Por mi culpa

Una de las peores taras de la educación católica es que uno tiende a sentirse culpable siéndolo o no siéndolo.

Esta tara tiene su lado virtuoso: cuando uno es, efectivamente, culpable, al menos se da cuenta y trata de enmendarse. Si el ser humano es un pecador —y lo es— uno debe vigilar permanentemente sus actuaciones, hacer un continuo examen de conciencia, una evaluación crítica de los propios actos y de las propias palabras. Y si se equivoca, corregir. La sensación de culpa pesa como una roca sobre los hombros.

Digo que es una tara porque si la sensación de culpabilidad se extrema, uno puede volverse más escrupuloso que una monja: todo acto o pensamiento le puede parecer sucio, dañino, malévolo o pecaminoso. Y no es para tanto porque por el camino del escrúpulo fácilmente termina uno en gazmoño y en ñoño. No soy ladrón, pero siempre que algo se pierde en un sitio en el que estoy empiezo a pensar que seré acusado del robo, aunque no tenga culpa, y tiendo a buscar lo perdido en mis propios bolsillos aunque sé que ahí no puede estar. Melindres de ex católico con sentimientos de culpa.

Digo también que puede ser una virtud porque si uno tiene el vicio de criticarse a sí mismo y ver con lupa los propios defectos, las críticas ajenas no llegan nunca de sorpresa. Todo lo más espantoso que se le ocurra a mi peor enemigo sobre mí, o sobre mi escritura, yo ya lo he pensado con anterioridad y no me sorprende. Aunque me dispararan con regadera todo un diccionario de insultos, yo ya me los he dicho y no descubren nada nuevo. La auto-flagelación deja un callo que protege de las pedradas ajenas.

Hay muchas cosas, sin embargo, de las que los católicos se sienten culpables y yo no. Los católicos, por ejemplo, viven obsesionados con pecados sexuales; yo, salvo la violación y el abuso a los menores, considero que no hay ninguna culpa en el ejercicio del sexo entre adultos en cualquier combinación que se les ocurra. Obviamente hay formas que no me gustan por motivos estéticos, médicos o dolorosos (como las prácticas sadomasoquistas), pero si dos adultos conscientes las quieren practicar, allá ellos. Tampoco siento culpa por no creer en Dios ni en los santos ni en el Papa ni en los curas. En fin, cada cual siente culpa por motivos distintos y hay mentes criminales que no sienten culpa ni por matar y torturar a la madre y a los hijos.

Toda esta introducción para hablar de una culpa real y concreta por la que tengo que pedir perdón. La roca de la culpa —en nuestra cultura judeocristiana— pierde peso reconociéndola y pidiendo perdón. Aunque el daño está hecho, la culpa y el daño se atenúan si uno reconoce el error. Yo pecador confieso ante vosotros lectores que la semana pasada pequé por precipitado, por rabioso y por no investigar bien antes de hablar, o peor, antes de escribir, que da más tiempo para meditar y preguntar. Señalé una estupidez de la que no me arrepiento: no me siento culpable de haber dicho que era una idiotez que la Biblioteca Nacional —por errores de Germán Arciniegas y Enrique Uribe White— no recibiera la donación de Bernardo Mendel. Esa denuncia, que originalmente es de Mauricio Pombo, la comparto y la sostengo: perdimos un tesoro bibliográfico.

Pero en la indignación que me dio enterarme de esa estupidez, dije dos estupideces: que Arciniegas y Uribe White eran mediocres —y no lo son ni lo fueron— y además insinué, sin tener pruebas, que su negativa a recibir los libros de Mendel podía ser un acto antisemita. Parientes, amigos y admiradores de estos dos intelectuales me han señalado que esta acusación es injusta e imposible. Que ambos, y en particular Arciniegas, fueron amigos e incluso defensores de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Que Arciniegas fue amigo de Stefan Zweig (intentó incluso que le dieran una visa), embajador en Israel y redactor de una guía para conocer este país. En fin, mi insinuación no tenía sentido. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Les pido perdón a los interesados y en general a los lectores.