Ladrones de Navidad

Diciembre es el agosto de los rateros. Nadie más imbuido del espíritu de la Navidad que los ladrones. Ellos sí saben para qué son estas fechas: para robar en grande.

En estos días, en vez de villancicos, lo que uno oye en cada esquina son relatos de atracos y de estafas. Nunca como en este mes se siente uno metido hasta el cogote en el país de los cacos: Cacolombia. Aquí “confiar” es el único verbo que no se conjuga. Aquí al que parpadea lo despluman.

En este solo mes me clonaron la tarjeta del banco y se llevaron hasta lo que no tengo. No me di cuenta hasta que me llamaron a preguntar por qué estaba gastando tanto. En otra parte sacaron dos celulares con el número de mi cédula y llamaron sin parar y sin pagar hasta que fui reportado a las centrales de riesgo por no saldar esas cuentas. No sólo me robaron: ya también perdí el crédito porque aquí el mal nombre le queda, no al que estafa, sino al estafado. No importa que los teléfonos hayan sido comprados en Pacho y que yo ni siquiera conozca el pueblo de Rodríguez Gacha.

¿Qué puede hacer uno? ¿Gritar palabras que ya a nadie insultan? ¡Ratas, rateros, ladrones, granujas, pillos, fulleros! De nada sirve la retahíla, porque la palabra ladrón se ha vuelto aquí un elogio, sinónimo de avispado. Además, ya lo dijo Shakespeare: “Los ladrones tienen derecho a robar cuando los mismos jueces dan el ejemplo”.

Los literatos defienden a los ladrones: los ven con buenos ojos, los exaltan, los idealizan, los suben al pedestal de los rebeldes, de los miserables que combaten su pobreza con la astucia. Yo los abomino. ¿Por qué? No sólo porque me vienen robando desde niño (con astucia, con navaja, con pistola), sino porque los rateros son los más grandes generadores de ira mala. Ellos mismos engendran el odio ambiente: dan ganas de volverse un justiciero de barrio.

Si el robo se concibe como una manifestación de picardía, como predican los bien pensantes, o peor, como una forma de justicia social, los ladrones de todas las pelambres (los de cuello raído y los de cuello blanco) se convierten en héroes y en modelos a imitar. Lo del robo como justicia social lo vienen predicando en Venezuela, pero también los chavistas locales. Ellos sueñan con convertir estas repúblicas en una especie de Liberias andinas, donde la libertad consiste, sobre todo, en creer que aquel que tenga algo es un ladrón y por lo tanto se le puede robar sin que sea delito ni pecado.

Los resultados de esta ideología que predica el saqueo y el robo son disolventes, y no solamente en la “sociedad de los ricos” sino en todos los estratos. Los más damnificados son los que menos pueden defenderse con seguros o con vigilantes. Rota la confianza y permitido el abuso de los más granujas, el único enriquecimiento que se estimula y halaga es el de los rateros, no el del esfuerzo y el mérito. Cada día me cuentan una nueva estratagema de ladrones. El ingenio en mi país se desperdicia en astucias para robar a los otros; si esa misma inventiva se desplegara en ciencias o en artes, seríamos geniales.

En las sociedades que funcionan armónicamente uno sale a la calle sin desconfianza, sin cuidarse la espalda con miradas paranoicas o con guardaespaldas. Ahí uno puede parar a responder sin miedo si alguien le dirige la palabra. Ahí el número de identidad no es una carta blanca para la estafa. Ahí, si mucho, robarán naranjas los que tienen sed, pero no como aquí, donde los ladrones son barrigones y hay señoras encopetadas en las filas del banco para informar quién sacó la plata de los aguinaldos.

El mal es difuso: ladrones a la grande —ministros, senadores, concejales— y rateros de calle. Entre unos y otros estas fiestas se vuelven, no el sueño de la hermandad, sino la pesadilla del robo constante. ¿Qué son nuestras ciudades? Rejas, puertas blindadas, barrotes en las ventanas, guardianes, y un miedo difuso a las sombras de la calle.

Hasta los jueces piensan que el robo es un acto de justicia distributiva y los ladrones ya no van a la cárcel. Tal vez iremos a la cárcel los robados, por falta de pago.

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