Ellas que huelen a guayaba

No hay hombre más cobarde que aquel que enamora a una mujer para no amarla”. Y yo respondo: “No hay mujer más peligrosa que aquella que se hace amar por un cobarde”.

Porque por años se ha hablado de la mujer débil, incomprendida, bruta y pobrecita, a la que el hombre le hace y deshace para luego abandonarla. ¡Oh, por Dios, pero en qué ceguera hemos crecido! si desde antes de madame Bovary ya había miles de Emmas buscando amor en brazos diferentes de los de su esposo, tal como sucede ahora, sólo que para los ojos femeninos esto sucede por incomprendidas. Y por necias.

Porque desde hace poco me he dado cuenta de que aunque sí hay mujeres femeninas, hermosas y delicadas, amantes de su sexo y de su delicadeza, también están las otras que carecen de este sentido y nos están quitando nuestro hermoso lugar en este mundo de hadas.

Las que les quitan los hombres a las mejores amigas, las que hacen pucheros por lograr que les regalen un carro, las mojigatas que no aman de verdad más que por estar haciendo algo o en su defecto, para estar acompañadas… hay una terrible epidemia antifeminista y lo mejor es seguir vacunado.

Si nosotras somos el dulce olor de la guayaba antes de caer del palo, ¿por qué insisten algunas en corromper el aroma con uno de coronilla, pesado y amargo?

He ahí el error, porque siempre se habla del hombre insensible, adúltero, egocéntrico… cuando hay tres mujeres por cada uno de esos. Está comprobado, es sólo mirar las miles de telenovelas para darnos cuenta de que las antagónicas suelen ser mujeres con caras de brujas, llenas de botox y la boca hinchada. En la vida real son bajitas, un poco excedidas de peso, con carita tierna, pero que cuando cumplan 30 van a ser unas plastas sentadas en una hamaca sin poder moverse, dando órdenes al idiota que se levantaron como arlequín. Bueno, debe ser que cada uno busca su propia suerte.

Sí, ya sé, estoy imputando cargos a mi propio género, pero es que luego de un par de días de convalecencia, tuve un llamado de la madre naturaleza (mi amigo chileno, quien visitó Colombia dos semanas) y pude entender, desde su ojo de director de cine, que en este país muchas mujeres actúan como unas devoradoras hienas en celo. No es sino que te pares al baño, y ya hay cuatro encima del hombre que está en la barra esperando; o, en el peor de los casos, a tu mismo novio ya lo llaman a “saludarlo”. Si mal no estoy, estos ataques compulsivos producto de una naturaleza primitiva, suceden exclusivamente en Colombia. Este ataque hormonal femenino dirigido hacia sus opuestos.

Siempre debe haber controversia y maldad y algo de apariencia, pero lo digo para que no todas las torturas del amor recaigan sobre los del sexo opuesto, quienes aunque muchas veces ventajosos, caprichosos y despiadados, también los hay tiernos, amorosos y muy enamoradizos… Hay que cambiar el chip de una vez por todas y dejar de pensar como hace tres décadas, cuando los hombres eran los dueños de la institución sentimental y las mujeres sus plebeyas. Hay que darle la bienvenida a esta nueva década y jugar con los beneficios de la antiduda; la reputación que se labora día a día.

Menos mal todavía existimos las que cuando no podemos estar con un hombre, se lo decimos de frente así sea titubeando, y cuando ellos no quieren estar con nosotras, lloramos miles de lágrimas. Esas somos las verdaderas féminas que, aunque divertidas y rumberas y, por supuesto, coquetas, entregamos el alma en cada beso. Me voy a volver poeta a este paso.