¿Pueden las vacunas hacerles daño a los niños?

Aunque el movimiento antivacunas ha existido desde que estas existen, en Internet encontró el vehículo para masificar un mensaje con pocos argumentos. El efecto ha sido tan peligroso que, por ejemplo, los casos de sarampión aumentaron un 300% este año y la OMS lo calificó como uno de los 10 riesgos para la salud mundial.

A principio de este año, la OMS calificó el movimiento antivacuna como uno de los diez riesgos para la salud mundial.Foto: Daniel Álvarez.

En la historia de la humanidad han existido varios fenómenos que han cambiado la esperanza de vida de los hombres. Aprender a vivir en comunidad bajo ciertas condiciones sanitarias ha sido uno de ellos. Otro acontecimiento clave fue la creación de los sistemas de salud, los cuales han dado la  posibilidad de tratar infecciones con antibióticos y prevenirlas  con vacunas.

Hoy en día, la inmunización es la intervención de salud pública más eficiente en el mundo: según la Organización Mundial de la Salud (OMS), evita entre dos y tres millones de muertes cada año, por enfermedades como la difteria, el tétanos, la tosferina y el sarampión. En el caso del sarampión, por ejemplo, tras 22 años de esfuerzos por lograr una vacunación masiva, en el 2016, América se convirtió en la primera región en ser declarada libre de la enfermedad, por la OMS, –Colombia lo logró en el 2014–. Fue la quinta afección en ser eliminada de la región: la primera fue la viruela, en 1971; seguida del polio, en 1994, y la rubeola, en el 2015. 

Sin embargo, los brotes del virus volvieron a aparecer y las OMS se pronunció al respecto en un comunicado que compartió este año: “Al día de hoy, en el 2019, 170 países han informado 112.163 casos de sarampión. El año pasado, en la misma fecha, se habían contabilizado 28.124 casos de sarampión en 163 países. Esto representa un aumento de casi el 300% a escala mundial". 

Las razones detrás de los brotes son de diversa índole y dependen de la falta de acceso al tratamiento, el fenómeno de la migración, el contexto sanitario global y el movimiento antivacunas, que, a principio de este año, la OMS calificó como uno de los diez riesgos para la salud mundial.

Un artículo desafortunado

El primer hecho que les permitió a los movimientos antivacunas dar un salto hacia la opinión popular tuvo lugar en 1998. Ese año, el médico británico Andrew Wakefield publicó un artículo en la prestigiosa revista The Lancet, en el que aseguraba que la triple vírica –la vacuna utilizada para prevenir el sarampión, la rubeola y las paperas– causaba autismo. Tiempo después, una investigación encargada por la OMS refutó esa publicación y concluyó que no existían pruebas que relacionarán la vacuna con trastornos autísticos. La revista retiró dicho artículo y se retractó. El autor perdió su registro médico. Pero el daño ya estaba hecho: nadie pudo parar la ola de duda que generó ese texto, que hoy encuentra más difusión que nunca en Internet.

Muchos antivacunas alegan que se están tratando de ‘biologizar’ problemas sociales. “Esto parte de una idea cierta y es que el origen de muchas enfermedades es social – explica José Julián López, director del Centro de Información de Medicamentos de la Universidad Nacional de Colombia–. Es decir, que afecta a ciertos grupos que tienen, por ejemplo, acceso restringido a los sistemas de salud o condiciones sanitarias poco favorables. Lo que ellos señalan es que, al tener un origen social, la solución a las enfermedades no son las vacunas, sino los esfuerzos dirigidos a mejorar la calidad de vida y a disminuir la discriminación de clase, étnica y de género. Yo no me aparto de esa idea, pero, mientras corregimos el problema social, la población tiene que estar protegida”.

Otros argumentos del movimiento apuntan a poner en duda la seguridad de las vacunas y exponen varios riesgos que estas pueden traer al ser humano. Al respecto, Fabio Aristizábal, profesor del departamento de Farmacia e investigador del Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional afirma: “Al igual que cualquier otro medicamento, las vacunas pueden tener condiciones de riesgo, pero ya hemos aprendido bastante sobre cómo se pueden manejar si la vacunación se hace de una manera correcta y controlada”. 

¿Por qué los padres no están vacunando a sus hijos?

Porque creen que sus sistemas inmunológicos son suficientes para defenderlos contra las enfermedades. José Julián López explica que hay dos tipos de inmunidad: una que es natural y otra adquirida. Dentro de la adquirida existen la pasiva y la activa. Un buen ejemplo de la pasiva es la lactancia, porque, a través de ella, la mamá le transmite al bebé anticuerpos. La activa se refiere a las vacunas. “El ser humano no tiene la capacidad de defenderse de todos los microorganismos y la vacuna se ha desarrollado para crear inmunidad contra aquellos que puedan llegar a causar la muerte o incapacidad”. 

¿Todos procesamos las vacunas de la misma manera?

“Cada vez hemos aprendido más y nos hemos dado cuenta de que somos diferentes, no solo en las características que vemos, sino también en la parte funcional. Con base en esto, podemos decir que, aunque las vacunas son seguras, no podemos hablar de un 100% de seguridad, ningún medicamento cumple con esa característica. Además, hay personas que tienen sistemas inmunes un poco diferentes, que pueden procesar la vacunación de una manera distinta. Esto quizá sea más fácil determinarlo en una persona con VIH, que afecta las células del sistema inmune. Muy seguramente, para ese paciente  la vacunación será más riesgosa y, por esa razón, va a necesitar unos protocolos diferentes”, dice Aristizábal.  

Dicen que las vacunas pueden producir sobrecarga y agotamiento en el sistema inmunológico de los niños,  ¿esto qué quiere decir?

“Lo que hace la vacuna es causar una infección leve para que el organismo prepare anticuerpos para atacarla en un futuro. Esa es la función natural del sistema inmune: defendernos. El sistema inmune tiene que trabajar y, de hecho, está trabajando todo el tiempo, no solo cuando nos enfermamos.  Con la vacuna lo estimulo para que fabrique anticuerpos específicos”, responde López. 

¿No todas las vacunas son necesarias?

López lo pone de este modo: “Es bastante claro que las vacunas que están dentro del Plan Ampliado de Inmunización (PIAI) son necesarias y obligatorias, si uno quiere proteger a sus hijos. Aquí entran las indicadas para la varicela, las paperas, la tosferina,  y el sarampión, entre otras”. Pero hace una aclaración: “No quiere decir que las vacunas que no están incluidas en el PAI no sean de confianza. El Estado ha evaluado cuáles son las que muestran un mejor balance beneficio/seguridad, que sea aceptable para toda la población, teniendo en cuenta las condiciones climáticas, sanitarias y sociales del país. Buscan que una vacuna sea efectiva e impacte en los indicadores de salud pública, como la mortalidad maternoinfantil”.  

¿Qué tan seguras son las vacunas?

Aristizábal es enfático en que Las vacunas son productos medicamentos y por lo tanto están muy regulados y en el caso de las vacunas ya la misma OMS tiene procesos de calificación previa. Si una vacuna llega a Colombia es porque ya esta precalificada por esta entidad. Además, cuentan con la aprobación del INVIMA que hoy está posicionada a nivel internacional como una de las agencias más juiciosas en el tema. Siempre y cuando sean productos oficialmente tramitados y con los respaldos correspondientes, son de confianza. Aunque ojo, ningún medicamento es 100% seguro. También pueden darse casos —aunque en vacunas es donde menos se da— de falsificaciones o fraudulencia. Pero ese ya es otro tema”.

¿Las vacunas tienen mercurio?

López explica que no necesariamente todas las vacunas tienen mercurio. “En algunas es posible que tengan cantidades pequeñas de metales pesados para estimular el sistema inmune, pero son niveles comprobados para que no vayan a afectar la salud de las personas”.  

¿Por qué dicen que causan autismo y otras enfermedades?

Julián aclara que existen casos, pero no se puede decir que las vacunas sean las culpables. “Estos fenómenos no son ‘determinísticos’. Es decir, yo no puedo saber a quién le va a dar. Lo que es cierto es que hay que evaluar el balance riesgo/beneficio. Si yo puedo beneficiar a 10 millones de niños, sabiendo que 5 pueden desarrollar autismo (no por la vacuna, sino porque tienen una condición previa), no puedo dejar de beneficiar a esos 10 millones. Una cosa es la salud individual y otra la salud pública”.

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Redacción Cromos

Maternidad y Bienestar

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