La gran incógnita

El problema económico más importante del mundo es en realidad político y depende de una incógnita.

Las cuentas son sencillas. Si el crecimiento de China sigue oscilando entre el 8 y el 12% y el de Estados Unidos entre el 2 y el 4%, China será la principal economía del planeta más temprano que tarde. De hecho, Japón, el milagro anterior al chino, está pasando al tercer puesto ahora mismo.

Resulta casi gracioso leer al grueso de los analistas occidentales, en particular a los economistas gringos, tratando de entender el problema. Ofrecen consejos que nadie les ha pedido y hacen y vuelven a hacer cuentas para concluir que el fenómeno es insostenible. Obviamente la idea de que todo Estado es incapaz de tomar decisiones económicas y empresariales adecuadas colapsó con los éxitos de China.

Los países desarrollados vinieron a descubrir tarde que un Estado autocrático puede manipular la moneda, vender energía a pérdida, reducir las tasas de interés a la fuerza, pagar parte de la nómina a través de servicios subsidiados y reducir el precio de la tierra, mientras que una empresa, por grande que sea, no puede. Un Estado autocrático como el chino está en capacidad de sobreexplotar a la fuerza de trabajo porque es empresario y sindicalista a la vez, mientras que una empresa no, porque las huelgas y las protestas internacionales acabarían con ella (aún lo intentan, claro).

Como jugador económico, el Estado chino hace que incluso una compañía como ExxonMobil parezca una pulga. China, por ejemplo, tiene una posición monopolista en la industria del acero, pues su asociación de siderúrgicas compra más de la mitad del mineral de hierro que se exporta en el mundo.

Se trata, claro, de una dictadura que no responde a electores fastidiosos ni mucho menos a accionistas exigentes. La gran incógnita surge cuando uno piensa que todo depende de las decisiones de un aparato político. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si las tasas de crecimiento no se sostienen, digamos, en un lapso de cinco años, algo normal en otras partes? La presión política seguramente aumentaría en forma brutal y las consecuencias serían impredecibles.

De otro lado, ¿el sistema es susceptible de ser reparado después de pasar por una crisis grave? La democracia lo es, mientras que nadie sabe qué pasaría en el caso chino. Yo tampoco. En 33 años hubo el famoso campanazo que desembocó en la masacre de la plaza de Tiananmen; luego todo ha sido en escala menor. ¿Calma chicha o tendencia de largo plazo?

El Partido Comunista de China ha de ser una de las organizaciones más complejas y misteriosas del mundo. Uno escarba y escarba y encuentra poco de sustancia. En Occidente muy pocos parecen conocerlo bien. Algunos de los analistas mencionados dicen que a China le conviene una apertura económica, es decir, un debilitamiento del aparato político, lo que indica una rotunda miopía: todo este tiempo funcionó ¿y ahora lo van a debilitar? Eso ni soñando. Otra cosa es que se convierta en un obstáculo demasiado pesado para el desarrollo, ¿entonces qué?

Tres décadas son muy poco tiempo para saber si los chinos inventaron un nuevo modelo de desarrollo. Chou En-lai decía sobre la Revolución Francesa que era demasiado pronto para saber si había funcionado, así que según él en este caso estaríamos en pañales.

La semana entrante seguiré con mi pequeña pesquisa. Oigo opiniones.

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