Envasado “en destino”

La posibilidad de reducir los costos finales de buenos vinos mediante proceso de embotellado en lugar de destino.

Algunas de mis mejores vacaciones de verano transcurrieron en Moncófar, en la costa central española, a media hora de Valencia. Poner pies en la península implicaba aceptar la cálida y amigable invitación de Teófilo Diez-Caballero, quien nos ubicaba en uno de sus chalets sobre la playa, para descansar, descubrir las maravillas de la cocina mediterránea, leer y, por especial pedido suyo, recorrer los extensos naranjales de su familia.

En casa de Teófilo, la hora de cenar era sagrada. Su madre y su tía revivían en cada plato las tradiciones de una región española que, inicialmente, fue habitada por griegos, romanos, cartaginenses, fenicios, bizantinos, árabes e iberos. Con 700 años de historia, Moncófar había vivido parte de ese legado.

Entre los platos valencianos tradicionales destaca, desde luego, la paella regional y otras sugestivas delicias preparadas con pescados, mariscos y carnes. La paella de la madre de Teófilo todavía sigue exhalando aromas en mi memoria. Ni qué hablar del arròs al forn, el arròs negro, la caracolada, el cruet de peix, la cazuela de gambas, el conejo con hierbas del monte y las perdices estofadas.

Todo este espíritu sibarita y festivo se regaba, obviamente, con vino. Pero no con cualquier vino. En el chalet de Teófilo había varias damajuanas de vidrio que los comensales debíamos transportar diariamente hasta una tienda cercana, donde el dependiente o su mujer llenaban los envases desde un barril. Era un vino ligero, clarete y frutado, que hacía de cada almuerzo o cada cena un momento inolvidable. Esta tradición aún se repite entre los habitantes de cientos de poblaciones en el resto de España, Francia e Italia.

En realidad, el vino en botella de vidrio, introducido a partir de la Revolución Industrial, es relativamente nuevo en la larga historia de la bebida. Y, sin ninguna duda, envasarlo en origen es algo más reciente.

En Argentina, Chile, California o Australia, el llenado de botellas “en destino” y no “en origen” es una práctica comercial que abarata los fletes y permite poner el vino al alcance de un mayor número de consumidores. Los recipientes para el acarreo no son, obviamente, botellas de vidrio, sino grandes tanques de acero inoxidable, que transitan de un lado a otro en camiones, trenes y buques.

Quienes creían que dichas prácticas pertenecían al siglo XIX, debieran saber que la cantidad de nuevas solicitudes para autorizar plantas de fraccionamiento lejos de los centros de producción va en aumento.

Cuando se analizan las cifras mundiales, la elaboración y embalaje de vino a granel supera, de lejos, la producción y transporte de vino embotellado. Por ejemplo, muchos de los vinos comercializados en el mercado japonés y chino, con marcas propias de tiendas o supermercados, proceden de bodegas del Nuevo y del Viejo Mundo.

Todo esto para recordar que, durante años, muchas marcas populares colombianas utilizaron —y siguen utilizando— mosto concentrado procedente del sur del continente, que luego hidratan con agua para llevar el producto final a consumidores de bajo poder adquisitivo. Incluso, existe una entidad llamada Corporación Colombiana de Productores de Vinos, que reúne a empresarios dedicados a producir vinos de bajo costo y sabajones tradicionales, elaborados con productos comprados a granel.

Desde el punto de vista del productor y del comercializador, el negocio del vino no embotellado es un recurso versátil y eficiente, que permite competir con precio en mercados donde las marcas envasadas en origen superan la capacidad de compra de cientos de consumidores. El contenido del llamado bulk wine se asocia con sencillos vinos de mesa. Sin embargo, hoy se ofrecen a granel variedades finas, que van desde jóvenes Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec, Tempranillo o Chardonnay, hasta complejas mezclas añejadas en finas barricas de roble.

Hace pocos días, por intermedio de mi colega Óscar Ritoré, conocí a José María Hijar, un español dedicado al negocio del vino en Colombia, y quien lleva 16 años de residencia en el país. Hijar regenta los intereses de la compañía española Hijos de Antonio Barceló, dueña, a su vez, de la empresa Enalia Limitada, con sede en Cali, donde también se envasa el célebre vino Sansón.

Con la introducción de un vino a granel elaborado con la uva Tempranillo, Hijar ha creado la marca Altamira, envasada en territorio nacional que ha permitido ahorros del 40% por unidad, frente a productos de la misma categoría. “El beneficio”, dice Hijar, “se lo trasladamos al consumidor”. Sin embargo, Hijar todavía tiene que dar muchas explicaciones a la hora de presentar un vino producido en España, pero envasado en Colombia. Lo que muchos no ven, más allá del ahorro, es que el negocio podría resultar atractivo para muchas bodegas del sur del mundo que envían sus vinos de bajo costo al mercado estadounidense o europeo, y que deben movilizarse cerca de las costas colombianas.

En Panamá, incluso, varios empresarios del istmo estudian la construcción de una planta de fraccionamiento de vinos para reexportar a mercados europeos y asiáticos. La idea es abaratar los precios en toda la cadena. Por su posición geográfica, Colombia tiene una oportunidad de oro en este campo. El Altamira Tempranillo de Hijar, correspondiente a la cosecha de 2006, se elabora en la zona de Castilla León, donde también funciona la célebre denominación de origen de Ribera del Duero.

Es un vino suave y poco concentrado, muy fácil de beber y a un precio razonable. Al probarlo, me imaginé estar comiendo una paella de mariscos o conejo elaborada por la madre o la tía de Teófilo, y, en consecuencia, no pude evitar transportarme a la mesa de los Diez-Caballero, en Valencia, animada por un vino comprado en damajuana, en la tienda del vecino; un vino que nunca dejó de saberme a gloria.

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