El voto verde

Colombia no es el mismo país que recibió Álvaro Uribe en 2002 y, a pesar de las reiteradas objeciones que he expresado en esta columna, tengo que aceptar que así no estemos bien, podríamos estar mucho peor.

 

Lo que no logran entender los furibistas es que los aciertos parciales de Uribe forman hoy parte del inventario, mientras que sus abundantes desaciertos deben ser reparados. Más importante aún: hay que cambiar de énfasis, entre otras cosas para ponerle la cuarta pata a la mesa de la seguridad, la del empleo rural. A mi juicio, la mejor persona para hacerlo es Antanas Mockus y el mejor partido el Partido Verde.

Pese al extraño síndrome de infalibilidad que padecen, los políticos en el poder siempre se equivocan. No obstante, los errores de Uribe fueron más allá de lo normal. Dicho de otro modo, era posible una política de derecha menos destructiva que la que Uribe presidió y, sobre todo, que la que les permitió ejecutar a sus subalternos más influyentes. El punto de quiebre vino, como se sabe, con la aprobación del “articulito” de la reelección. ¿Se podía pasar esta reforma constitucional limpiamente por el impresentable Congreso elegido en 2002, donde los paramilitares y sus amigos tenían una influencia tan amplia y donde la corrupción era tan alta? Los furibistas dicen que no y así justifican lo que se ha venido a conocer como la yidispolítica. Ignoro si había otro camino, lo que sí sé es que nunca lo intentaron.

La yidispolítica constituyó el punto de no retorno, pues las pretensiones de pulcritud fueron desechadas de inmediato. El Presidente decidió que por lealtad tenía que sostener hasta la catástrofe a los ministros más incompetentes que se untaron en el proceso de la reelección, lo cual corrompió al círculo interno, pues allí quedó claro que el trabajo sucio era lo que de verdad pagaba. Pronto arreciaron las chuzadas del DAS –en respuesta a órdenes dadas o no–, el descaro clientelista en el Congreso, la plata sucia en las elecciones parlamentarias, en síntesis, el veneno de la ilegalidad.

Mockus enfatiza lo contario y constituye, por ello mismo, un antídoto. Antanas no es un caudillo, sino un líder que ha madurado mucho desde que fue lanzado al estrellato por un escándalo pintoresco. Mockus, a diferencia de Uribe, se rodea bien y llegaría a la Presidencia sin deudas cuantiosas, salvo por las muy manejables que tiene con los tres ex alcaldes protagonistas del Partido Verde, ninguno de los cuales ha demostrado tener espíritu clientelista. A lo sumo habrá algún experto al que quieran promover, lo que me parece legítimo. Con Mockus veríamos, pues, figuras de muy alta preparación en los puestos clave del Estado.

Subsisten dos incógnitas. La primera es obvia: saber si el empuje actual les alcanza a los verdes para ganar en segunda vuelta. Eso dependerá de la clase media y de la provincia, dos sectores a los que hay que saber hablarles en forma directa y clara, y de una disciplina y un aplomo que no siempre han sido evidentes.

La segunda incógnita es la gobernabilidad después del posible triunfo verde. Cuando vaya por primera vez al Capitolio, Mockus oirá un gruñido. Sin embargo, allí están acostumbrados a gruñir, no a morder, y los acuerdos son posibles. Aun así, el ministerio más importante en una administración Mockus, tal vez junto con el de Defensa, sería el del Interior. Bien podrían anticiparnos los nombres, como para saber a qué atenernos.