Idea Vilariño

Cuando yo estaba joven no pude leer nunca hasta el final ningún libro de Juan Carlos Onetti. Ahora, en mi edad media —y después de ver con cuánto esfuerzo lo releen mis amigos, que se sumergen en él como quien atraviesa a nado el Río de La Plata—, no lo quiero volver a intentar.

Sospecho que muchos hablan bien de su experiencia más por la satisfacción de haber llegado al otro lado, que por el placer mismo de nadar. Tal vez lo lea cuando esté muy viejo, aunque creo que más bien lo haré en una próxima reencarnación.

He descubierto, en cambio, tarde también, apenas ahora, la poesía de uno de los amores de Onetti, o de alguien que lo amó pese a su oscuridad, a su aridez, a su machismo sin tacha: Idea Vilariño. Su nombre me fue siempre familiar; su poesía no. Por ignorancia, por machismo.

Pero ahora he pasado por Montevideo y como Vilariño se murió este año, y como la muerte es lo único que hace revivir a los poetas, como en la muerte los poetas resucitan, la he leído en los desvelos del cambio de horario. Y qué deslumbramiento, qué conmoción. Onetti le dedicó Los adioses, una de sus novelas ilegibles. Vilariño, a su vez, le dedicó a él sus fáciles —pero muy hondos— Poemas de amor.

Es muy raro leer poesía amorosa cuando uno no está enamorado. Da una nostalgia sin límites de esos años en los que era posible todavía volverse a enamorar. Un poema de Vilariño, “Dónde”, lo dice mejor que nadie: “Dónde el sueño cumplido / y dónde el loco amor / que todos / o que algunos / siempre / tras la serena máscara / pedimos de rodillas”. Idea Vilariño lo escribió cuando tenía medio siglo, esa edad que limita con el hielo por los cuatro costados.

 Cuenta Elena Poniatowska que el poema más famoso de Vilariño, el que recitan las montevideanas con la misma fruición con que nosotros recitamos, qué sé yo, la “Canción de Sergio Stepansky”, es un poema que siempre la hacía llorar (sería bueno caracterizar a los países según los poemas que sus gentes eligen para saberse de memoria). Su título es “Ya no” y fue escrito para Onetti, un hombre seco que se murió solo. Debe ser leído despacio, con pausa en cada verso, y dice así:

 “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros. / No llegaré a saber / por qué ni cómo nunca / ni si era de verdad / lo que dijiste que era / ni quién fuiste / ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido / vivir juntos / querernos / esperarnos / estar. / Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya / no serás para mí / más que tú. Ya no estás / en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. / No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. / No volveré a tocarte. / No te veré morir”.

Este poema es de 1958. Cuando Onetti se muere, finalmente, solo en Madrid, en 1994, malgeniado y alcohólico y algo maloliente, Idea Vilariño escribe en su diario: “No te veré morir. Yo ya sabía todo, ya sabía esto. Lo había padecido íntegramente en esos versos”. Las palabras de los grandes poetas nos elevan, como una bendición, o nos asustan, como una maldición, porque casi siempre encierran una profecía ineludible, un conjuro trágico del que no nos podemos alejar. Hay que tenerles miedo a las palabras, a los conjuros de las poetas, porque son un destino.

 Para alguien que ya no quiere viajar, y viaja todavía por inercia. Para alguien que ya no se enamora, y por inercia busca todavía enamorarse, es bueno pedir algo, también como un conjuro. No que en el recodo de todo camino la vida me depare el bravo amor, el raro amor, sino algo mucho más dulce y más sencillo: un nuevo poeta. Quisiera tener siempre la misma suerte que tuve en este viaje a Montevideo: encontrarme cada vez una poeta nueva, no para enamorarme de ella, sino de sus versos.