El origen del bastardo

No hace mucho tiempo unos señores de Argentina me invitaron a participar, como escritor de origen judío, en una revista que ellos tienen. Pensaban que mi apellido era el mismo Abadi, sefardita.

Esta semana recibí otra amable carta, esta vez de la editora de una revista estadounidense que está preparando una antología con escritores latinos de origen árabe, a los cuales les pide un cuento.

Aunque me gustaría mucho ser judío y árabe a la vez, tengo que ser honesto. De mi apellido sé que un tal Santos Abad, natural de Palencia, en España, se casó en Yolombó a mediados del siglo 18, con una tal María de la Luz Jiménez (que debía de ser negra, zamba o mulata) y que al final de su vida dejó escrito en su testamento, que “tiene 59 años, está casado, tiene diez hijos y se encuentra quebrantado de salud y sin con qué sostener la familia”. Pensando en estas invitaciones, y en los oscuros orígenes de mi sangre, se me ocurre lo siguiente.

Creo que son muy pocos los colombianos que tienen clara cuál es la raíz étnica de sus antepasados. En mi caso, como en el de muchos, no sé si el primer Abad que llegó a Antioquia era de origen morisco, judío, español, o si era simplemente el descendiente de un expósito dejado a las puertas de un monasterio, o el hijo del superior de un convento que no supo qué otro apellido ponerle a su pecado mortal... Sabemos muy poco de la línea patrilineal, y de las otras ni se diga.

En realidad prefiero tener esos orígenes indeterminados, confusos y bastardos. No podría decir que tengo origen árabe, ni judío, ni español, ni nada. O podría decir, lo que es lo mismo, que los tengo todos. Creo que uno recibe influencias de las personas que conoce (padres, abuelos, parientes, maestros, amigos), pero que lo que haya hacia atrás —salvo taras o ventajas genéticas muy claras— es bastante azaroso e impreciso. Uno tiene cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 chozabuelos. Yo podría apostar que alguno de esos 32 habrá sido árabe, otra negra, otro judío, otra española, otro italiano, otra india. Y de esa vieja corriente mestiza y caótica, mixta, mezclada, impura, bastarda, de todo eso me siento parte. Así que no sé con cuánta honestidad podría hacerme pasar por judío, o por árabe. Estoy dispuesto a participar también en antologías de escritores de origen italiano, negro, español, indio... Como se puede ver, no tengo una identidad muy clara en lo que tiene que ver con las etnias, las nacionalidades o los grupos raciales de mis antepasados. He amado mucho Las mil y una noches, los Rubayatas, la poesía sufi, la comida del desierto, los tapetes, el café, el hachís, el álgebra, los dátiles, las caravanas, el comercio de especias... muchas cosas que son árabes y no me resultan extrañas. Asimismo, pienso que los mayores escritores de este último siglo han sido judíos (Proust, Roth, Singer, Canetti…) y en ese sentido no estaría mal hacerme pasar por hebreo.

Pero no. Lo cierto es que no siento ninguna vergüenza, ni ningún orgullo, de mis orígenes. No veo por qué yo debería ser más o menos cosa si descubriera que entre mis antepasados hay árabes, judíos, indios, negros, prohombres, heroínas, piratas, ladrones, prostitutas, italianos, vascos, arios, marranos o gitanos. Me da exactamente igual. En últimas, si vamos lo suficientemente lejos, todos venimos de una Eva africana (somos todos afrocolombianos) o si lo prefieren, de Caín el asesino y de su hermana, pues obligatoriamente tuvo que haber incesto después del Paraíso Terrenal.

Lo que digo para mí, ¿no lo podría decir para cualquiera? Tal vez nadie mejor que un bastardo, o un mestizo, entiende la triste vanagloria de los puros. Ese apego a lo que ellos llaman las raíces, la identidad, la tradición, me parece, tanto en los blancos genealogistas, como en los afrodescendientes del orgullo negro, como en judíos y árabes y antioqueños, una muestra de racismo inútil, de vanidad prestada, un intento de recostarse en el grupo, cuando lo cierto es que uno sólo es lo que es como individuo y si mucho se puede sentir orgulloso o avergonzado de sus padres y hermanos.

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