Mujeres con pantalones

La latente amenaza de que las mujeres no solo se pongan pantalones sino que se pongan los pantalones
Mujeres con pantalones

Allá cuando la falda pantalón… eso fue ayer no más, y sin embargo, parece muy remoto. Cuando aquella intentona, la de hacer que rigiera la falda-pantalón, produjo en ambos hemisferios tantas inquietudes, encomios y protestas, llegó un momento en que al figurársela ya como de aceptación inminente, muchas personas exclamaban:

—¿Pero es que de veras puede llegarse a tanto? ¿Es que se pondrá la mujer pantalones?

No se puso, y el porqué de su determinación era muy sencillo: vio claramente que la oportunidad no había llegado. Modistas y sastres redujeron su industriosa tentativa solamente a pulsar la opinión y a claudicar si ésta resultaba muy desfavorable. Se ha dicho que las mujeres no adoptan sino lo que a los hombres nos guste, y ello es así muchas veces. Lo fue, por ejemplo, en ese caso. Bien sabían ellas a qué atenerse, porque a unos pocos les gustaba demasiado la idea y a otros muchos les disgustaba con exceso. Por entonces, dijo Benavente que si el pronóstico de San Pablo estaba ya para cumplirse, que si los hombres perseguidos por las mujeres habían de refugiarse en las copas de los árboles, y que si las mujeres habían de trepar, los pantalones eran sin duda necesarios.

Ellas se limitaron a sonreír ante la profecía del grande apóstol y la humorada del escritor ilustre sugiriendo que no habían tenido el más leve propósito de abandonar lo seguro por lo fantástico, y jamás cambiarían su sistema de cazar haciéndose perseguir de la caza. Un procedimiento que satisfactoriamente se ha sostenido en el cartel por centenares de siglos, no se cambia tan así como así. ¿Se pondría pantalones la mujer? Sí, pero cuando le pareciera oportuno y gracioso; cuando fuera, en ocasiones muy calificadas, un capricho más de su fantasía inagotable, una manera como tantas otras que el indumento le ofrece de ratificar su dominio sobre el otro sexo con artes de feminidad. Los usaría, como ahora los usa, bombachos o en cualquier otro estilo adecuado a circunstancias que previese y a efectos que imaginase; mas no renunciaría de ningún modo a sus faldas, pues conocían muy bien lo que valen y lo que pueden. ¿Se pondría la mujer pantalones? Era fútil preguntarlo sabiendo que sí, como se pondrá todo lo que sus atractivos, andando el tiempo, les convenga.

Más tarde fue lanzada otra interrogación, aunque de apariencia igual, de significancia distinta: ¿se pondrá la mujer los pantalones? Aquí ese nombre de la prenda ya resaltaba en su carácter masculino, y el punto era una sugestividad muy diferente. Algunos comentadores, en extremo alarmados, respondían: ¡Si los tiene ya puestos! Observe lo que hay en muchos matrimonios que se llaman elegantes. Ella es quien prevalece, dispone y manda; ella se ha tomado y ejercita un montón de libertades que para él mismo fueran demasiadas y que le están prohibidas. Observe cómo viven y se manejan ahora las muchachas en esos hogares de “gente bien”. Observe… (no: aquellas desgraciadas criaturas nada tienen que ver con el asunto. Son locas a medias, que usan faldas pero con desatino lamentable, con pésimo gusto. Son simplemente casos de libertinaje doméstico, son productos de la ineducación). Otros comentadores, aludiendo a los avances realizados por lo que impropiamente se le llama feminismo, decían: ¿Los pantalones? Indudable que han comenzado a ponérselos, y claro se ve que si la dejan, se los pondría definitivamente. Para la conquista de su independencia y su igualdad con el hombre, solicitó en un principio y acaba hoy por tomar cuanto juzgaba necesario: las profesionales, la política, el gobierno. Ya forman legión las doctoras en Jurisprudencia, en Medicina, en Derecho canónico, en Filosofía, en Letras; hay miles de ingenieras, arquitectas, escultoras, periodistas y escritoras; hay centenares de banqueras, corredoras de comercio, farmaceutas, agrónomas; ya se han visto mujeres en la diplomacia como embajadoras, secretarias y adjuntas; por otra parte hay diputadas, alcaldesas, magistradas, notarias, procuradoras; en la carrera del sacerdocio han ingresado algunas que se muestran muy activas, ora predicando, ya administrando el séptimo sacramento. La mujer se abre campo, sube, compite, desaloja, especula, quiere tener a lo menos tanto poder intelectual y material como el hombre. ¿No están crujiendo, pues, las bases del mundo? ¿No hay sobrado motivo para inquietarse? (No lo hay, me parece; ni con todo aquello, ni con lo que últimamente haya pasado. Yo no creo que al mundo lo hagan peligrar ni hoy ni en lo futuro unas señoras que organizan mítines, federaciones, alianzas y aniversarios, otras que se dedican a las combinaciones financieras, u otras que han empezado a surgir como campeonas de boxeo al ver en éste una profesión que da muchos aplausos y fuertes ganancias; el pugilista cobra hoy en diez minutos lo que no cobra en diez mensualidades un presidente de la República, y tiene mejor fama una boxeadora, sobre todo si pone nocaut a una formidable púgil, como hizo madama Le Mar con su consorte, asegura cada vez ante un público de veinte mil personas y un pilón de dinero).

En el término justo se sitúan quienes han expresado sobre esta cuestión la verdad útil y necesaria. Por ejemplo, las mujeres que en actitud circunspecta y verdaderamente femenina, con entendimiento sereno y convicción profunda, piden para la mujer todo aquello que la perfeccione como tal, que la asocie de más en más al interés colectivo, que le embellezca su corazón, le aclare su mente, le amplíe su sensibilidad, que la vincule a todas las obras del sentimiento humano y del progreso social, en una palabra, que aquilatando sus derechos realce y fecundice mejor sus deberes. Es así como ha de obtener ella la culminación de su prestigio en el porvenir.

La vida es labor, y no hay labor que valga sin división del trabajo. No se pueden reproducir los dos sexos en un mismo ser. Y a común denominador. ¿Que es preciso fijar y respetar los derechos de cada uno? Eso nadie lo ha negado. Aunque si bien se considera, propiamente lo que hay en la vida no son derechos, sino deberes que han de cumplir las naciones, las clases, los grupos, las familias, los individuos, los elementos que forman esta humanidad. Si es imposible cambiar de sexo, es lógicamente inaceptable abandonar cuantos deberes él impone. Los deberes no se renuncian, como dijo el gobernante de marras. Todo está en que se otorguen a la mujer una justicia y una solicitud suficientes. Hacerlo, es enseñar al alma femenina la noción exacta y la completa imagen de su deber. Ha de llenarlo con aquel vivo celo que de su naturaleza emana, y con la intuición propia de su destino. Entonces, quien resulta ganancioso es el amor, o sea la vida, en sus variedades más trascendentes y en sus más bellos matices.

La mujer, según características, deberes y aptitudes de su sexo, es alternativamente superior e inferior al hombre: nunca es igual, si bien puede fingirlo a veces en prueba de que no lo necesita y en reconocimiento de que no lo es. ¡Pero vayan ustedes con estas reflexiones a las feministas de género bravío! Antes batallaban por la igualdad imposible de los sexos; no habiéndola logrado, proclaman ahora que la mujer ya no es completamente igual sino absolutamente superior al hombre para todo lo sabido como para todo lo imaginable, y que debe por tanto gobernar el mundo. Ni más ni menos ha dicho ante un congreso en días pasados la señora Belmont, quien adujo como prueba de ineptitud masculina los últimos siglos de historia. Naturalmente, la señora Belmont se complace en ignorar que la historia del mundo es la historia de la mujer, y está quien lo ha gobernado, si no desde su primer principio, sí por lo menos desde aquel día en que alargó doña Eva curiosamente su mano hacia don Adán para observarle que entre los dos había diferencias de mucho aprecio y para, en vista de la desigualdad, insinuarle que renunciaran sus derechos a la vida eterna.

La señora Belmont ha pedido a las mujeres que no se casen y que por medio del voto luchen sin descanso hasta conseguir todas las posiciones, ocupar todas las eminencias, gobernar el planeta y establecer un régimen severo en que se dé a los hombres tan solamente aquellas plazas de última categoría, cuyo ejercicio no requiriera inteligencia ni habilidad alguna.

Dicen que ciertos pueblos, como los batamitas en Java, los ladks del Tíbet, los nairs en Malabar, tienen sistemas de vida muy curiosos: allí mandan las hembras y sólo ellas pueden ser propietarias; la madre es jefe único de familia y los hijos llevan su apellido; hay poliandria; los maridos de cada mujer viven amigablemente y trabajan mucho para ella en labores agrícolas y en varias industrias; únicamente las hijas heredan; los hijos no tienen más derecho que a pan cotidiano y a albergue doméstico mientras son menores de edad; en casos de guerra con algún pueblo vecino, si la cosa apura mucho y si las hembras que forman el Consejo de gobierno han creído necesario, pueden los hombres pelear en defensa del territorio, mandados por las jefas militares. Es decir, se adelantaron esos pueblos en chiquito a lo que pretenden hacer muy en grande la Pankurst, la Dieulafoy, la Belmont y sus filisteas, para reorganizar el mundo.

Afortunadamente, no son ellas la mujer. Son unas cuantas personas del sexo neutro, alucinadas con ponerse los pantalones. Hay varias de ellas que usan ya ese vestido, en forma por extremo ridícula. Está bien que no gasten faldas, porque no sean mujeres, pero es absurdo que se pongan traje masculino, pues tampoco son hombres –ni querrían serlo si por un milagro pudieran–. Lo estupendo es oír cómo chillan por escasez de libertades, cuando son libres hasta de atropellar la estética vistiendo ese horrible disfraz, modelo Bloomer, con que las mílites del National Worman’s Party se hacen fotografiar.

Después del hombre sólo puede usar pantalones la mujer propiamente dicha, que ahora los lleva en momentos excepcionales con el fin de agradarlo, de ratificar en ese paso de coquetería las condiciones inalienables de compañera, camarada y complemento suyo. Ha sabido afeminar graciosamente la prenda masculina, para ser siempre tentadora y lisonjera con su amigo, imitándolo (imitar en cierta medida es admirar) cuando va con él en cabalgata, o en excursión a pie, y cuando se adiestran los dos en juegos de patinaje o esgrima. Es así como usa pantalones hoy –sin atender a pronósticos de san Pablo– la que no se considera inferior, igual, ni superior al hombre, sino todo eso a la vez: la mujer a un tiempo moderna y tradicionalista que se siente como parte del hombre mismo, que discute lo menos y actúa lo más, que amplifica su inteligencia por el sentimiento de sus responsabilidades, que piensa mirando al porvenir, que busca una mayor firmeza espiritual en la unión de los sexos, que sueña y trabaja por que el amor se remonte a sus mayores alturas, que siente sobre ella una gran parte de los destinos de la humanidad y quiere seguir siendo fuente primera de cuantas ilusiones impulsan al mundo; que no renuncia, en fin, al eterno femenino.

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