Andy Warhol, rey del pop y de la moda

A veces aparecen en la cultura fenómenos que marcan a la juventud y trascienden en el tiempo. Son, por lo general, los grandes inspiradores del diseño y del estilo de vida.

Uno de ellos fue Andy Warhol. Genio mediático de los años sesenta, impuso la moda pop en una época plagada de héroes y especialmente convulsionada, marcada por la guerra de Vietnam, la revolución de Mao, el asesinato del presidente Kennedy, el suicidio de Marilyn Monroe y la fiesta sicodélica de Woodstock.

Músicos como los Beatles, los Rolling Stones y Jimi Hendrix; modelos como Jane Shrimpton, Twiggy, Verushka; fotógrafos como Richard Avedon y Helmut Newton, diseñadores como Mary Quant, Raymond Clark y Stephen Sprouse, fueron, junto a Warhol, miembros eminentes de una realeza que rigió al mundo con sus excentricidades y sus gustos.

Warhol se estableció en Nueva York en su “Factory”, un loft de Union Square que oficiaba literalmente como una fábrica. Allí el arte dejó de ser único para formar parte de una serie de impresiones que serían reproducidas en diferentes colores y contribuirían a masificar a los iconos de esta década prodigiosa del siglo XX. Fue mitad taller creativo, mitad centro de reunión de ese mundo genial de modelos, músicos, sexo, droga, y rock and roll; y se hallaba cerca de donde los hippies, con inciensos y telas hindúes, se habían tomado un barrio entero, el Village.

Warhol, nacido en Pittsburg en 1928, llegó a Nueva York con ilustraciones de moda debajo del brazo, y comenzó a trabajar en publicaciones como Harper’s Bazaar y Vogue, que le pagaban por cada par de zapatos. Warhol los contaba para ver si le alcanzaría para comer ese día. De ahí su famosa frase: “Si te encuentras un zapato, levántalo y te traerá suerte el resto del día”.

Con el movimiento Pop, Warhol cambió el mundo del arte y de la publicidad. Cosas cotidianas como una lata de sopa, una vaca, un zapato, una botella de coca-cola… se convirtieron en símbolos para una generación. En España Bofil, Umbral, Almodóvar, Agatha Ruiz de la Prada; en Francia Courrèges y Cardin, y japoneses como Miyake, adoptaron el pop art como bandera de diseño y de color.

Mucho debe la moda a este descendiente de checoslovacos que se pintó el pelo de blanco, que se operó la nariz y fue, con su cámara Rolleiflex, el fotógrafo insigne de una década que marcaría a la juventud para siempre. Sus retratos, sus marcas, la imagen de lo cotidiano, la rebeldía del color, las fotografías psicodélicas, desdibujadas, con elementos sobrepuestos, tratando de modificar la realidad, reaccionaron contra las preconcepciones estéticas, Warhol creó con el pop art otra estética, nueva y verdadera, que cambiaría el mundo del diseño.

Hoy no hay un lugar en el mundo de la moda, ni diseñador sofisticado que no haga una referencia al pop art. Camisetas con Mao o Marilyn, con la botella de coca-cola o con la lata de sopa Campbell; los aguamarinas, fucsias y amarillos estridentes; éstos y otros símbolos han desfilado por las más importantes pasarelas recordando al rey del pop, quien se pegaba sus pelucas con cinta de doble faz para que no se moviera nunca, ni siquiera cuando le pegaron tres tiros y estuvo muerto por más de un minuto.

Hoy asistimos a la vigencia del pop en nuestro país. Desde el 18 de junio y hasta septiembre estarán con nosotros 120 obras de la colección privada venida desde Pittsburg, gracias al Banco de la República que, con aliados como Coca-Cola, la revista Semana y La W trajo la colección privada “Mr. América”, con todo lo que representa de glamur, sexualidad y diversión.

Artistas de la talla de Beatriz González, Álvaro Barrios, Clemencia Lucena y Maripaz Jaramillo son algunos de los talentos criollos del mismo movimiento. El Divino Niño habría sido un consentido de Warhol, lo habría adoptado en todos los colores. De hecho, el pop art ya se adueñó de él, al igual que ocurrió con paradigmas como la Virgen de Guadalupe y el Che Guevara, que permanecen en el imaginario popular como iconos de nacionalidad o ideología. La palabra Colombia con la letra de coca-cola, de Antonio Caro, es quizás la mejor referencia nacional en este sentido.

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