Histeria en la pantalla

Aunque hay unas pocas excepciones, puede afirmarse que la televisión comercial colombiana es mala y que la televisión pública es peor. La primera ha sido un gran negocio en la última década, la segunda debe su precariedad sobre todo a su pobreza.

Con ello en mente, ¿ha visto usted, estimado lector, que esta realidad lamentable sea el centro del debate sobre el famoso tercer canal? Yo no y eso que escarbé bastante.

La lista de los desorientados puede empezar por cualquier parte, pero comencemos con el famoso procurador Ordóñez, quien usa agua bendita en vez de agua de colonia. El hombre amenaza, como Michín, al que se atreva a decir que las cosas no se arreglan con una subasta en la que ni siquiera podrían participar los tres ponentes actuales. Según eso, el vil billete lo arregla todo. Pues no, señor Procurador, en estas materias el vil billete nunca lo arregla todo.

Pasemos a la Comisión Nacional de Televisión. Ellos creen que el billete debe representar el 50% de la decisión, mientras que el otro 50% debe depender de los contenidos. La idea es menos mala que la del Procurador, pero está el problema de que ha sido justamente este ente millonario, burocratizado, volátil, mal conformado y falto de personalidad el que engendró la mediocridad actual, de suerte que nada permite prever que la CNTV ahora sí nos va a conducir a una gran televisión.

Pasemos a los tres licitantes, cada uno inmerso en su propia convulsión. El grupo Prisa atraviesa aprietos financieros que no le permiten mayor protagonismo, el grupo Cisneros tuvo un sospechoso acercamiento con Chávez que no tiene por qué ser bien visto aquí, y Planeta, el más opcionado, no puede ocultar la ansiedad, como cualquier niño con berrinche en una dulcería. Quieren y quieren canal y ya se sienten ganadores. Entre otras, la ley supone que todos ellos deben ser accionistas minoritarios de sus consorcios, si bien siempre se mencionan como cabezas. ¿Cuál es el truco? Yo tampoco sé.

De los protagonistas involucrados, falta hablar de RCN y Caracol Televisión. Ambos han tenido algo más de una década dorada que quieren estirar hasta donde dé. No ignoran que la televisión abierta está entrando en crisis en el mundo. En Estados Unidos, el país que marca la pauta en la materia, los canales abiertos muestran balances muy precarios.

En Colombia, el año pasado Ibope elevó la penetración del servicio pago del 50 al 62 por ciento y los dos canales gritaron al unísono, tratando inútilmente ocultar o retardar lo que se viene. Dudo, pues, que el tercer canal tenga la importancia que la histeria del ambiente supone. La mejor producción del mundo se está haciendo para la televisión cerrada, que cuenta cada vez con más vías de salida: por cable, por teléfono, por internet, por satélite.

¿La explicación de esta pesca en río revuelto? Sospecho que detrás de todo hay una alta dosis de politiquería, la cual se intensifica en época preelectoral. El Gobierno, inmerso en la operación descaro de la segunda reelección, tiene en la materia una agenda oculta que ya saldrá a la luz. ¿La solución para que la televisión por fin sea un servicio público útil y de alta calidad que al mismo tiempo permita el lucro regulado de algunos?

Yo tampoco tengo la fórmula exacta para el caso colombiano, pero estoy convencido de que el proceso actual no desembocará en una televisión mejorada. Tocará seguir pegado de HBO.

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