«Me gusta mucho la gambeta, enfrentar uno contra uno» Juan Guillermo Cuadrado

Cuando veo su apellido en medio de otros como Cavani, Balotelli, Rossi, Neymar y Pirlo, en un puesto de camisetas en el corazón de Florencia, entiendo por qué el jugador de Necoclí no quiere que nos veamos en la calle; prefiere el anonimato de su apartamento. ¡Todos quieren un autógrafo!
«Me gusta mucho el dribling, la gambeta, enfrentar uno contra uno» Cuadrado

A medida que me acerco a su apartamento, en un segundo piso, por la puerta entreabierta se cuela el hilo de una voz que no cesa su cantaleta. Por el tono y la gritería, es la típica bulla de una matrona italiana. Sin embargo, la que habla es Marcela Bello, la mamá del jugador de Necoclí, Antioquia, que desde hace tres años lo acompaña en Florencia y ya habla como una florentina auténtica. En una mesa con mantel de croché, Juan Guillermo Cuadrado, en sudadera, atiende a un asesor bancario de impecable traje negro. Paso de largo, entro a la cocina y ya no estoy en Italia. El ambiente cálido me devuelve al Pacífico, con su nevera blanca, su mantel de hule con verduras pintadas y su frutero de aluminio repleto de mandarinas. Se desvanece la conversación de negocios y Cuadrado se va, no sin antes gritar que no se demora, que tiene que ir a algún lado a firmar algo. Mientras vuelve, Marcela se sienta y nos habla orgullosa de su hijo, de su disciplina para entrenar, para alimentarse y para descansar, tres cosas sagradas y necesarias para ir con el acelerador a fondo los noventa minutos. Por fin regresa. Entra como una tromba directo a su cuarto y después de unos minutos sale cambiado, con un jean oscuro y un saco de rayas grises y blancas, con una C blanca al lado del corazón. Esa es la marca de su propia ropa, la que hace un año comercializa en Medellín y Barranquilla. Se sienta en el borde de la silla, echa la espalda para atrás, estira lo que más puede sus piernas y dice lo que piensa: «¡Una hora! ¡No puede ser que la entrevista se demore una hora!». Así es él, siempre anticipándose a la jugada.

 

Cuadrado y Bello. ¡Qué apellidos!

Mi apellido es el de las mentiras, ni Cuadrado ni Bello.

 

¿Con quién vive aquí en Florencia?

Con mi mamá, Marcela, y mi hermanita, María Ángel.

 

Si se pudiera traer algo de Colombia, ¿qué se traería? 

Un supermercado con todas las cosas colombianas, con panela y todo.

 

Encontré, en un puesto en la calle de Florencia, su apellido en medio de camisetas con nombres como Cavani, Totti, Balotelli, Rossi, Neymar y Pirlo. ¿Qué tal? ¿Usted se imaginó ser tan popular?

No, nunca me imaginé llegar donde estoy, pero siempre tuve la convicción de que podía lograrlo y, gracias a Dios, estoy acá cumpliendo un sueño.

 

¿La fama ayuda? 

En algunas ocasiones puedes tener un poquito de ventaja, se te pueden facilitar un poquito más las cosas. La mesa del restaurante no se demora mucho, por ejemplo.

 

¿Cuántos autógrafos le pueden pedir por la calle? 

No, si no paro, ni uno.

 

¿Y si para?

Si paro, bastanticos, depende de la zona. 

 

Digamos, al lado de la catedral de Florencia.

¡Ah, no! ¡Ahí no puedo! Cuando estábamos haciendo el comercial de Fruco, no podíamos porque siempre que intentábamos hacer alguna toma llegaba mucha gente, entonces me tocaba esconderme y salir cuando se iban.

 

Cuando quiere alejarse  de la prensa y los autógrafos, ¿dónde se guarda? 

Aquí en mi casa. Aquí leo y veo televisión o películas.

 

¿Qué películas ve?

De todo.

 

¿Y qué lee?

Por ejemplo, Los cuatro acuerdos o El éxito a la manera de Dios, libritos así.

 

Su héroe.

¿Un héroe? Me gustaba mucho ver a Superman.

 

 

«Tutto bene»

 

¿Cuál es su fortaleza como jugador?

A mí me gusta mucho el dribling, la gambeta, enfrentar uno contra uno.

 

¿En qué equipo le gustaría jugar?

En ninguno, lo que me mande Dios, donde sea que se haga la voluntad de Dios, ahí estaré.

 

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Gustavo Martínez

 

¿Cuántos goles lleva con la Fiorentina?

En esta temporada, once goles. 

 

¿Y viviendo en Italia?

Tres años y medio, jugando en Udinese, Lecce y, ahora, en la Fiore.

 

¿Qué se compró con su primer sueldo italiano? 

Mi primer sueldo lo ahorré para comprarle en Necoclí la casa a mi mamá. 

 

¿Y ya la compraron? 

Sí, gracias a Dios.

 

¿Algo a lo que no pueda acostumbrarse de la vida italiana? ¿Qué le cuesta?

Ay, yo no sé, yo creo que ya estoy acostumbrado a todo. Como uno viene de un clima caliente, los primeros años es un poquito difícil lo del frío del invierno, pero ya después uno se va acostumbrando. Aunque yo siempre he dicho que prefiero el calor, a veces también es mejor jugar sin tanto calor.

 

¿Se imaginó alguna vez que usted iba a jugar con guantes?

Claro, cuando en Colombia veía la televisión, decía: «Cuando yo esté jugando allá, así”. (Se ríe).

 

¿Ya se acostumbró a que la gente aquí habla alzando la voz?

Sí, parece que estuvieran enojados, pero no, no están bravos. Y a veces los hombres se saludan de beso, si no se ven hace mucho tiempo, de resto no.

 

¿Cómo le va con el idioma? Una frase que use mucho, en italiano.

¡Tutto bene! (Suelta una carcajada).

 

¿Un lugar para ir en Florencia? ¿Cuál es el que más le gusta?

Me gusta mucho la Piazzale Michelangelo porque desde ahí se ve casi toda la ciudad.

 

¿Su plan favorito en la ciudad? Uno que repita.

Salir a comer con la familia.

 

¿Y qué plato le gusta de aquí?

Espaguetis a la amatriciana, me gusta mucho la cocina italiana, de verdad es muy rica.

 

 

«Corro de 10 a 12 kilómetros por partido»

 

¿Algún día se imaginó vivir tan lejos de Necoclí, su pueblo?

Bueno, desde chiquito siempre tenía sueños de ser jugador profesional, y con todo el trabajo y la dedicación, lo logré. Después las metas se fueron alargando, y me propuse jugar en Europa. Gracias a Dios lo estoy cumpliendo.

 

Si tuviera que dibujar Necoclí, ¿qué pondría en ese dibujo? 

Mi casa blanca, un balón y unas vaquitas que tiene mi mamá. Necoclí es muy bonito, se caracteriza mucho por la gente, la playa, la pesca, la ganadería; es un pueblito que se mantiene. 

 

Cuando se levantaba en las mañanas en su pueblo, ¿cuál era su primer afán del día?

Terminar la escuela para ir a jugar en la playa, me gustaba mucho ir a la cancha de Necoclí, que se llamaba La Batea. Pero me gustaba más un campeonato playero en diciembre, que era bueno, bacano. Iba más gente a verlo que a ver el torneo normal de La Batea. Se llenaba porque era de noche y no hacía tanto calor.

 

¿En Necoclí había alguna escuela de fútbol? 

Allá había un señor que se llamaba León, que tenía una escuelita. A los once años jugué en el equipo de él cuando hacía el torneo de fútbol playa. De ahí paso a Apartadó, donde fui a jugar en Mingo. Luego apareció Luis Ayala, que es el dueño de otro equipo ahí mismo en Apartadó, el Manchester Fútbol Club. Ahí jugué la mayoría de tiempo, casi diez años. Después me fui adonde el profesor Nelson Gallego, cuando tenía como catorce años; él estaba en Cali. Allá estuve un año largo en inferiores. 

 

¿Cuándo juega en Medellín?  

Después de Cali volví a Medellín y jugué año y medio. El profesor Nelson creó una escuela que se llamaba Atlético Urabá y ahí jugué un año. Después de jugar dos años, empecé con el Medellín en las inferiores y ya después me subieron al profesionalismo. Y de Medellín salté a Udinese.

 

En esa época, si no hubiera sido Udinese, ¿qué equipo de Colombia se lo habría llevado?

Seguramente, después de estar en Medellín, me habría ido para el Junior.

 

Hoy, cuando se levanta ¿cuál es el afán aquí en Florencia?

Vivir el día a día, hacer una buena oración a Dios, después me cepillo y desayuno, y ahí sí correr y correr. (Sonríe). 

 

¿Cuánto corre usted en un partido?

Corro por ahí de diez a doce kilómetros.

 

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Gustavo Martínez

 

¿Cuántas horas duerme?

A veces me duermo por ahí a las dos o tres de la mañana y me levanto por ahí a las 11:30.

 

¿Y por qué se acuesta tan tarde?

Porque a veces cuando juego, después de un partido, no me acuesto tan rápido. No sé, la adrenalina que queda en el cuerpo no me deja.

 

¿Qué piensa de esa fea costumbre de tirar bananos en el campo a los jugadores? Usted viene de una zona bananera.

(No para de reírse). A mí me lo tiran y yo también me lo como y hasta pido más.

 

¿Una pesadilla que se repita? ¿Un mal sueño?

Ah, cuando voy corriendo,  siempre me persigue una bruja. Cuando me va a agarrar, me despierto; así que todavía no me ha agarrado. (Suelta una risotada).

 

Cuando usted tenía cuatro años mataron a su papá. ¿Tiene algún recuerdo de él?

¡Ahhh, sí! Una foto que vi en estos días, ahí más o menos, una foto, sí.

 

Pero además de esa  foto, ¿no guarda ningún recuerdo de él?

Sí, tengo un recuerdo muy bonito que fue cuando me regaló una bicicleta roja en Necoclí.

 

¿De dónde saca tanta felicidad, si usted viene de un lugar tan pesado como Urabá?

Será de los Bello, que siempre somos alegres. La familia por parte de mi madre es muy alegre. Lo voy a invitar a que le haga una entrevista a mi tía Nelly para que se ría toda la entrevista. 

 

 

«Sigo con los crespos hechos»

 

¿Su vida alguna vez estuvo en peligro?

Sí. Una vez, a los trece años, me monté a un palo de guayaba grandísimo, y pisé mal, y ¡pum! Caí arrodillado, caí mal y las uñas se me rompieron todas.

 

¿Y qué le dijo su mamá?

¡Me pegó!

 

¿Su color favorito?

Blanco y negro, como el Smart que le regalé a mi mamá en diciembre.

 

¿Y el morado de la Fiore?

Es como de funeral. (Vuelve a reírse). Los colores de Necoclí son blanco y rojo.

 

¿En qué cree?

En Dios.

 

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Gustavo Martínez

 

¿Sueña con su tierra?

Sí. Siempre sueño con las vacaciones, estar allá con mi familia. Con mi abuelita, Marcela, más que todo. Me cocina gallina sudada, sopas, de todo.

 

¿Hace cuánto no va a Necoclí?

Hace un año. No fui este diciembre. Yo siempre iba, pero el año pasado no pude. Desde junio, no he ido. Allá, mis abuelos no se pierden ningún partido.

 

Si no fuera futbolista, ¿con qué se ganaría la vida? 

¿En este momento? Con Cuadrado jeans, la marca de ropa para hombre que tengo hace como un año, en Medellín, en el Centro Comercial Obelisco, y en Barranquilla, en el Centro Comercial Panorama. Este buzo que tengo puesto tiene mi marca.

 

¿Y la va a traer aquí a Florencia?

No, no sé, vamos a ver, todo depende de cómo me vaya.

 

¿Qué carga en sus bolsillos?

Nada: la billetera que me regaló mi novia y el celular.

 

¿Cuánta plata tiene en la billetera?

Como 200 euros y muchos papelitos.

 

¿La plata le importa?

Pues, normal, pienso que es algo que ayuda a vivir un poquito mejor, pero es secundaria.

 

¿Está de acuerdo con Pambelé cuando dice que es mejor ser rico que pobre? 

No, primero tener una riqueza como persona y ya. Lo otro viene por añadidura. 

 

¿Tiene alguna frase? 

Todos los días, cuando me levanto, le agradezco a Dios por amarme. 

 

Hablemos de su peinado, la gente ya lo identifica por sus rizos.

Los empecé a tener cuando tenía como catorce años. Primero se me hacían solos; después probé echarme algo, un gel, y me quedaron muy largos, como una mujer. Entonces ahora, de vez en cuando, me los organiza mi madre. 

 

¿Prefiere la mano de su mamá?

¡Sí! ¡Siempre es mejor la mano de mi mamá!

 

¿Y va a seguir con ese corte?

Sí, sigo con los crespos hechos.

 

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Gustavo Martínez