Casarse es muy del siglo XXI

Dicen los añoviejos que lo mejor del matrimonio es cuando se firman los papeles del divorcio. ¡Error! Lo mejor es la fiesta, el “acepto”, y levantarse todos los días con un beso del hombre de tus sueños. Es clarísimo, todo lo bueno viene en empaque de a dos.

Dicen los añoviejos que lo mejor del matrimonio es cuando se firman los papeles del divorcio. ¡Error! Lo mejor es la fiesta, el “acepto”, y levantarse todos los días con un beso del hombre de tus sueños. Es clarísimo, todo lo bueno viene en empaque de a dos.

Pero hay por ahí algunos delincuentes (importante enunciar que son del sexo masculino) que torturan esta unión y, como fugitivos, le huyen a la más sincera de la uniones, que ya nada tiene que ver con el patrimonio porque para eso están las capitulaciones y un buen abogado. Han deshonrado al matrimonio, como si fuera la más devastadora de las pandemias. Día a día van reclutando adeptos que se encargan de darle una mala reputación, y cosa difícil ha sido el proceso de rescatarla.

No sabemos cuál desafortunado, incapaz de rebelarse y escoger su propio match, le creó la mala fama al matrimonio, quién la redujo a la peor de las desgracias y le inventó todos esos chistes del matricidio de los que nadie se ríe, excepto los invitados de las barras en Sábados Felices. Si matrimonio tiene la misma terminación de demonio, nuestro ángel favorito, ¿cómo puede llegar a ser objeto de mofa? A los demonios se les respeta, caramba. A ese individuo desadaptado no hay que lincharlo en la plaza pública, hay que encontrarle una ‘parcera’ que lo haga reír. Porque de eso se trata en esta nueva era sigloventiunera, de que el matrimonio se realice, pero con la amiga/novia/amante.

¡Qué delicia casarse! Qué suerte sentir los ojos del otro mientras repite, delante de quién sabe cuántos invitados ansiosos por reventar la primera champaña, que la ama, que quiere estar a su lado hasta que se acabe; así, vestidos de blanco, de rojo o del color de moda, apretándose las manos sin envidias ni temores, como si desde ese momento en adelante fueran los dos contra el mundo. Precisamente de eso se trata, sin películas futuras con finales de banca (eso se le encima al cine). En este siglo se va viviendo lo que va pasando.

Los rulos en la cabeza mientras plancha con el cigarrillo detrás de la oreja y el esposo en calzoncillos rascándose sus cosas, esa escena se quedó en Asesinos por naturaleza. Esas ilustraciones le pertenecen a los casamientos del siglo pasado. Lo romántico es casarse, bien sea al mes de conocerse o a los cinco años, y así dure un día como a Britney, u ocho como a Madonna, o toda una vida como a Sofía Loren. Casarse es muy, de nuevo, de este siglo.

Me considero acérrima defensora de la causa marital, la cual ha sido degrada y aplastada hasta casi ser aniquilada por los añoviejos en su desesperada flagelación por no haber escogido la mujer de sus sueños. Defiendo la unión de dos personas del mismo o de sexos opuestos; defiendo la necesidad de querer compartir el amor y su cuerpo con la persona a la que se escogió en ese momento; defiendo los diferentes rituales que puedan cumplir ese deseo; defiendo al hombre que se arrodilla y pide la mano; y a la mujer que también lo hace, sin arrodillarse por supuesto; defiendo el amor junto con todos los clichés que lo respaldan, y ante todo defiendo a aquellos mortales que se aventuran a limpiarle la mala reputación porque de ellos será el reino de la tierra. Ese es el único reino por el que hay que preocuparse.

Y cuando el amor se acabe, también defiendo el divorcio, para no rayar a nadie.

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