Minería en Chocó: el río nunca muere

Mineros y joyeros insisten en la recolección artesanal del oro. ¿Cómo resisten ante el posible exterminio de una tradición de cinco siglos?

 

Por: Camila Builes   / Fotos: David Schwarz

 

Son las seis de la mañana de un sábado de septiembre. En una esquina del parque de Las Ánimas, un pueblo a hora y media de Quibdó, hay dos camionetas Volvo blancas. Ambas tienen los vidrios polarizados. De una de ellas se bajan dos hombres que no superan los 30 años, saludan a una señora que vende pandebonos y empanadas, y pasan los ojos por las cuatro puntas del parque como si ocultaran algo de alguien. El más alto abre el baúl y mete la cabeza, cuando la saca, mira el celular. Se escuchan risas. La música sale del baúl como una bestia furiosa. Sean bienvenidos todos / a un mundo mental por mi creado / y que por hoy los pienso dejar pasar/ Es Tyrone Can, la peor pesadilla de cierta gente. La voz de Canserbero, el rapero venezolano que murió en el 2015, rompe de tajo el ambiente. 

 

Por una de las calles del parque viene Wilson Palacios, el presidente de la Asociación de Víctimas de Las Ánimas. Ellos lo miran. No se saludan. 'El príncipe', como le dicen en el pueblo, va a comprar un pedazo de panela para hacerse el tinto de todas las mañanas. “No te movás de aquí, América ya nos está esperando”. En cuanto Palacios se mete a la tienda, el que encendió la música se acerca. Tiene una camiseta con la cara de Pablo Escobar en el frente y la palabra ‘inmortal’ en una de las mangas. “¿Estás perdida?”, me pregunta. “No, espero a alguien”. “Con cuidado por acá”. Palacios sale de la tienda y me llama de un grito. 

 

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“Desde que la minería llegó a este pueblo, hace más o menos 15 años, las cosas se han vuelto serias. Este es el sitio perfecto para ellos, es una conexión geográfica”, murmura. Las Ánimas está ubicado sobre la vía que de Pereira conduce a Quibdó: es la bisagra que une a los municipios de la subregión del San Juan con los del Atrato, el Eje Cafetero y la salida al mar por la vía Panamericana. El pueblo, como la mayoría de municipios del Chocó, es de tradición minera. Desde el siglo XVI foráneos y locales han realizado en el departamento la extracción de metales preciosos a gran escala. Sin embargo, la forma de extraerlos ha cambiado de forma abrupta. Antes, los campesinos iban a la orilla de las cuencas del río Atrato y con batea –una especie de charol en madera–, garfios y palas sacaban del agua el oro y el platino en forma de escarcha. Pero, según un reporte elaborado por el Ministerio de Minas en el 2011, desde el 2007, el Chocó tuvo un alza de minería ilegal de casi un 80%. Empresas canadienses y brasileras lograron meter retroexcavadoras selva adentro y acabaron con la tradición. O casi toda. 

 

Cuando llegamos a un puente, El príncipe me muestra un hilo de agua que corre debajo: “Todo eso era un río –dice señalando una playa enorme de piedras negras y cafés que rodea el agua– y ahí vive América”. América Rentería es una de las pocas barequeras que quedan en el pueblo. Tiene 52 años y desde los cinco comenzó a sacar oro del río con su mamá. “A uno no es que le enseñen, uno cuando es niño cree que está jugando a sacar oro y así aprende”. Ella tiene unas trenzas apretadas, como una red que le cubre la cabeza. Su casa está al borde de lo que queda del Río San Joaquín, un afluente que, según pobladores de Las Ánimas, hace treinta años abastecía de agua a todo el pueblo. 

 

América comienza a caminar entre la hierba crecida, da un salto y cae al San Joaquín. Va hacia adelante, donde los árboles hacen arcos con sus ramas. No dice nada. En la mano derecha lleva la batea y en la otra, el garfio y la pala. “Aquí, aquí. Sácate los zapatos que lo vamos hacer aquí”, dice apuntando con el garfio un punto cualquiera. “¿Por qué sabe que ahí hay oro?” “Porque uno conoce el río…Yo he vivido al borde de estas aguas toda mi vida y la he escuchado cantar y llorar por culpa de los 'dragones'. El río me dice donde es”.  Comienza a caminar hacia donde había señalado; el agua no le llega ni siquiera a las rodillas. Mira para todos los lados y mete la batea en el fondo, la lava y la saca; la pone sobre una piedra plana. Con la pala echa tierra y piedras sobre la batea. Empieza a cantar bajito, no se le entiende. Retira los escombros grandes de la bandeja y queda la tierra grisácea. El sol, en la mitad del cielo, hierve el agua. América levanta el recipiente con la arena y lo mete al río. “¡Se va a perder el oro!”, le grito. “Tranquila, niña, tranquila que el oro nunca se va”. Hace movimientos circulares y verticales con la batea en el agua y cuando la saca, la tierra comienza a bajar deslizándose por un lado y ahí, en el labio inferior del charol, aparece. Es oro, oro en polvo. 

 

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Guardianes de la tradición. Algunos joyeros están interesados en heredar sus saberes a los más jóvenes, para que las compraventas no se los devoren. En esta tarea reciben el apoyo de Artesanías de Colombia, que hace talleres y les entrega herramientas para que elaboren productos que sean competitivos en el mercado.

 

Los chocoanos les dicen 'dragones' a las retroexcavadoras. Animales de metal que llegaron al departamento a mediados del 2000 y han arrasado, según el Gobierno Nacional, con más de 220.000 hectáreas de selva, la extensión de Sumapaz, el páramo más grande del mundo. En el 2014, un estudio de la Fundación Ideas para la Paz reveló que más de 800 retroexcavadoras destruyen diariamente la biodiversidad del Chocó. Cuando América sale del río, me muestra las várices de sus piernas: “Este trabajo, si se le puede llamar así, es muy duro. Los 'dragones' secaron los ríos. Acabaron con todo”. 

 

El polvo que América encontró en el San Joaquín no alcanza a ser medio gramo de oro. En Chocó, todavía se usan las medidas que utilizaban los colonos para cuantificar el metal: tomines y castellanos. Un tomi representa 0,5 gramos de oro y un castellano son cinco tomines, o sea 2,8 gramos. A América le compran un castellano por 10.000 pesos. En Quibdó lo venden en 70.000 pesos. James Rodríguez, uno de los comerciantes de oro más reconocidos de la capital chocoana, asegura que los más afectados por la minería ilegal son los mineros artesanales. “Es muy difícil que la gente en el Chocó deje de ir al río a buscar oro, a pesar de que ya no se encuentre como antes. Esa ha sido una de nuestras tradiciones más fuertes”. James tiene la sonrisa del deber cumplido: es uno de los pocos joyeros en Quibdó que compra y vende oro artesanal, libre de cianuro y mercurio.

 

Al entrar a su taller, James presenta a su gente: cinco trabajadores que moldean oro y plata todo el día. “Él es Francisco, uno de los joyeros más viejos de este pueblo, de los que más sabe”. Francisco Valdés se pone de pie, henchido de felicidad. Lleva gorra y las gafas en la puntica de la nariz. “¿Cómo empecé yo en esto? Por error –se ríe duro–. Yo tenía dos tíos que me llevaban muy chiquito al río y sacábamos oro, pero lo que a mí más me gustaba era la orfebrería. Recoger un metal de la tierra y darle forma, darle vida”. 

 

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James Rodríguez. En su taller se producen joyas casi todos los días del año, cada una diferente a la otra. Trabaja con oro artesanal, libre de cianuro y de mercurio, que dañan la naturaleza. 

 

Para los chocoanos, sacar oro del río significa algo más –mucho más– que unos pesos en el bolsillo. Meterse al agua, fundir el metal y moldear una joya son los pasos de una batalla para no perder lo que, según ellos, es suyo por herencia. El oro no solo es el adorno del cuerpo: es el polvo en el ombligo del bebé contra el mal de ojo, el anillo en el anular para evitar las envidias, la cadena rodeando la cintura para la prosperidad. Hace medio siglo, antes que pescar, los niños aprendían a sacar oro del Atrato. Este nunca muere, es el único metal que, a pesar de fundirse una y tantas veces, perdura. El anillo de la abuela se convierte en la pulsera de la nieta.

 

Francisco saca una bolsita con oro. “Son cuatro gramos”, dice mientras lo riega sobre un periódico. Esa será la única vez hasta el final del proceso que el oro lucirá dorado: durante su tratamiento siempre será un amasijo sólido y negro. Francisco lo funde con un soplete en una cuchara de barro duro. “Esto tiene su maña. Uno lo ve brillante, luego no tanto, y ahí lo va moviendo hasta que sea el momento exacto”. Luego lo vierte en un canal de metal y lo que sale es un lingote en miniatura. “Para una cadenita”, dice. El resto del proceso es mecánico: estirar y estirar el oro hasta que quede del grosor perfecto para lo que se vaya a usar. 

 

“Mire, mire, estos dos son unos magos”. Francisco se refiere a Javier y Óscar, dos momposinos que viven en Quibdó hace cinco años y trabajan la filigrana, la técnica traída por españoles, que consiste en usar delgados hilos de oro o plata para hacer formas en anillos, aretes o dijes. Los diseños casi nunca se repiten. Mientras Óscar hace espirales de plata con una barita de metal, dice que se inspiran en las formas de la naturaleza. Con delicadeza, introduce los rollitos en un molde que tiene sobre la mesa. “Es para un anillo –dice Francisco–. En la filigrana no se solda nada, todo tiene que pegarse a presión. Muy bello ¿no? A veces pienso que si me muriera y volviera a nacer, sería joyero de nuevo. ¿Usted ha sentido eso? Eso que es como que uno nace para algo y nada más. Que uno sabe las mañas, sabe cómo agarrar el oro. A veces dejo de trabajar, pero siempre regreso”. 

 

En el taller de James las joyas son pensadas para el cliente, pero, sobre todo, para la ocasión. “Vea, niña, no es lo mismo que usted mande a hacer un anillo para su grado que para su matrimonio. Cuando usted llega acá y nos pide una pieza para su matrimonio, uno como joyero, mientras lo va haciendo, va rezando por usted, va poniéndole una energía especial. Nosotros acá somos bien esotéricos y creemos en las intenciones. Mientras que en las compraventas, esos mataderos, le venden a usted una cosa usada una y hasta mil veces”. 

 

Salimos del taller y James esconde la mirada, con desprecio, cuando pasamos por el centro: más de quince compraventas en solo tres calles. “¿Si ve eso? Qué tristeza. Esta gente viene de Medellín o de Pereira y no les importa acabar con un negocio que en el Chocó se heredaba como una joya”. Desde el 2013, cuenta Abelino Palacios Rentería, presidente de la Asociación de Joyeros Emprendedores de Quibdó, la ciudad se ha ido llenando de compraventas procedentes de Antioquia y Boyacá. El problema con estos negocios es que venden mucho más baratas las joyas usadas. “Como ellos no tienen talleres o no se especializan en la fabricación de joyas, venden mucho más baratas las piezas porque son las que han dejado por empeño”. 

 

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Abelino, al igual que James, tiene su propio taller y su propia tienda donde comercializa sus joyas. Seven, como le dicen y como nombró su negocio, ha sido maestro de casi treinta personas. “Aquí uno no cobra por enseñar. Ojalá muchos jóvenes se animaran a aprender para no morirnos en el intento de derrotar a las compraventas”. De una de las paredes del taller cuelga una foto enmarcada. En ella hay siete hombres y dos mujeres con el uniforme de Seven. “Ellos fueron alumnos míos y ahora cada uno tiene su negocito, viven de esto”. 

 

A Quibdó lo parte el río Atrato: la fuente fluvial con más ciénagas del país. Cuando uno está sentado en el parque, el río marcha silencioso a un lado. La Corte Constitucional reconoció que “este río, su cuenca y afluentes son sujetos que tienen derechos”. Debido a esto, la Corte le dio un plazo de seis meses al Gobierno Nacional para diseñar un plan de acción que detenga la minería ilegal en el Chocó y ordenó regular el comercio nacional del oro.
“Mientras vamos en la lancha le cuento”. Milena Vidal es bióloga de la Universidad Tecnológica de Quibdó. Mientras nos subimos a la lancha que nos llevará hasta el río Quito, dice: “¿Lista? Mire bien este verde, porque las cosas van a cambiar”. Atrás queda la cúpula de la iglesia, el río se divide en dos y nosotros tomamos el camino de la derecha. “Llegamos al Quito”, advierte el conductor. El agua se pone verdeazul y poco a poco el verde de las orillas muere. De frente nos topamos con un área devastada, una montaña café con cráteres en la superficie. Los 'dragones', al borde del río, y unas ollas de metal flotando. 

 

“Acá es donde comienzan a morirse los peces”, dice Milena después de un suspiro. Primero se usan motosierras para talar los árboles, luego llegan las retroexcavadoras: riegan cianuro y mercurio que queman las raíces de los árboles y contaminan el agua. Lo que la minería tarda seis meses en destruir, la naturaleza tardará más de un siglo en recuperar. Cada 'dragón' saca un kilogramo de oro cada tres días y requiere al menos 10 kilos de mercurio que luego tiran al río. “El mercurio y el cianuro funcionan como imanes que separan grandes cantidades del metal de las piedras. Con un equipo mucho más pequeño que el que hay acá se pueden extraer hasta 500 gramos de oro, que equivalen a más de 400 millones de pesos a la semana”. 

 

Milena conoce de sobra la zona porque a comienzos del año realizó, junto a sus compañeros de universidad, una investigación acerca de los daños que causa el mercurio. “En la investigación comprobamos que las especies de peces que hay en el río están bioacumulando mercurio. La especie que más acumula es el hoplias malabaricus, conocido como el chícharo. Cuando lo abrimos nos damos cuenta de que en las partes donde el químico hace más presencia es en el hígado y en los músculos. Los humanos nos comemos los músculos”. Según Milena, el chícharo está entre los cinco pescados más consumidos en el Chocó. “La gente no sabe qué especies están bioacumulando y cuáles son las que puede comer con mayor frecuencia”. Aunque el bocachico también acumula mercurio, es el pez que presenta menos cantidad de químico, una ventaja, porque es el componente principal de la dieta chocoana. 

 

La lancha se devuelve y el silencio que había antes ahora parece estar cargado de una tristeza oscura. “¿Por qué seguimos usando mercurio si en el mundo lo están erradicando? –dice Milena, sin esperar una respuesta–. La minería ha roto un tejido social grande. Comprobamos que la producción de peces ha disminuido y ahí sí ¿qué vamos hacer? Uno no come dinero ni come oro”.

 

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“Tiene que hablar con 'El Chin', el hijo de uno de los primeros joyeros de Quibdó”, grita Milena cuando nos despedimos. William Córdoba tiene su joyería a media cuadra de la Catedral de Quibdó. Es un rectángulo blanco donde están los elementos justos para trabajar: un hilador, un soplete y la cuchara de barro. William fue el único de su familia que siguió con la tradición. “Esta casa ocupaba toda la cuadra. Mi papá les enseñó a todos los joyeros que hay por acá: Seven, James, Peña. Muchos. Al menos él ya no puede ver esto: el río sucio, las compraventas”. 

 

William estudió Tecnología agropecuaria, pero prefirió quedarse en la joyería porque no tiene que “lamberle la suela a ningún político” para obtener un puesto. 

 

“La joyería El Chin comenzó en el Barrio Cristo Rey. Mi papá hacía de todo. El joyero chocoano ha hecho de todo, no sé si bien o mal, pero se le mide a lo que sea”.  De su papá aprendió la paciencia del artesano: remendar una y mil veces la cadena, lidiar con los gustos de los clientes y sortear las pocas ventas. Por las compraventas, joyerías tan pequeñas como El Chin, apenas sobreviven. “De acá me sacan muerto, yo no dejo acabar esta tradición”. 
“Todos acá tienen alguna cosita de oro. Si se les daña, lo prefieren a uno, que no les roba ni los engaña”. William le apuesta a la compra del metal libre de tóxicos. “Claro que me sale más caro, pero lo haré hasta que me muera. Los 'dragones' piensan que nos están matando. Ellos no saben que nosotros venimos del río y el río nunca muere”. 

 

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