niños coman mal es culpa de sus padres?

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Investigaciones recientes confirman que los menores consumen demasiada azúcar, pero, en la mayoría de los casos, sus progenitores no tienen los conocimientos suficientes para tomar decisiones saludables por ellos.

De acuerdo con un estudio publicado en la revista Nutrients y liderado por María Morales Suárez-Varela, española especialista en salud pública y preventiva, los niños consumen una elevadísima cantidad de azúcares libres (diferentes a los de las frutas enteras). La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que lo ideal es que esta ingesta no supere el 5% de las calorías totales, pero el estudio concluyó que, en promedio, los menores consumen 94 gramos diarios de azúcar; es decir, entre un 22 y un 25% del total de energía del día, unas cinco veces por encima de lo recomendado por la OMS.

El estudio explica que la principal función del azúcar es darle al organismo energía después de descomponerse en glucosa, pero, desde un punto de vista nutricional, no es esencial, ya que la glucosa puede provenir de la grasa y la proteína. La OMS, incluso, asegura que los niños no la necesitan y deberían evitarla, ya que a largo plazo puede relacionarse con enfermedades crónicas.

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Sin embargo, ese ingrediente tóxico y delicioso está en todas partes. Y el estudio explica por qué: “Se debe a sus propiedades y a las reacciones que produce al interactuar con otros ingredientes. El azúcar no solo nos da energía, también nos produce placer. Esta comprobado que la dulzura de los alimentos aumenta la posibilidad de que sean consumidos. Por otra parte, al interactuar con otro ingredientes, puede aumentar o disminuir la intensidad de sus sabores. También tiene la capacidad de afectar las propiedades físicas de la comida: como su volumen o su textura. Adicionalmente, es esencial para preservar ciertos alimentos, ya que reduce la actividad del agua y esto imposibilita que ocurran reacciones químicas”.

Es decir, es un producto tan peligroso como mágico. Por eso, las compañías productoras de alimentos recurren a ella sin prudencia y utilizan la publicidad para dar la idea, a padres e hijos, de que sus productos son maravillosos. Un ejemplo del sagaz y preocupante uso del mercadeo en el nicho de los alimentos fue la moda de la dieta baja en grasa, que Estados Unidos impulsó en 1977. Los productos dietéticos empezaron a aparecer por todas partes y promovían la idea de que eran más saludables. “Pero los alimentos son desagradables cuando les quitas la grasa, saben a cartón –explica Robert Lustig, profesor de Pediatría de la Universidad de California, en el documental Fed Up, que estudia la crisis de las dietas con exceso de azúcar en Estados Unidos–. La industria de los alimentos lo sabía y tenía que hacer algo para que la comida supiera sabrosa, entonces ¿qué hicieron? Agregaron azúcar”.

Redujeron la grasa en un 50% y duplicaron el dulce, que, de acuerdo con Lustig, si se consume en exceso le envía señales equivocadas al cerebro, que empieza a pensar que tiene hambre todo el tiempo. Por esta razón, como lo explica el documental, los jóvenes con sobrepeso en Norteamérica no adelgazan, a pesar de hacer ejercicio y consumir solo alimentos bajos en grasa. Han sido víctimas del mercadeo, que los llevó a creer que lo correcto era buscar la mayonesa ‘dietética’ en el supermercado.

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Los logros de la publicidad ponen sobre la mesa una realidad: los consumidores ignoran qué hay detrás de lo que comen y de lo que les dan a sus hijos. Otra investigación, publicada recientemente en la Revista Pediatría de Atención Primaria y coordinada por el abogado Francisco José Ojuelos (experto en derecho alimentario), asegura que “los menores son vulnerables al marketing depredador e inherentemente explotador que se produce en un contexto de incumplimiento masivo de las normas. Aunque los progenitores no tienen conocimientos nutricionales o sanitarios suficientes, valoran en gran medida la salud de los niños y cambian sus hábitos de compra cuando el etiquetado les revela con claridad los elementos malsanos de un producto. Sin embargo, la libertad de los progenitores de rechazar la oferta de alimentos malsanos no es un mecanismo de protección eficaz, porque el mensaje publicitario de alimentos malsanos es normalmente engañoso”.

En una encuesta dirigida por Ojuelos, el jurista llegó a una cifra clave: el 96% de las personas que participaron no supieron reconocer los azúcares añadidos en los alimentos. A la luz de estos datos y reflexiones, es evidente que la culpa de que los niños coman mal por lo general no es de los padres, quienes simplemente transitan caminos desconocidos y mal señalizados. Todas estas investigaciones no solo confirman que la nutrición infantil va por mal camino, sino que se deben seguir tomando medidas mundiales para que mejore. Hay diferentes alternativas: que se prohíba la publicidad de alimentos insanos, que estos productos tengan mayores impuestos, que las etiquetas sean más claras y que las políticas públicas incluyan pedagogía para los padres, entre muchas otras.

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