El cambio

A Antonio Caballero le gusta decir, en su adornada prosa de torero literario, que el cambio es una quimera.

Y, en efecto, el cambio que a él le gustaría no es posible; tampoco el que me gustaría a mí. La noticia no resulta sorprendente: el mundo está demasiado abrumado por el arrume de las tradiciones como para que sea susceptible de cambiar con la celeridad y la elegancia con que puede desearlo una persona fantasiosa.

Aunque parezca paradójico, la posición de Antonio entraña un conservadurismo camuflado, pues si la versión factible del cambio no constituye ningún cambio, si todo cambio de fondo es imposible, da lo mismo que las cosas sigan como van. Bastará con que alguien pueda clamar en el desierto a título de Casandra reiterada y, de resto, vénganos el tu reino de la resignación.

Pensemos por un instante si, más allá de la utopía fantasiosa, el cambio drástico es deseable. Un par de revoluciones dieciochescas son todo cuanto los amantes de los vuelcos oceánicos en las sociedades tienen para mostrar en su favor, y eso que Chou En-Lai decía sobre la francesa que es demasiado pronto para saber si sirvió. Bastante más turbios y tortuosos, aunque todavía positivos, fueron los resultados de nuestras guerras de Independencia. De resto, el récord de las revoluciones resulta, tiro por tiro, catastrófico. No hablemos de Stalin, de Mao o de Castro, porque ese debate ya está cerrado. ¿Qué tal, por ejemplo, Robert Mugabe, alguna vez padrecito de su pueblo y hoy sanguinario verdugo octogenario del mismo? Bien dice el aforista esloveno Zarko Petan que “casi siempre la revolución es una transición sangrienta de un sistema malo a otro peor”.

De lo anterior surge una pregunta ineludible: ¿qué tan radicales pueden ser los cambios que propone quien apenas gana las elecciones por un margen más o menos estrecho? Si por alguna razón llegamos a creer que la sociedad requiere de un cambio radical, ¿qué tanto derecho tenemos de aplicarlo al llegar al poder con una escasa mayoría?

Echemos un raudo vistazo a la historia. Allende se hizo presidente con cerca del 35% de los votos y fue ratificado después por un guarismo parecido. Sin embargo, intentó y fracasó a la hora de realizar cambios muy dramáticos en Chile; luego vinieron los dóberman a despedazar su proyecto. Lo de la Segunda República Española fue por el estilo: un triunfo exiguo se consideró un plebiscito para arrasar con la derecha del país. La posterior Guerra Civil saldó el asunto con un millón de muertos. ¿Y acaso Chávez no tiene a su país patas arriba con apenas un 10% de margen sobre la oposición, después de sobornar a los electores mediante un despilfarro aterrador? ¿Es justo que alguien en esa posición proceda a nacionalizar la industria de alimentos? Mi opinión ha de resultar obvia: el cambio debe ser progresivo y contrastado, y sólo en rarísimas ocasiones históricas puede ser radical. Por otra gran paradoja, la última ocasión que justificó un cambio radical fue la caída del Muro de Berlín, o sea, una contrarrevolución.

La noción de cambio es esencial en el debate político actual: la izquierda radical quiere vuelcos drásticos, pese al abrumador fracaso de sus utopías; la derecha radical quiere retroceder hacia una sociedad cavernícola o virar hacia ella, sin parar mientes en los métodos. El centro, en cambio, se acoge al reformismo como método, así debata, y con furor, sobre cuáles reformas sirven y cuáles no.

Temas relacionados