Internet y la amenaza

Hace poco empecé un blog en este periódico y —contra el parecer de algunos amigos— puse una nota sobre los comentarios que pienso desterrar de ahí.

Los comentaristas del blog no pueden “decir lo que sea con absoluta libertad”, según reza el lugar común. Pues no. Al menos en mi blog las opiniones tendrán límites.

Transcribo lo que allí advierto: “Como una medida de higiene, en este blog serán borrados los comentarios racistas, chovinistas, sexistas, homofóbicos, antisemitas (…). Tampoco se le dará espacio a la amenaza, al insulto personal ni a la coprolalia”.

Yo acepto que en una sociedad abierta pueda haber publicaciones que defiendan el racismo; que digan, por ejemplo, que los negros tienen una moral más recta que los blancos o que los indios son más ecologistas que los mestizos. Si alguien quiere publicar bobadas así, lo puede hacer. Pero no estoy de acuerdo con que eso se publique en un periódico serio como El Espectador, ni siquiera en los foros de los lectores. En el foro está permitido, sobre todo porque no tenemos un moderador que se dedique a limpiar de porquería los mensajes que llegan. Pero como a los blogueros nos dan la oportunidad de manejar nuestro espacio, voy a borrar y he borrado comentarios amenazantes.

Lo mismo no ocurre aquí. Todas las semanas yo debo soportar, por ejemplo, a un calumniador fijo que insiste, domingo tras domingo, en afirmar que yo soy un secuestrador aliado de las Farc. Yo no sé de dónde saca semejante estupidez, pero como no hay en el periódico una política clara para evitar la calumnia, se le permite que cada semana divulgue la misma patraña, que sería dañina si no fuera tan ridícula.

A veces recibo amenazas personales, que no denuncio. Afortunadamente con los años a uno se le va endureciendo el pellejo, y hay estrategias de buen lector para identificar lo que son fanfarronerías de brutos que se escudan en el anónimo para intentar intimidar al que escribe. En general es eso. Pero yo considero que ni siquiera las fanfarronadas de estos falsos valientes deberían tener espacio.

Tampoco debería permitírseles acusar a nuestras madres de un oficio que nunca han practicado. Hace poco, por ejemplo, algunos venezolanos me advirtieron: “Facholinche, eres un coporofago (sic). En Caracas te hemos visto reunido con lo más reaccionario de la derecha venezolana. La próxima vez te tendremos listo un tobo de mierda, colombiano hijo de puta”.

Pues bien, aunque un tobo (¿qué es eso?) debe de ser menos grave que unos perdigones de plomo, no veo por qué el periódico permite que se use su espacio para esto. En el blog yo lo borraría con un clic. También me han dicho que me van a emascular y otras veces a cortarme la cabeza. Pero ya digo, a uno le sale callo hasta en la yugular.

Escribo todo esto a propósito del estudiante preso por amenazar a los hijos del presidente Uribe. Por lo que he podido ver, se trató más de un ejercicio de brutal y tonta fanfarronería, que de verdaderas intenciones de matar a unos jóvenes que se merecerán todas las críticas que ustedes quieran, pero jamás un atentado. Le tocará a la justicia decidir si esas amenazas se merecen una amonestación o algún tiempo de reclusión. No se trata de linchar al estudiante, pero tampoco de decir que la amenaza de muerte forma parte de la libertad de expresión.

Es verdad que somos libres de expresar nuestras opiniones. Pero opinar que alguien debe ser asesinado es una opinión delictuosa, una invitación a cometer delitos atroces, y un atentado contra la convivencia. Alguna vez las Farc amenazaron de muerte a los políticos más reaccionarios de Colombia.

Yo no puedo estar más en desacuerdo con lo que ellos piensan; pero aceptar su condena a muerte, o siquiera su amenaza, es ir en contra de lo más elemental que debe defenderse en una sociedad abierta. Sin ensañarse contra el estudiante que hizo por bruto esa página, no se puede ahora decir que la culpa de su prisión es del Gobierno. Y claro, ojalá detengan también a los que amenazan a Piedad Córdoba, a Carlos Gaviria o a Gustavo Petro.