El síndrome del triciclo

Un ciclo de noviazgo que se respete debe incluir dentro de su travesía raspones en las rodillas, por la gateada. Lo bárbaro de estos dolorosos inconvenientes es que la mayoría de las veces los raspones llegan demasiado tarde.

No importa cuál haya sido el motivo del rompimiento, tiende a haber un lapso durante el cual quien tomó la decisión de terminar va a querer una segunda oportunidad; solo que cuando el deseo vuelve a estar a flor de piel, cuando las hormonas se han despertado de nuevo y el cuerpo del delito está rehabilitado, es posible que la marea ya haya cambiado y los otros cuerpos naden en otras aguas.

¿Pero cuando el desgarrador deseo por volver a los brazos del otro no es culpa del florecimiento hormonal sino del mutilamiento del ego? Al ver que otro individuo intenta ocupar la silla previamente abandonada, se disparan las alarmas para que comience a gatear. Como en la infancia, el triciclo estuvo abandonado en la esquina de la sala por semanas, hasta que el primito (luego de abandonar su propio juguete en su casa) le encontró la gracia, y fue justo en ese momento en el que se nos despertó el deseo por montarlo. Lo mismo sucede ahora.

Sin embargo, esas patadas pueden ser patadas de ahogado que lo único que van a pescar es una influenza que ni el benzetacil del momento logrará hacerle resistencia, porque el único antibiótico que logre desarmarlo es el desocupar la silla para abrirle campo a un virus más evolucionado. O eso creemos.

Entonces, ¿para qué rasparse las rodillas, si algunas veces regresar supone regresar a lo que ya se conoce y que fue la causa por la que se separaron en primera instancia? Es eso; nada nuevo. Esos gritos de dolor por volver a poseer son sólo gritos manipulados por el ego. El amor fue desplazado por el envanecimiento.

¿Qué pasa con esas parejas que, atacadas por el síndrome, vuelven luego de muchos meses de separados? ¿Qué pasa con esas parejas que, por fuerza mayor, le hacen delete al motivo por el cual se separaron en primer lugar y regresan como si nada hubiera ocurrido? ¿En qué momento se derrumba el síndrome? ¿Cuánto tiempo después el déjà vu de la relación pasada se repite como estorbo? Nadie puede asegurar que el efecto del síndrome sea pasajero.

¿O acaso nos gusta contemplar las deidades a lo lejos y tener la seguridad de que, aunque mal, están parqueadas? Lo que sí es seguro es que unas veces, no siempre, cuando llegan las palabras de amor incondicional, esas que hemos anhelado, cuando llegan es un poco tarde... demasiado tarde.

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