El rush de la vida moderna

Según el New York Times, “la tecnología está recableando el cerebro”. El diario compara la estimulación que produce estar conectado con la que produce la comida y el sexo y –a menor escala– con el alcohol y las drogas.

Con lo que puedo concluir que las relaciones van a durar lo que dure el enamoramiento. Mirar-apretar-deshacer. ¡Terrible! Es tal la dependencia a los múltiples networks, que hasta haciendo el amor hay distanciamiento; o antes o después o durante, alguno de los dos está checando el aparato. Al Gore se divorció de Tippy luego de 40 años.

Esas cosas no se ven casi, ya pasados los 15 años ya no se concibe la vida sin la otra persona, después de 40 es casi como que te amputaran un brazo, y al parecer fue la tecnología la que los distanció. ¿Entonces qué va a pasar con el tú, yo, nosotros? Por qué por más multitasking que seamos (y creíamos ser las mujeres las que podíamos tener cuatro conversaciones al tiempo y ver la televisión y hablar por teléfono, ahora quedó comprobado que no era exclusivo del género, lo que pasaba era que ellos no encontraban cuatro cosas al tiempo de su agrado y ahora sí), nuestro cerebro no da para tanto y siempre habrá una de esa cosas que quedará en bajo, ahí, a medias: las relaciones, el amor, el romance.

Y cuando ataca la abstinencia –que por lo general se produce en un vuelo, el único rincón (además en el aire) donde no se puede (todavía) estar conectado–, ésta causa estragos en el comportamiento parecidos a los del drogadicto. Están todos aferrados al aparato, inquietos, esperando con desespero el momento en el que digan que ya se puede utilizar el celular, mirando cada segundo la pantalla, moviéndose por la cabina sin rumbo fijo, buscando algo… (imposible intercambiar números de contacto, ya nadie carga un lapicero, y la Moleskine parece arcaica.) Hasta que lentamente se vuelven a acoplar a la silla, a la persona de al lado, regresando a la vida... y ¡pum!, el avión aterriza, y todas las cabezas giran a una misma dirección: la tecnología. Y hasta ahí llega el tête-à-tête.

Es Bogotá donde sucede esta revolución de abstinencia tecnoliberante. Se ve en la noche, cuando la gente sale a rumbear y –por los efectos del alcohol– olvidan por un par de horas quién está chateando o qué dice Twitter o qué fotos subieron a Facebook, y se transforman en mentes demenciales, hay esquizofrenia colectiva, parecida a la que sucede en los centros psiquiátricos. Aquí mismo ando obligando a mi mente a concentrarse para evitar sacar el teléfono y enriquecerme de lo que pasa en el allá. No por nada ya hablamos de que el reloj va a toda velocidad. Esa debe ser la respuesta a la inquietud de que el tiempo pareciera estar pasando más rápido. Es por el consumismo de información. Si vas al sótano donde no entra la señal, todo parece andar en cámara lenta. Igual que como debe ser en el campo. Nos va a tocar obligarnos a salir a fincas o a irnos de viaje y utilizar esas horas de vuelo… hablando. Si es que la lengua todavía ejerce su función. Es tan irónico como el nuevo iphone 4: tiene más pila para hablar. Pero acaso ¿quién llama?

¿Y las relaciones? ¿Será que la adicción a la tecnología va a reemplazar a la necesidad de pegar piel con piel? ¡Ahgggg,! ¿Y la arrunchada, los consentimientos, hablar pendejadas? No sabría cómo van a procrear los ‘millennials’, por tubo de ensayo será. Es que queremos saberlo, estar todo el tiempo googliando nombres, lugares, gafas, zapatos, marcadores... Estamos tan conectados que estamos desconectados. Qué despelote, ya no hay un eje, el ADD nos invadió y ya el amor es virtual. Punto. Y aparte.

P.D.: Lo más loco es que mi computador subraya rojo por mal escrito todo el nuevo léxico tecnológico. ¿Qué le pasa al computador que no distingue su lenguaje?