
"He aprendido a sentir en equipo", Isabel Henao
Dicen que los artistas ven la vida de una manera diferente. Que cada uno de ellos vive en su pequeño mundo, edificado minuciosamente por su lenguaje creativo y por esa capacidad extraña de sentirlo todo de manera amplificada.
Yo, que de hecho vivo en mi pequeño mundo construido con alfileres, telas, flores y colores, no solo he recibido el regalo de sentirlo todo en grande, sino que desde hace unos años tambien puedo decir que comparto ese mundo imaginario junto a mi esposo. Un hombre que tiene tres ojos enormes (esas dos bolitas verdes que adoro, mas el lente de su camara de fotos). Ojos tan grandes como su corazón y talento.
Desde que comparto la vida con Manuel Olarte, he aprendido a sentir en equipo. Una enseñanza un tanto difícil cuando se tiene una profesion creativa que puede ser tan aislante y autocentrada. El estar junto a él me maravilla día a día, al entender su universo, hecho de papel fotográfico, de sombras y de luz. Su fascinacion por los rostros y por las historias detrás de cada personaje, me hacen ver retratos ya enmarcados en quienes veo en la calle y quisiera guardarlos para él a traves de un diafragma imaginario. Así, poco a poco, las telas van uniéndose al papel fotográfico, los colores van tintando su obsesión por el blanco y negro y los alfileres han empezado a delinear puntos de luz por aquí y por allá.
Vivir de cerca el proceso de creación del otro, compartirlo y nutrirlo, es estimulante. Puede ser un reflejo de sentires propios como un asombro ante un resultado inesperado que te hace decir: ¿cómo pudo haber visto esto, si nadie más lo vio? La respuesta es, por esos ojos grandes, siempre al acecho. Verle tomar fotos es presenciar un acto de magia. ¿Cómo más podría denominarse el pintar con luz, y el que al ver una foto puedas escuchar el rugido del mar, tocar la piel de un anciano wayuu o sentir el frío infinito de un glacial?
Un artista es un conducto creador, una especie de alquimista que toma lo que esta en la cotidianidad y lo transforma en emociones. El estar frente a una obra de arte, cualquiera que sea su género, es una sensación extraordinaria. Un recuerdo en medio de nuestras vidas agitadas, de la necesidad de alimentar el alma, de sentir, de asombrarse.
Para Manuel, el temor a olvidar y a ser débiles ante el paso del tiempo es uno de los lugares de origen para su obsesión por la fotografía. Por eso, desde que vamos de la mano, una pared en blanco se ha vuelto una excusa para recopilar y capturar historias. Y una a una van quedando fotos enmarcadas que logran precisamente eso: capturar cual presa de trofeo, ese momento que de otra forma se desdibujaría entre las imprecisiones de la memoria. ¡Qué gran regalo éste, el poder vivir la vida a través de sus ojos!
Foto: Manuel Olarte.