La misteriosa vida

Escribo esto el día de la fiesta del Nacimiento. Soy un no creyente y no puedo darle a esta fecha un sentido metafísico que vaya más allá de mi experiencia terrenal.

Sin embargo, ya lo dijo Croce de una vez y para siempre: “No podemos no decirnos cristianos”. Crecimos en esta cultura y estamos permeados por ella hasta el tuétano.

Sumergidos durante dos mil años en unas imágenes, en unas historias que tienen que ver con una madre y un niño, un padre putativo, un establo y unos animales nobles (un buey, un burro), de alguna manera todos nos sentimos ligados por la magia, que es común a cada uno de los seres vivos, de un nacimiento.

A esto se une, en mi caso, el hecho de que mi misma madre haya nacido el día de Navidad (y por eso, con tradición muy medieval, fue bautizada como “María Cecilia Ana de la Natividad de Jesús”). Es obvio, entonces, que en mi casa se celebre cada año con un fervor que no es religioso —es mucho más que religioso— la fiesta del Nacimiento.

En la larga cadena de la vida sabemos que “si no hubiera nacido Mercedes no hubiera nacido Tránsito, no hubiera nacido Victoria, no hubiera nacido Cecilia, no hubiera nacido Daniela...” y así hasta esa Eva primigenia que se confunde con la tierra de África (el verdadero Belén de los seres humanos) y con la cual absolutamente todos, desde los esquimales hasta los suecos, desde los bosquimanos hasta los aborígenes australianos, desde los patagonios hasta los mongoles, desde las hiperbóreas rubias hasta las morenas mulatas de Cali, compartimos un idéntico ADN mitocondrial.

Que la madre de todos los hombres haya vivido en el corazón de África hace menos de 200 mil años es un milagro científicamente comprobado, pues la huella de esa mujer palpita todavía en una idéntica secuencia ordenada de los aminoácidos que componen nuestros genes en la esencia de cada célula humana.

Creo que el increíble éxito cultural del cristianismo, la religión humana más extendida sobre la tierra, tiene que ver con el inmenso aliento poético de los evangelistas y profetas judíos que inventaron esta forma de creer en la vida.

El solo hecho de celebrar la venida al mundo de un niño (nacido, podría decirse, de una madre soltera —san José es como un extra, un tío bueno y viejo, un cornudo paciente—) es una gran idea para darles a todos los seres humanos un pensamiento hondo y común: quienes hemos asistido al parto de nuestros hijos (y los hombres primitivos seguramente asistían con horror y felicidad a este acontecimiento peligroso y decisivo) sabemos la intensidad y belleza de este momento único y maravilloso.

Escoger este horóscopo del tiempo frío (al menos en Palestina), y un parto como fiesta común de todos, eso sí que es tener visión de comunidad, de hermandad, es decir, de lo que nos acomuna y hermana. La iconografía cristiana es tan bella y evocadora porque la imagen de una madre que amamanta a un niño en un establo es algo que emociona a cualquiera que no tenga podrida el alma.

A esa pareja, madre y recién nacido, cualquiera de nosotros (si no es Herodes) le daría protección. Si miran con cuidado los cuadros medievales y renacentistas del Nacimiento, todos podremos ver a nuestras madres, esposas, abuelas, hijas, y sentir una ternura indescriptible. La vida renace de todas ellas, milagrosa.

En algún momento el sol se apagará, y quizá mucho antes la tierra reventará de frío o de calor. Pero mientras tanto los seres humanos queremos seguir creyendo en esta especie de eternidad que se repite cada vez que de una niña grande nace un niño nuevo. Este ateo que cree en la magia cotidiana del Nacimiento les desea a todos feliz Navidad.