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Nadie debería avergonzarse de sus estrías

Son marcas de las que poco hablamos. Frente al espejo, nos hacen sentir desagradables. Como nunca es tarde para aceptarlas, reunimos las historias de cuatro personas que tienen una relación distinta con las suyas, ya que ven en ellas razones para enorgullecerse.

Por Carlos Torres Tangarife

24 de julio de 2018

Foto: Kathiuska

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Si pudiéramos ocultarlas bajo la tierra lo haríamos sin remordimiento. Justamente porque es imposible hacerlo, las tapamos con camisetas, ropa interior, vestidos de baño enterizos... Y procuramos no pensar en ellas. Las rechazamos casi de manera unánime. Nunca nos preguntamos por qué las despreciamos, quién nos enseñó a odiarlas, o si las detestamos porque la industria de la cosmética las sataniza y somos cómplices de su postura.

“En la dermis hay fibras de colágeno que, al estirarse, generan una ruptura. Su proceso de cicatrización se va a traducir en una estría”, dice María Alejandra Heredia, médica estética. Son violáceas, púrpuras o nacaradas, su pigmentación la determina el tiempo que lleven en nuestro cuerpo. “Las de color violeta o rosadas todavía tienen riego sanguíneo.  Si están blanquecinas significa que están terminadas”, indica.

Las estrías brotan en nalgas, brazos, piernas, abdomen. Se desarrollan en la adolescencia y no dejan de formarse hasta el último día de nuestras vidas. Podría decirse que tienen autonomía, lo que dificulta controlar su evolución. El crecimiento brusco y repentino de la piel determina su forma. Aparecen sin que nos enteremos, sin pedir permiso.

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Lupa en mano, si examináramos una por una, en actitud de exploradores, más que de jurados de concurso de belleza, hallaríamos historias que vale la pena recordar. Muchas de ellas dan pistas de una época determinada en la que nos desarrollamos, o si nuestra existencia se puso a prueba por una enfermedad o un nacimiento. Encontrarles explicación podría replantear nuestro vínculo con ellas. Sería un paso enorme para asumirlas como una huella natural de la que nunca más nos vamos a avergonzar. 

 

Juan Camilo Largacha, 35 años

La historia con mis estrías comenzó cuando tenía 16 años. Un día en el colegio tuve un bajón de energía repentino, que con los días se volvió constante. Por esa época tenía un problema en los meniscos. “Usted tiene algo diferente al problema de la rodilla”, recuerdo que me dijo el médico.  Yo tenía una palidez sospechosa que alertó a mi papá. Esa misma noche fuimos a la Clínica Santa Fe para unos chequeos y, efectivamente, algo me estaba sucediendo. 

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Los médicos descubrieron que mi riñón cada día perdía funcionalidad. No sabían las razones, pues es un órgano que, por lo general, no muestra señales de alerta. En singular digo “mi riñón”, porque los míos nacieron pegados, con forma de herradura. 
El paso siguiente era someterme a una biopsia renal abierta. Al enterarse que tenía el riñón en forma de herradura, el doctor la aplazó seis meses, pues mi cuerpo quizás no resistiría la intervención. Afortunadamente, en mi familia hay médicos que no estuvieron de acuerdo con  poner en espera el procedimiento. De inmediato fuimos a la Clínica Marly, en la que me practicaron otras pruebas. El médico nuevo sospechó que estaba padeciendo una glumerulonefritis. Una vez más me dijo que no podían hacerme una biopsia. No obstante, inició tratamiento a ciegas. Esperar no era una opción.

Al mes tuve fuerzas suficientes para la biopsia. El objetivo era confirmar que efectivamente tenía una glumerulonefritis progresiva, comprobar que las defensas de mi cuerpo atacaban el riñón. El tratamiento incluyó ciclofosfamida, una droga que, si no estoy mal, es lo mismo que aplican en las quimioterapias. De igual manera me dieron cortisona, ambas medicinas tuvieron un efecto agresivo en mi cuerpo. Lo transformaron. Con la ciclofosfamida perdí el pelo de la cabeza y la cortisona me hinchaba y aumentaba las ganas de comer. Mi cara ganó volumen, me subí de peso de manera acelerada.

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Por el tratamiento contra la enfermedad me salieron estrías.  Cada quince días debían inyectarme. Luego, por fortuna, fue una vez mes. Al final me las aplicaban cada dos meses. En plena adolescencia mi cuerpo estaba gordo y calvo, era evidente que era una persona enferma. La medicina demoraba ciento veinte minutos entrando al organismo y, al final, sufría de vómito y maluquera intensa. 

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Antes de eso yo era un joven flaco y deportista. Jugaba básquet, me gustaba el atletismo. Nunca fui consciente de que se me iba a caer el pelo, mis papás no me lo dijeron, estaban más enfocados en mi recuperación que en darle relevancia a los efectos secundarios de los medicamentos. Un día estaba sentado en la sala viendo televisión, me pasé los dedos por la cabeza y la mano quedó llena de pelos. Al mostrarle a mi mamá, ella reaccionó calmada, recuerdo que fuimos a una peluquería para raparme. 

El médico me dio una dieta que trancó la subida de kilos. Me veía gordo por la hinchazón, sí, pero mi tranquilidad estaba firme. Mi cara parecía inflada a presión.  En los dos años de tratamiento, mis papás sufrieron más que yo, eran conscientes de lo que podía pasar. Ayudó mucho que no me hablaran de la muerte o de la posible pérdida del riñón.  

De esa experiencia me quedaron estrías en la espalda y en las piernas, son líneas horizontales y gruesas. Recuerdo que un día busqué cremas que las redujeran o las quitaran. Las que usé no dieron resultado. La verdad, siento que las estrías no me acomplejaron. El sobrepeso se ensañó con el torso, pero ahora que lo pienso bien, creo que cada parte de mi cuerpo tiene líneas. Están en piernas, espalda, brazos... con medio centímetro de grosor.  No las siento como una prueba de mi supervivencia, pero sí le encuentro el lado sentimental: al verlas se me vienen a la memoria mis papás y los médicos que ayudaron a que la enfermedad quedara reducida a una marca. Simbolizan que no me dejé caer por la enfermedad, son una señal de las ventajas de encontrarme con una buena familia y médicos muy profesionales.  Sin su apoyo el destino, probablemente, hubiera sido distinto. 

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Julene Ortiz de Zaldumbide Lucero, 38 años

Me casé a los 24 años. A partir de entonces subí de peso de forma exagerada. Por eso en el embarazo tuve una barriga impresionante. La gente en la calle me preguntaba si tenía mellizos. En esta etapa reventaron la mayoría de estrías, principalmente en la zona del abdomen. 

Al tener a mi hijo seguí subiendo de peso, llegué a estar en 102 kilos en mis 1,56 cm de estatura. Sí, llegué a tener más o menos el doble de mi peso ideal. Por eso los médicos de la EPS me recomendaron someterme a un bypass gástrico, una cirugía en la que, como en cualquier cirugía, se pone en riesgo la vida para tener más vida.  

En la bajada de peso me brotaron otras estrías. Al revisármelas yo digo que son huellas de tareas cumplidas, evocan los retos que he tenido, son signos de guerra, de un sobrepeso importante y de haber sido mamá. 

Bajé 40 kilos en doce meses. Fue difícil al comienzo, porque uno debe comer como un bebé, bocados muy pequeños. Mi comida era una cucharada de atún, otra de puré, después de haber pasado los quince primeros días de convalecencia a punta de líquidos. 

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A la par de la recuperación creció el amor por mí misma, por fin iba a poder comprarme la ropa con la que siempre quise vestirme. Aprendí a aceptar que realmente tenía un problema de salud. 

Ahora depende de mí mantenerme y quererme, estar como quiero estar y sentirme como quiero sentirme. Los cuerpos tienen estrías, arrugas, cicatrices, que reflejan lo que vivimos, nos indican que se puede estar mejor, que es posible hacer mucho por uno.  El organismo, como la memoria, tiene marcas inolvidables y las debemos respetar, porque cargan  un significado especial.

 

Mónica Diago, 32 años.

Me salieron encima y debajo del ombligo. Antes tenía estrías disimuladas en la nalga, producto de cuando se me hincharon las caderas. Nunca me perturbaron, eran delgaditas, sutiles, en cambio las que tengo ahora son rojas tirando a morado, muy grandes, me salieron al final del embarazo, porque en los nueve meses no las vi. 

Lo primero que recomiendan los médicos es comprar cremas antiestrías cuando te enteras que llevas un bebé en la panza. Me apliqué una carísima de 90 mil pesos, que por unas semanas llegué a pensar que funcionaba. Mis amigas decían que lo más importante era la alimentación, que uno se puede echar la crema más cara, pero la clave es comer saludable para que la piel esté hidratada naturalmente. 
 

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Por Carlos Torres Tangarife

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