La costa tierra adentro

Los viajes a pie o a caballo, o en burro (y últimamente, con los road movies, en carro), tienen una antigua tradición literaria y una reciente historia cinematográfica.

El viaje es una búsqueda que en general se emprende entre dos, porque siempre ha de haber un Jesús y un San Pedro, o un Quijote y un Sancho, un sirviente y un amo (como en Jacques el fatalista de Diderot), un hombre desencantado que ya quiere deshacerse de su vida, al lado de otro atónito y voraz, que a la vida quiere entrar.

En esta película que nos pone a soñar, de Ciro Guerra, Los viajes del viento, los viajeros son un juglar vallenato, Ignacio Carrillo, hastiado de su oficio, y un joven mulato, Fermín, que ese mismo oficio quisiera aprender. El viejo hace el último viaje de su vida, tal vez, y el joven su viaje iniciático, el que le puede señalar algún camino. Más que una historia, esta película nos pone frente a un mito, y si el guión y los diálogos se hubieran trabajado con más paciencia y arte, estaríamos frente a una obra maestra. La única falla de esta buena película está ahí: en las palabras que faltan.

 Porque en las imágenes Los viajes del viento es impecable y está llena de hermosas simetrías. El lenguaje visual es bellísimo, de una pulcritud y una estética pictórica y paisajística absolutamente novedosas para el cine colombiano. Para apreciar su grandeza no puede verse en la pantalla de un televisor, hay que ir a un buen cine con pantalla gigante. La anécdota (un acordeón endiablado) no es muy buena y ni siquiera tiene mucha importancia porque, como en todo viaje, lo que más importa es el recorrido, y mucho menos las puntas del camino, las motivaciones o los resultados del viaje. Los actores naturales (y aquí Guerra aprendió la lección de Víctor Gaviria) resultan espontáneos y bastante creíbles en general.

Aunque el año, 1968, sea anterior al de nuestra guerra más cruel, no es un país ingenuo y paradisíaco el que se nos muestra en la película. Pero sí es un país de una sobriedad y una belleza conmovedora, no sólo en sus paisajes, sino en su gente. En un país gobernado por una élite en general blanca y en general distante (que vive de espaldas a todo lo que ocurre abajo, en esa parte más oscura y telúrica de Colombia), esta película llega como un viento fresco. Como un viento que sopla y hace música por sí mismo.

El ojo que nos muestra lo que ve, el ojo detrás de la cámara, compone cada plano con la pericia estética de un pintor, de un colorista experto. Por eso uno a ratos se olvida de entender (y como el guión no es bueno hay poco qué entender) y solamente mira, ante el espectáculo más simple que existe: la belleza del sitio que nos tocó en suerte sobre la tierra. Y mientras los hombres y los gallos de pelea se matan en el centro de las miradas, en duelos sangrientos de machos ancestrales, los juglares tocan el acordeón y cantan. El duelo del machete se transforma en el duelo de ingenio de la piqueria. Las fallas del guión se compensan con los aciertos de las imágenes, que son poderosas.

Esta hermosa película de Ciro Guerra nos pone a soñar. Nos hace comprender mejor esas tierras de la Costa, de donde ha venido siempre el viento fresco y creativo, la brisa remota del mar no visto todavía, pero que llega hasta las montañas para abrirnos los ojos. Un padre que trata de volver a la semilla, a los orígenes, y transforma su viaje en una búsqueda del hijo. Un hijo que halla un bautizo múltiple: un bautizo africano, otro indio, otro mestizo. Los blancos, los que abandonan, ni siquiera se ven. Están presentes, pero sólo en la sangre que disuelve las otras pieles más oscuras, y las vuelve más pálidas y más melancólicas.

Guerra ha sido capaz de mostrarnos en imágenes plenas e inolvidables un país que está ahí, pero que no todos hemos sido capaces de ver. Un país estupendo, lleno de sol y música, intrigante: la Costa tierra adentro.