La visión de Jaime Rubiano

Con apenas 31 años, se encuentra en el punto más alto de la moda global. Triunfos de un joven colombiano en París.  
La visión de Jaime Rubiano

Lo dijo Joan Manuel Serrat: “La ley que debe haber en esto del arte –o en tantas cosas de la vida– es que la única manera de ser internacional es ser profundamente provinciano”. Tal parece ser el destino de algunos individuos: nacer y crecer en lugares rotundamente desconectados de aquello en lo que con el tiempo habrán de convertirse.

En ese sentido, Jaime Rubiano hace recordar a Riccardo Tisci –el genial modisto, hasta hace poco diseñador de Givenchy, hoy sucesor de John Galliano en Dior–. Ambos recibieron influencias de pueblos pequeños –El Cerrito en el Valle y Taranto en Italia–; ambos se criaron rodeados por mujeres –Rubiano por tías, Tisci por ocho hermanas– y ambos, por un instinto inexplicable y a pesar de haber nacido en lugares desvinculados del tema de la moda y la estética, sintieron desde pequeños un feroz impulso hacia ellas. No es extraño que, en el presente, Tisci sea uno de sus mentores.

Hoy, Rubiano es un Creador de Imagen (un Image Maker), oficio que abarca la elaboración de video, fotografía y styling y que, sobre todas las cosas, cataliza la manera como las ideas se manifiestan a través de imágenes. Rubiano reúne una cantidad exuberante de información –referencias, canciones, filmes, fotografías, atmósferas, experiencias–; la diseca, la digiere y la refina, convirtiéndola en una narración, una visión estética. Esa visión se traduce en la apariencia que llevan las modelos sobre la pasarela en un show y en la forma en que se dispone la luz, el pelo, el maquillaje y el look general en una editorial para una revista, por ejemplo. También puede materializarse en un video o en un set fotográfico muy bien calculado.

Para muchos, un diseñador de moda es un individuo que fabrica ropa según los dictámenes de su capricho. Para muchos, también, un desfile es apenas un compendio de trapos, llevados con gracia por mujeres flacas sobre una pasarela. Para tantos más, la moda no es otra cosa que el deseo frívolo e insaciable por vestirse bien. Pero lo cierto es que muchos ignoran lo que se esconde tras las bambalinas de la alta industria: un proceso atravesado por una arteria gruesa y jugosa de arte. Eso es precisamente lo que comprueba y hace Rubiano.

En su corta trayectoria, ha sido consultor para Ungaro y la mano derecha de Esteban Cortázar en su proyecto con Éxito para Colombia. Todas las imágenes que recibimos del transgresor experimento fueron ensambladas bajo su custodia. A finales de este mes saldrá al aire un video que le fue encomendado por Vogue Italia, algo que él define como “el duelo entre sonido e imagen, una pieza visual pero poética”.

Conocedora de su trabajo, la publicación –una de las más críticas y artísticas en el circuito de las Vogue– solicitó a Rubiano la creación de una pequeña pero sustancial obra. Sarah Neufeld, la violinista de la célebre agrupación Arcade Fire –que acaba de ganar Mejor Disco del Año en los Grammy– ideó una pieza musical que sustenta el video (¿sería mejor decir “la danza de imágenes”?) de Rubiano. El film competirá en septiembre en el ASVOFF (A Shaded View of Fashion Film), el único festival fílmico dedicado a la moda.

Hace pocos días, estuvo en Amberes, en el Hotel du Cap, invitado por Chanel para presenciar la colección crucero. Estuvo, además, como el asiduo colaborador de Vogue Latinoamérica que es. Actualmente prepara una colaboración transgresora para la edición de septiembre de la revista, y ha hecho videos con Eva Hugues –la directora–, en París, sobre la forma como viven las editoras de la industria el ajetreo de los grandes desfiles. Su mirada, oscuramente romántica, ha comenzado a salpicar los contenidos de la versión latina de una de las revistas más legendarias del medio. Apareció en la última edición de la revista W y, por su sensible destreza, ha comenzado a hacer consultorías para Chanel. Un nuevo proyecto con Esteban Cortázar asoma también.

“Ahora, mirando hacia atrás, veo que todo está conectado con la idea del descubrimiento desde lo desconocido y desde el aislamiento”, confiesa. El mayor contacto que tuvo con la moda, de niño, provenía de las revistas Vanidades que le robaba a su abuela y que desataron en él la necesidad casi monstruosa de dibujar. Obsesionado, solía copiar de manera exacta las campañas publicitarias que lo deslumbraban hasta lograr, con la satisfactoria minucia, replicarlas.

Era un tiempo de confinamiento y sin embargo, Rubiano tropezaba permanente e indirectamente con ese mundo. Si no había dinero para televisión por cable en su casa, en las de sus amigos conoció a la mítica Elsa Klensch, la reportera que hablaba de moda en CNN; sintió la influencia de Versace y de Thierry Mugler aun cuando nadie en el país estuviera hablando de esos temas. Lo motivaba un extraño instinto y las casualidades lo encontraban.

En 1999 llegó a Montreal, “la Ámsterdam de Norteamérica”, una ciudad cuya estética cruda, sexual y avivada por una exuberante vida subterránea le abrieron otras compuertas. Estudió Diseño de Arte. El aislamiento siguió, sin embargo. El frío, cuenta, permitió largas temporadas de estudio y lo más gratificante: el acceso a las revistas, pasar horas en las librerías absorbiéndolas. Fue allí, luego de mucho sospecharlo, que se cristalizó en él lo que deseaba hacer con moda.

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