Esta cuca es mía

¿Sabemos de dónde vienen las cosas que vestimos? ¿Qué historia hay detrás de cada prenda? Nos hicimos esas preguntas y para respondernos, este especial. La camiseta.

Hugo Alejandro Díez Montoya

Tengo la mala costumbre de toparme cada tanto con tipos ególatras y manipuladores al momento de tener una relación amorosa. Personajes completamente contrarios a lo que conscientemente quiero en un hombre, con quienes no he podido terminar de explicarme, cómo los dejo entrar en mi vida.

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En una de estas aventuras oscuras y tenebrosas se me ocurrió decirle a uno de estos tipos lo siguiente: “Me quiero hacer una camiseta que diga Esta cuca es mía”, frase que escribió García Márquez en su libro El amor en los tiempos del cólera, y que si se ponen a pensar es bien machista, pero como yo tengo cuca, si me la pongo su sentido cambia, y a mí esa idea me parecía encantadora.

Acto seguido a mi confesión, me encontré atropellada por un montón de frases escandalizadas invocando a la moral, dónde este personaje me catalogaba de vulgar y decía que le parecía una idea absurda: “¡Jamás me atrevería a decir esa palabra!”, (cómo si eso tuviera que importarme) “¡Si te la pones no salgo contigo a la calle!”, y otras muchas cosas me dijo para que me quedara bien claro que aquella idea solamente sería digna de mujeres de mala reputación y sobre todo de mujeres indignas de estar con él, que para sí mismo, era el hombre más codiciado y deseado sobre la faz de la tierra.

Ahora que hay tiempo entre esa anécdota, he pensado muchas cosas al respecto para tratar de entenderla y tengo una conclusión. Al tipo este lo que tanto le ofendía era que mi camiseta en potencia significaba un acto de irreverencia, en contra de un motón de imposiciones sociales que la literatura, la música y la cultura en general refuerzan, pero, sobre todo, era un acto de irreverencia contra él que estaba convencidísimo de que esa cuca era suya y no mía.

¿Y cómo no iba a ser un acto insolente si la camiseta en sí misma lo es? Cómo pedirle compostura a una prenda que nació para ser usada como ropa interior y que necesitó de un séquito de descarados como Marlon Brando, James Dean, Coco Chanel y Elvis Presley para que en los años 40 pudiera lucirse a la vista.

Cómo este personaje no iba a ofenderse si la camiseta es un símbolo de afiliación a ideales y movimientos, desde que en los 70s personajes como Katherine Hamnett y Viviene Westwood la usaron para llevar mensajes subversivos hasta las pasarelas más importantes del mundo. Cómo no iba a perder los estribos, si a mí también me pasó cuando hace un año vi salir a una turista canadiense del hostal que compartíamos en Medellín con una camiseta de Pablo Escobar, y al igual que mi ex amor me regué en argumentos para explicarle que de ninguna manera eso era motivo de orgullo para la gente de mi país.

Cómo la prenda a la que Christian Dior elevó a alta costura y al mismo tiempo que la canadiense portaba orgullosa a uno de los criminales más grandes de la historia, él le ponía la invitación “Todos deberíamos ser feministas” no iba a causar revuelo si está hecha para eso, para que seamos, para que pertenezcamos y para que nos señalen de pensar de determinada manera.

Y luego pensé que una acusación de obscenidad no fue nada, salí bien librada si recordamos que hace tan sólo unas semanas una camiseta en contra de la guerra Duque-Uribe le causó golpes, insultos y amenazas de muerte a un joven que marchaba por la paz.