Hernán Díaz, un pionero con estilo

Hernán Díaz pertenece a la galería de los grandes fotógrafos del mundo.

Su nombre es contemporáneo con los de Richard Avedon, Helmuth Newton, Patrick Demarchelier, Norman Parkinson, Elliot Erwitt, y en Colombia se agrega a los de Leo Matiz, J. N. Gómez, Jorge Obando, Nereo López, Abdú Eljaiek, Manuel H. y algunos más.

Pero Hernán Díaz no se limitó a ser una lente penetrante que recoge los testimonios de la sociedad del siglo XX. Fue, además, un verdadero testigo de nuestro tiempo.

Ibaguereño de pura cepa, se trasladó en su adolescencia a una ciudad como Bogotá que vio cambiar diametralmente. La carrera tercera y el Camellón del Carmen de su infancia quedaron borrados con las luces de las fuentes luminosas de la Plaza de Bolívar.

Terminó su bachillerato en la Academia de West Point. A pesar de ello, sólo se consideró con una formación como la que quería tener cuando complementó sus estudios fotográficos en París. Uno de sus mayores orgullos fue haber sido alumno de Irving Penn. Inspirado en Greta Garbo y en las demás divas del cine que eran su pasión, también se inscribió en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París.

A la capital que le tocó a su regreso, en los años sesenta, y que limitaba con la parroquia de Las Nieves, se subía trabajosamente por barrios marginales. Allí estaba La Macarena, un lugar donde se habían construido, empujándose unos con otros, pequeños edificios de tres pisos cuya mejor comunicación eran los tejados de los unos que coincidían con los patios de los otros.

Allí se ubicaron pintores, escritores, fotógrafos… En esa época bulliciosa las mejores fiestas de la historia eran las de Enrique Grau y Hernán Díaz, las más creativas. La pasión por los disfraces de Grau provenía de Díaz, quien era el encargado de esa moda de los grandes sombreros que el pintor inmortalizó y el fotógrafo compuso y recreó.

La moda comenzaba como una burla en los maquillajes de Feliza Bursztyn, Lina Uribe, Marta Traba, Gloria Zea y Amalia Samper. Esa misma diversión se convertía luego en obras de teatro y en excéntricas vestimentas que serían imitadas con frenesí por las alumnas de Los Andes. La moda estuvo siempre presente en los suéteres de cachemir y el collar de perlas de Beatrice Santo Domingo, el sastre Chanel de Cecilia Caballero de López, la ruana de María Victoria Uribe y la desnudez de Leonor Reyes.

Los peinados de Graciela Espeche seguían la influencia de Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffany’s… era la época de Warhol, de Capote, del Cordobés, de Luis Miguel Dominguín, todos pasaron por su Hasselblad, con su infaltable cigarrillo en la otra mano, sus jeans desgarbados y su suéter gris.

Culto, incisivo, visionario, recorrió el territorio colombiano con deleite, produciendo fotografías que, más que eso, fueron muchas veces denuncias como solo las pueden hacer los grandes fotógrafos. Nunca en el país se había retratado a su gente sin importar estrato o condición; impuso el blanco y negro de Cartier Bresson, con la suerte de poder contar con la belleza y la cultura de la mujer colombiana.

Hernán tuvo puntos de sosiego y de particular reflexión, dentro de los cuales recuerdo trabajos dedicados a Cartagena, con sus personajes más característicos, como aquella negra de dentadura interminable que aún sonríe bajo una sombrilla de colores. Esa foto suya hace parte del patrimonio histórico de Cartagena y dio a conocer la ciudad más que cualquier discurso, editorial, polémica o reinado de belleza.

Interpreto a Hernán Díaz desde el recuerdo del manejo de su cámara Hasselblad, no como un profesional del color sino con fotografías impecables a blanco y negro, que fueron su pasaporte de entrada a la American Society of Magazin Photographers, así como al Christian Science Monitor. En 1960 una foto suya fue publicada en la revista Life. Conquistó los Estados Unidos y en la década de los 80 ya habían aparecido sus imágenes en todos los países de América.

Libros como Colombia documentos de identidad, Diario de una devastación, Las fronteras azules de Colombia hicieron que en 1982 le fuera otorgada la Cruz de Boyacá por su aporte a la ecología.

Hernán Díaz supo ver a las mujeres bellas, retrató como nadie el glamur de una reina bogotana como Leonor Reyes o María Victoria Uribe; a mujeres cultas como Marta Traba, Gloria Zea, Feliza Bursztyn, Fanny Mikey y Gloria Valencia de Castaño; a políticos como Carlos Lleras y Alfonso López Michelsen; a los pensadores, los escritores, los artistas y a toda esa comparsa que ha hecho nuestra historia.