A mi mamá biológica: ¡gracias!

Los niños en adopción renacen cuando encuentran familias que los quieren y les permiten tener una existencia digna. Los nuevos padres, con la ilusión de un hijo en casa, también vuelven a vivir.

Liliana junto a su hija Martina y sus papás Carlos y Elizabeth.Fotos: David Schwarz

¿Qué se siente ser una recogida?, ¿Cómo es vivir en una familia de mentiras?, ¿No te da rabia saber que tu mamá no te quiso y prefirió abandonarte? Estas son las preguntas con las que crecí y todavía hoy, a mis 36 años, las recibo de vez en cuando. Lo curioso es que nunca me han afectado. Por el contrario, me hacen sentir especial, porque si hay algo que tengo claro es que ser adoptada es lo mejor que me ha podido pasar.

Quienes conocen mi historia suelen asombrarse de que no tenga traumas por no saber nada de mi pasado (no sé a qué hora ni en qué clínica nací). Pero la verdad es que sé lo suficiente. Sé que mi mamá biológica me tuvo cuando era menor de edad, pero que eso no le impidió actuar con la madurez de una mujer adulta. Y sé que me dio el mejor regalo, una oportunidad. En esa época la adopción era todavía un tabú y ella fue lo suficientemente valiente para no optar por un aborto. Me tuvo nueve meses en su panza, me sintió patear y vio su cuerpo cambiar para que yo pudiera crecer. Por eso, cuando me preguntan cómo me siento de saber que mi mamá biológica no me quiso y prefirió abandonarme, la respuesta es fácil: que yo esté viva es la prueba fehaciente de que su amor fue incondicional durante el tiempo que estuvimos juntas.

Cuando tuve a mi hija Martina y la pusieron en mis brazos, la primera persona en la que pensé fue en mi mamá biológica. Imaginé lo difícil que debió ser despedirse de mí. Recuerdo que cerré los ojos y le di las gracias, porque ese día conocí el verdadero significado del amor, y solo pude hacerlo por su sacrificio y su coraje. Ahora, mientras escribo estas palabras, es difícil contener el llanto y el deseo de conocer su nombre... Porque me gustaría que supiera que todos los días procuro aprovechar al máximo el regalo que me dio y estar a la altura de su decisión.

La segunda oportunidad

También sé que se hizo realidad su deseo de yo que encontrara una familia que me diera la vida que ella no podía darme. Carlos y Elizabeth me demuestran todos los días que la genética no es un factor a la hora de construir un hogar. Durante los cinco meses que estuve en FANA (Fundación para la Asistencia de la Niñez Abandonada), Elizabeth –con 23 años y jefe de enfermería del lugar– me hizo parte de su vida de manera irreversible. Ella dice que se enamoró de mí tras visitar mi cuna todos los días para revisar mi talla y mi peso. Por eso, a pesar de no tener la edad para adoptarme (la ley exigía que tuviera 25), decidió jugársela, ir al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, exponer su caso y pedir una excepción. Al mes me adoptó y, poco tiempo después, se enteró de que tenía cáncer de matriz y nunca podría quedar embarazada. Pero ella ya era mamá, mi mamá, nos elegimos mutuamente.

 
 

A mi papá lo conquisté fácil. Cuando fue a FANA para conocer a la niña de la que tanto hablaba su esposa, le sonreí de tal manera que no tuvo cómo negarse a los deseos de mi mamá. Detrás de su aparente seriedad estaba un hombre sensible, consentidor y amoroso. Fue el encargado de corregir tareas, de desenredarme el pelo para ir al colegio, de coger el dobladillo de mi uniforme y de llevarme todas las mañanas al jardín (en dirección opuesta a su oficina) para asegurarse de que llegara feliz a clase.

Nunca me trataron diferente por ser adoptada. Tenía que seguir las mismas normas que Ángela, mi hermana mayor e hija del primer matrimonio de mi papá, quien vivía con ellos cuando me adoptaron. Lo único que nos diferenciaba era la edad, ambas éramos sus hijas, sin importar cómo hubiéramos llegado a la casa. Y así ha sido siempre. Por eso puedo decir que mi familia está muy lejos de ser de mentira.

Un nuevo miembro en la familia

En mi casa hablar de adopción siempre ha sido tan normal que, cuando me preguntan qué sentí al enterarme de que era adoptada, digo que siempre lo he sabido. Igual que mi hermana menor. Cuando la adoptamos –me incluyo en el verbo, porque Natalia fue como mi primera hija–, tenía ocho días de nacida. Al principio no quería ni verla por celos, por miedo a que me quitara a mi papá. Incluso les pedí que la devolviéramos porque lloraba mucho. Pero eventualmente se ganó mi corazón.

 
 

En su primer día de colegio se supo oficialmente que éramos adoptadas. La fui a recoger al salón para llevarla al bus y nadie entendía qué hacía una niña de pelo castaño y piel blanca (casi transparente) abrazada a una de pelo negro azabache, ojos miel y piel morena. Recuerdo que ese día me sentí poderosa por ser la hermana mayor, pero, sobre todo, me sentí orgullosa de las dos, de lo que nos unía. Aunque nos molestaban por ser “hermanas de mentiras”, nuestra historia era más real y transparente que cualquiera. Siempre hablamos de la adopción en voz alta y sin secretos. Desde chiquitas, mi mamá nos llevaba a FANA. Nos mostraba el cuarto donde dormimos y las fotos de nuestras entregas. Felisa, Marina y Cristina, tres de las enfermeras que me cuidaron y me quisieron cada segundo que estuve ahí, me vieron crecer.

Hoy ellas conocen a mi hija, y Martina sabe lo que ellas hicieron por mí. Sabe que me consintieron, me arrullaron, me abrazaron y convirtieron una sala de cunas en una habitación llena de amor. Ella también sabe que ser adoptada define la clase de mamá que soy, así como nuestra relación: abierta y frentera. Sabe que por eso en nuestra casa no hay lugar para los estereotipos ni los juicios. Sabe que hemos conformado una familia poderosa, gracias al hogar en el que crecí, pero, en especial, a la valentía de una adolescente que no solo me dio la oportunidad de vivir, sino que se aseguró de que viviera bien, plena y feliz.

 
 

Liliana y su hija Martina.

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Liliana Escobar Acevedo /Revista Cromos

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