Cuidados intensivos: una instalación

No soy muy amigo del así llamado arte contemporáneo, pero por una vez pienso que convendría armar una gran instalación en algún lugar emblemático de Bogotá que consista de una sala de cuidados intensivos en la que se pueda recluir a la Constitución de 1991.

Allí habría que monitorear con lástima su débil pulso, conectar sus asfixiados pulmones a un respirador y administrarle la extremaunción. La historia clínica diría que la muchacha está en la unidad a causa de un balazo en el hígado que le pegaron la semana pasada en la Cámara de Representantes y que su vida, breve y llena de abusos, pende de un hilo.

El infortunio comenzó cuando la muchacha fue violada antes de nacer por Pablo Escobar, quien le dejó de legado la prohibición constitucional de extraditar colombianos, prohibición que fue preciso expurgar a marchas forzadas. Sin embargo, nadie nos advirtió del  peligro que entrañaba la posterior propensión de la muchacha a entregarse al primer advenedizo con credencial de congresista que se le aparecía. La pobre, por crédula y dadivosa, fue vendiendo barata su dignidad y en los últimos dos o tres años sirvió de pelele para una caterva de suplentes de los suplentes, gente de ínfima categoría moral a la que a su vez mangonean desde el Palacio de Nariño los miembros de una rosca turbia proclive al proxenetismo político.

Me parece paradójico que la decisión de desconectar a la muchacha y decretar su muerte corresponda justamente a la junta de médicos que debería velar por su salud, es decir, a la Corte Constitucional. Si la Corte fallara en derecho, no tendría ninguna dificultad a la hora de encontrar diez o doce razones de forma y de fondo para enterrar al mamarracho de referendo que fue aprobado por el Congreso, pero sucede que en Colombia el derecho se ha tornado cada vez más un juguete de los políticos y, en particular, de la Rama Ejecutiva del poder, presidida nada menos que por un domador de caballos que comenzó su primer gobierno desmantelando el Ministerio de Justicia: ¡en un país que prácticamente carece de justicia!.

Queda la muy leve esperanza de que los médicos-magistrados padezcan del extraño síndrome Iguarán, es decir, del rapto de relativa independencia que les entra a ciertos ex funcionarios o beneficiarios de Uribe apenas el Presidente ya no puede trapear con ellos, como suele  hacerlo mientras los tiene a tiro. Pagan luego un precio altísimo: Iguarán se va a quedar esperando a que lo nombren en alguna embajada. Nadie en Palacio quiere que el riesgo en el que hoy incurre el ex Fiscal General pueda amainar.

Una vez todo se consume el 7 de agosto de 2010 y Álvaro Uribe pronuncie el juramento democrático –o digamos que perjure, pues defender lo que se dice defender la Constitución...– y asuma por tercera vez la Presidencia de Colombia, habremos regresado a la condición de república bananera (¿nunca dejamos de ser una?), demostrando con ello que carecemos del más elemental perrenque colectivo necesario para manejar instituciones serias. Cualquier caudillo conversador y paternalista nos descarrila con suma facilidad. En ese momento, Fabio Valencia Cossio se volverá a burlar de nosotros, como se burló la noche de la votación en la Cámara, y empezará una interinidad constitucional de consecuencias desconocidas.

Lástima lo de la Constitución del 91; era hasta buena muchacha.

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