El profesor decente

Aunque no estoy ni quiero estar inscrito en ningún partido político, este domingo voy a votar por Carlos Gaviria en la consulta del Polo.

 No voy a hacerlo por amistad; tampoco voy a hacerlo porque esté convencido del programa político de su partido y menos de la idoneidad de las corrientes que lo apoyan dentro del partido.

Lo haré, en cambio, por otro tipo de convicción: porque creo que a Colombia le conviene que exista un sólido partido de izquierda democrática antiguerrillera, y porque cuantos más votos saque el Polo en la consulta, más recursos tendrá para encarar las elecciones del año entrante, cuando el país deberá decidir si cede mansamente su libertad y se la entrega en bandeja de plata a un caudillo vitalicio que acaba de bautizar su proyecto de régimen dictatorial —en el mejor lenguaje orwelliano— “democracia moderna”.

Digo que no voto por Carlos Gaviria por amistad. Sí lo hago, en cambio, porque lo conozco íntimamente y porque sé qué tipo de persona es él. No es, ni mucho menos, lo que tan injustamente (y con una inquina que parece personal) proclamó María Isabel Rueda en El Tiempo: “un aguachento”.

Todo lo contrario: es un radical. Si varias veces en la vida él y yo hemos estado en desacuerdo, es precisamente por eso: yo soy un moderado, y a él le parece que la moderación, en las horribles condiciones de pobreza y desigualdad que vive Colombia, es una actitud política muy floja. Y yo admito que la disputa entre radicales y moderados es una discusión intelectual seria.

Dice María Isabel Rueda que a Carlos Gaviria lo apoya también “la Academia, los intelectuales y profesionales de izquierda, estudiosos, habladores de paja...” Lo raro es la visión de los intelectuales que revela en esta frase María Isabel: estudioso, para ella, equivale a hablador de paja, izquierdista. Esos sí que son prejuicios del siglo 19 y apoltronamiento mental. Sería un honor para cualquiera ser apoyado por los estudiosos, y Rueda quiere hacerlo ver como una vergüenza.

Voto por Carlos Gaviria aunque no me gusten sus aliados dentro del Polo, algunos de ellos clientelistas y otros mamertos, en el sentido de sórdidos funcionarios del Partido. Creo que él está ahí, más que por una ambición personal de poder (que sabe que no alcanzará), para mantener unida una coalición que si no se ha desmoronado es tan sólo porque todas las tendencias de la izquierda ven en él un referente, un ideal ético: una conciencia moral del país que está muy por encima de las clientelas, la politiquería o la claudicación de ciertos principios elementales. Hacer política partidista, para él, un intelectual completo, no es más que un sacrificio que se hace a nombre de un sueño de justicia.

Se le acusa de extremista, pero si se examinan los hechos, es un liberal, un libertario, incluso un optimista ingenuo de la libertad. Ser radical no equivale a ser sectario. Jamás de él podríamos esperarnos el maniqueísmo político del Moir o de los comunistas. Nada tan distinto a Chávez —en madurez y en talante— como Carlos Gaviria. Tampoco tiene ese cariz militar que jamás pierden los que fueron guerrilleros de supuestos “ejércitos de liberación”. Ha sido un juez íntegro y vanguardista, un profesor ejemplar y una persona decente a quien no se le puede atribuir una sola indelicadeza en una larga vida de servicios a la comunidad. Ni borracho sería soez o amenazaría a nadie de muerte.

 En un país civilizado, en una democracia verdaderamente moderna, Carlos Gaviria sería una figura oída, respetada, incluso aclamada. El gobierno de Uribe, desde los tiempos de Fernando Londoño, en una actitud imperdonable, lo ha tratado como si fuera un guerrillero, un delincuente o un drogadicto. Es todo lo contrario: un hombre limpio, un radical defensor de los derechos de los individuos, un libertario, un luchador por la defensa de la educación y la libertad mental. Por eso hoy, y no por las corrientes que lo apoyan en el Polo, sino a pesar de ellas, pienso votar por él.