Opinión y libertad

El espacio que un columnista tiene en cualquier periódico no es una especie de feudo que él ha colonizado y del cual es dueño y señor.

El espacio es, en realidad, del periódico, y se distribuye según las ideas y preferencias del Director, a veces de común acuerdo con los accionistas. La injerencia de estos varía mucho de medio a medio; en algunos es total, en otros casi nula. Echar a un columnista no es un atentado a la libertad de expresión como se ha dicho a raíz del despido de El Tiempo de Claudia López. Algo parecido podría pasar en Voz si un columnista de ellos se vuelve capitalista; lo echarían y sería feo, pero normal.

Así funciona la cosa en las sociedades que creen en la libertad de empresa. Si hay un vínculo laboral, este se resuelve según las leyes, y nada más. En las sociedades de economía centralizada ni se diga: allí el Estado decide quiénes escriben en el pasquín oficial, y —salvo que estén autorizados— jamás podrán hacer la más mínima crítica al Gobierno.

Con esto no estoy diciendo que me guste su despido. No todo lo legal es ético. Echarla es empobrecer las páginas de opinión, es una decisión dañina para El Tiempo y sus lectores, aunque sea una decisión legítima y soberana. Los dueños de un periódico escogen quiénes escriben en él, pero despedir a la periodista que reveló —con aciertos y desaciertos— la trama electoral de la parapolítica se lee como una manera anticipada de pagarle favores al régimen.

No me refiero a este asunto de oídas. Yo mismo padecí, en El Espectador, la experiencia de ser despedido como columnista. Cuando C. Ll. de la F. fue nombrado Director del diario, este me echó ipso facto. Era una venganza, tal vez, incluso una injusticia, pero era un acto soberano y no puse el grito en el cielo por lo que Lleras hizo. Le dio la gana y sus ganas mandaban en aquel entonces. Ahora, afortunadamente, y después de que casi nos quiebra, ya no.

Otra vez no me echaron sino que renuncié a seguir escribiendo en otro periódico, El Colombiano. Lo hicimos (Alberto Aguirre, Alonso Salazar y yo) porque su Directora mandó una circular a los articulistas en la que nos decía que no podíamos opinar sobre las elecciones a la alcaldía de Medellín. Hacían esto para favorecer al candidato conservador, puesto que los accionistas del periódico sí podían seguir escribiendo a favor del candidato de su partido. Por supuesto que no podíamos ignorar que si seguíamos ahí éramos cómplices y valedores de un periódico que estaba manipulando la opinión.

Lo que uno debe hacer, si no es un cínico, cuando no está de acuerdo con la ética o la objetividad del medio en el que escribe, es irse. Decir que El Tiempo es santista es como descubrir el agua tibia. Además nadie ha dicho que un periódico no pueda ser sesgado, parcial, subjetivo y malintencionado. Un periódico es lo que escoge ser, y la libertad de prensa consiste, incluso, en poder hacer un pésimo periódico con los peores vicios del periodismo. Los dueños de El Colombiano, que han venido echando a todos sus buenos periodistas y columnistas, lo están consiguiendo. Pero están en su derecho, faltaba más. Si El Tiempo quiere seguir la misma senda, y reemplazar a los buenos periodistas con amigos de José Obdulio, allá ellos. Sólo se exponen al desprestigio.

Un periódico no es una federación de pequeños feudos personales. Sus dueños nunca van a aceptar que uno de sus columnistas desprestigie la marca desde sus páginas; no sería natural. Puede hacerse una crítica puntual, sí, pero la de Claudia López era grave y certera a pesar de lo obvia. Decir que El Tiempo es santista es como descubrir el agua tibia.

Pero quizá lo más evidente es lo que menos se puede decir. Es como un mesero que les dijera a los clientes que en el restaurante donde trabaja le echan agua al vino. Cuando uno acepta ser huésped en una casa, sabe que tiene ciertos límites. Yo no voy a escribir aquí que la cerveza tal es pésima y que mi sobrino hace otra mucho mejor. Si lo dijera, me echarían, y aunque lo de la cerveza fuera verdad, tendrían razón.