La moda es una fiesta

Celebramos 40 años de los tres días de paz, música y amor que tuvieron lugar a las afueras de Upstate, Nueva York, un lugar cuyo nombre se inmortalizó: Woostock. Cuatrocientos mil jóvenes protestaban pacíficamente contra la guerra de Vietnam y contra todo lo establecido.

No existe hoy ningún diseñador de moda vivo que no haya abordado su “momento Woodstock” en alguna de sus colecciones. El ídolo de entonces era Bob Dylan, que nunca llegó, decepcionando a muchos que llegaron a pie. Pero sí lo hicieron Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Jefferson Airplane, entre otros músicos que impusieron su moda frente a toda una generación.

Con su inolvidable chaqueta blanca de cuero, de largos flecos con chaquiras de colores, Hendrix revivió la moda navajo de los indígenas americanos, que luego fue base de indumentarias hippies nacidas en ese concierto, al tiempo con las transparencias y los estampados florales y psicodélicos, las faldas campesinas, las túnicas indias, las sandalias griegas, las chaquetas con piel de ovejas afganas, los jeans en todas sus formas, rotos y descaderados, pintados a mano.

El folclor y la etnia en su más viva expresión: el peinado afro. La desnudez tomó un protagonismo nunca antes visto en forma masiva; los únicos adornos: flores en la cabeza y el signo de paz pintado en el pecho. Surgía una moda desenfadada que escribió nuevas páginas en las tendencias del futuro y disparó la industria de la moda estadounidense basada en los Levi’s del señor Strauss y las camisetas blancas de algodón.

Diez años después, también en Nueva York, meca de la música y la moda, en un inmenso galpón de la calle 54, abría sus custodiadas puertas Studio 54, que se convirtió en el punto de encuentro original de gente bella, artistas, músicos, diseñadores y multimillonarios, además de gays, jovencitas y modelos. Nacía un nuevo estilo con el impacto de la música disco en el inicio de los ochenta, década de lujos y excesos.

La moda de los colores ácidos, metálicos, las piedras, encajes y apliques. Personajes como Bianca Jagger, la mujer del vocalista de los Rolling Stones, quien será recordada entrando en un caballo blanco. En el lounge de los VIP: Andy Warhol y su moda Pop, el diseñador del halter en lycra y vestidos en jersey, Halston; la actriz y cantante Liza Minelli, la actriz infantil Brooke Shields acompañada de su niñero Steven Rubell, creador y dueño del templo de la noche, rodeado de amigos como Woody Allen, Calvin Klein y John Travolta, rey de Saturday nigth fever.

La moda de los ochenta, con sus satines, terciopelos, hombreras gigantes y plataformas exageradas, ha vuelto en todo su furor. La última colección de zapatos de Marc Jacobs parece haber sido diseñada hace 20 años. Lo mismo ocurre con las chaquetas de inspiración militar, que reviven la imagen del Principito, dibujada por Saint Exupéry varias décadas atrás. La moda de los años cuarenta con hombreras en forma de pagoda y cintura de avispa, inspirada en diseños de Elsa Schiaparelli, es lo que vemos hoy en las pasarelas de Dior, Armani y Lanvin, sólo para nombrar unos pocos. El maquillaje, igual de fuerte; lo único que no ha regresado son los pelos con marrones y enredos de entonces.

Colombia no es la excepción. Hoy existe la moda de Andrés Carne de Res. Turistas vienen de todo el mundo para disfrutar del espectáculo de mujeres bellas en jeans apretados, botas vaqueras y tops muy pequeños y ceñidos, sobre unas formas voluptuosas y llamativas. Los jóvenes no se han bautizado si no han pasado por Andrés Carne de Res. Llegan con sombreros vueltiaos, camisas de cuadros, mochilas arhuacas con chaquetas de cuero y toda clase de prendas cómodas y divertidas. Claro que lo último, lo que vemos en las revistas, se lo ponen las niñas fashionistas para echar pinta en Andrés. Los adultos se quitan años comiendo y bebiendo en Andrés. Nadie puede resistirse a los encantos del viaje de una noche con la mejor música en Andrés Carne de Res.

La moda siempre ha vestido los bailes de distintas épocas, los conciertos, los lugares icónicos; desde fiestas memorables como el baile de blanco y negro del escritor Truman Capote en el Hotel Plaza de Nueva York para el jet set, o la del Gran Gatsby en los años veinte; todas han marcado momentos con hombres y mujeres inolvidables.

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