La ciudad intermedia

Aunque sé que sonará raro dicho por un bogotano, hay una asignatura pendiente en Colombia: el drástico refuerzo de las ciudades intermedias.

No le veo ningún beneficio a la emigración de talentos que suele darse de éstas a una capital como Bogotá. Lo único positivo quizá sea que una persona que de otro modo se iría del país podría de repente quedarse atrapada en la capital. Leí en algún lugar que detener el crecimiento de la principal ciudad de un país constituye una tarea titánica, pero si se pudiere, convengamos en que Bogotá ya no necesita crecer más, y sobre todo no al ritmo del pasado. Con los siete millones largos de hoy tenemos más que suficiente masa crítica. Cualquier visita a una ciudad tercermundista de más de diez millones de habitantes, digamos a São Paulo, le demuestra a uno que el gran tamaño en este caso es el equivalente de calamidad.

A riesgo de ofender, debo decir que ciudades como Armenia y Pereira, con tal cual salvedad muy aislada, tienen el atractivo arquitectónico y urbanístico de un nabo recién desenterrado. Me parece increíble que los nietos y bisnietos de quienes edificaron las espléndidas casas de la colonización antioqueña hayan producido semejante sucesión de construcciones sin ángel. Y de Cali, mejor no hablemos. A esta ciudad le cayeron las plagas y sigue postrada.

La arquitectura y el espacio público nunca son lo de menos. Cartagena sigue sin decidirse a peatonalizar en serio su maravilloso centro histórico. Barranquilla, adonde hace años no voy, parece haber emprendido interesantes proyectos de renovación. Sin embargo, de todas las ciudades intermedias colombianas, Medellín es la que mejor parece estar logrando su renovación. Lleva quince o veinte años construyendo proyectos elegantes y funcionales -unos mejores que otros, como en cualquier parte-, que han empezado a tapar las numerosas calamidades que se hicieron en décadas previas. Más de un bogoteño ha regresado a Medellín. La idea, parecen haberlo entendido por fin, no consiste en estigmatizar al que se va, sino en seducirlo para que se quede, se devuelva o alterne.

Las ciudades intermedias necesitan potenciar sus actividades culturales, mediante festivales y fiestas, ojalá sin tantas reinas, y deben reforzar su vida universitaria, un elemento fértil. Donde existen buenas universidades siempre hay con quién conversar. Los museos tampoco son lo de menos: pese al absurdo odio que les tienen algunos "artistas" posmodernos, son insustituibles y, cuando se hacen con imaginación, resultan divertidos y estimulantes. Su problema en Europa, como el de nuestro Transmilenio, proviene del éxito excesivo que aglomera muchedumbres a la entrada.

Unos años atrás escribí enEl Malpensante una nota según la cual en Colombia deberíamos construir, como resultado de la eventual pacificación del país, una nueva capital en alguna zona de los Llanos Orientales, donde haya un gran potencial agrícola y perspectivas de daño ecológico bajas. Sería, desde luego, todo lo contrario de un proyecto acomplejado, y a Bogotá le convendría, por lo dicho atrás. Pero ahora ya no estoy seguro de que la idea sea tan buena. Sigue siendo ambiciosa, lo que no sobra, aunque por eso mismo es susceptible de desembocar en errores graves, y no me gustaría para nada que algún lambón propusiera bautizarla con el nombre de "Uribia".

Dejo el tema para discusión.