El vino en tiempos de crisis

A causa de la debacle financiera, las actividades lúdicas y de placer se han reducido entre los colombianos. Por eso hay que abrir la mente para descubrir productos de la vid de precios bajos que también generan buenas experiencias.

La última encuesta de consumo de YanHaas, la firma especializada en investigaciones de mercado, dice que, por efectos del apretón económico, los colombianos han reducido sus gastos en actividades lúdicas y de placer. Pero esta tendencia no es exclusiva de Colombia. Situaciones similares se viven en Europa, Asia y Norteamérica, en especial en lo que tiene que ver con las salidas a comer y las compras de vino.

En Estados Unidos ha habido varios intentos de explicar las razones de esta clase de comportamiento humano. Todos los análisis concluyen que los consumidores no están dispuestos a abandonar lo que les genera alegría y goce, sino que prefieren explorar alternativas para evitar una “muerte súbita” en el desierto de la abstinencia.

Una de las mejores reflexiones la encontré en la revista argentina El Conocedor, en un artículo escrito por Gustavo Chorén, uno de mis autores favoritos sobe vino. Lo más significativo de su pluma es que aborda temas que todos tenemos en la cabeza, pero que pocos podemos expresar con fuerza y claridad.

Dice Chorén: “Cuando las cosas van bien, es común que la gente se vuelva algo más generosa, bonachona e indiferente frente al dinero. Deja propina, perdona pequeñas deudas, gasta más de lo debido y no pone especial cuidado en seleccionar los artículos que compra diariamente, ya que si una marca determinada no satisface, simplemente se descarta y se elige una nueva.

Todo lo contrario ocurre en tiempos de vacas flacas. El dinero no abunda, el bolsillo duele y cada gasto es planeado cuidadosamente; las compras se hacen con más recelo y el simple concepto de marca pasa a tener un valor relativo, mientras que el precio adquiere un peso cada vez mayor dentro del equilibrio que determina la elección cotidiana de los bienes a consumir”.

Adaptarse al entorno es una de las principales fortalezas de las clases medias y las clases culturales en ascenso, que son, a la postre, las que sostienen las economías. Son segmentos que suelen acomodarse a los vaivenes del mercado, porque saben que siempre sobreviven. Muchos de sus integrantes vienen de tener lo necesario y, cuando la plata escasea, bajan peldaños sin hacerse mayor drama.

Para los consumidores más exigentes, sin embargo, la posibilidad de explorar alternativas se torna más dura y prefieren dejar de beber en vez de explorar alternativas que siempre considerarán “inferiores”. Y menos aún, como resalta Chorén, se mostrarán dispuestos a recorrer negocios, perseguir las ofertas, regatear o buscar la ganga. Bien es sabido que la reciente debacle financiera llevó al suicidio a muchas personas en el mundo. No querían vivir afuera del paraíso.

El estudio de YanHaas hace eco de mi propia convicción en el sentido de que todo vino es bueno (de cualquier precio y de cualquier lugar). Sólo falta ajustar nuestras mentes para disfrutarlo, según las circunstancias. Y cuando vienen los momentos de crisis es cuando se descubren pequeños tesoros que antes no queríamos ver (o comprar, por baratos).

Si miramos alrededor —en las estanterías de los supermercados o en las tiendas especializadas— o si escudriñamos las cartas de los restaurantes, encontraremos un mar de marcas intermedias que sólo están esperando a que las navegulezas de las clases medias y las clases culturales en ascenso, que son, a la postre, las que sostienen las economías. Son segmentos que suelen acomodarse a los vaivenes del mercado, porque saben que siempre sobreviven. Muchos de sus integrantes vienen de tener lo necesario y, cuando la plata escasea, bajan peldaños sin hacerse mayor drama.

Para los consumidores más exigentes, sin embargo, la posibilidad de explorar alternativas se torna más dura y prefieren dejar de beber en vez de explorar alternativas que siempre considerarán “inferiores”. Y menos aún, como resalta Chorén, se mostrarán dispuestos a recorrer negocios, perseguir las ofertas, regatear o buscar la ganga. Bien es sabido que la reciente debacle financiera llevó al suicidio a muchas personas en el mundo. No querían vivir afuera del paraíso.

El estudio de YanHaas hace eco de mi propia convicción en el sentido de que todo vino es bueno (de cualquier precio y de cualquier lugar). Sólo falta ajustar nuestras mentes para disfrutarlo, según las circunstancias. Y cuando vienen los momentos de crisis es cuando se descubren pequeños tesoros que antes no queríamos ver (o comprar, por baratos).

Si miramos alrededor —en las estanterías de los supermercados o en las tiendas especializadas— o si escudriñamos las cartas de los restaurantes, encontraremos un mar de marcas intermedias que sólo están esperando a que las naveguemos. Les aseguro que encontrarán experiencias agradables a precios razonables.

Es preciso acabar con el prurito de que un vino de menor precio es un “vino malo”. Ningún productor en el mundo toma hoy esos riesgos. Les aseguro que hay gran calidad en los vinos de entre $10.000 y $20.000, como también la hay, entre los de $500.000 y $1 millón. Lo que los primeros no tienen es tradición de grandeza, concentración de fruta, procesos de elaboración más onerosos, amén de un manejo de marca excepcional. Los menos costosos son simplemente ligeros, frescos y fáciles de tomar.

Y como los tiempos no están para gastar en diamantes, no hay problema si optamos por zafiros o esmeraldas e, incluso, en pequeñas joyas de fantasía. El vino brinda una enorme diversidad en precios, variedades, estilos y percepciones de valor. Y esto es algo que adquiere su verdadera dimensión en las actuales horas oscuras.

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