Paramilitarismos

El paramilitarismo y la democracia son incompatibles, y si alguien tiene razones para afirmarlo somos los colombianos, que llevamos casi treinta años de desangre a manos de ejércitos irregulares.

El monopolio de las armas por parte del Estado es el único camino para institucionalizar su uso restringido e, idealmente, responsable y para castigar los abusos. Una vez el Estado permite cualquier forma de militarismo paralelo —tal es la definición exacta de la palabra “paramilitarismo”—, tarde o temprano la situación desemboca en la masacre o en el amedrentamiento de la población. Hay una ley no escrita que dice: todo movimiento armado termina por engendrar un movimiento armado de signo contrario.

A la hora de organizar estos movimientos paramilitares siempre se citan razones en apariencia justas: en Colombia se invocó la lucha contra los secuestros, los robos y las extorsiones de la guerrilla, pero igualmente se podrían invocar las injusticias y las desigualdades sociales o las posibles intenciones perversas de un imperio que no comparte nuestros ideales. En las polarizaciones se reconoce a los extremistas no por el ruido que hacen, sino por la propensión a fomentar el militarismo paralelo o la lucha armada, así se adornen con una retórica melosa y evoquen a Jesucristo, a Martí o a Simón Bolívar.

Surge, entonces, una pregunta obvia: ¿por qué es tan fácil denunciar el paramilitarismo de derecha, mientras que el de “izquierda” nos llega envuelto en un áurea de heroísmo anacrónico? Obsérvese el extraño silencio, la casi complacencia que rodea a las milicias bolivarianas de Venezuela (cuyo nombre coincide ominosamente con el de las organizaciones urbanas de las Farc), un andamiaje paramilitar que el gobierno vecino está organizando en forma masiva, así como los Comités de Defensa de la Revolución Ciudadana (CDRC) de Ecuador y los ponchos rojos de Bolivia, las versiones algo más tímidas que se dan en estos países. Cuando leo los manifiestos y las fantasías de los jefes de estas milicias, me siento leyendo a Carlos Castaño en camisa roja. El discurso se basa en el odio, en el absurdo derecho de llevar las discrepancias hasta el derramamiento de sangre. Las dudas sobre la legitimidad en el uso de la violencia no aparecen por ninguna parte, y siempre hay un malvado que merece ser fusilado sin fórmula de juicio.

Me dirán que estas estructuras paramilitares están en proceso de organización, que todavía no han actuado a plenitud y que al principio eran el hazmerreír de la población. ¿Constituye esto un gran consuelo? Para nada. En Venezuela tiene lugar una extraña (per)versión de la paradoja de Marx: allí lo que arrancó en comedia va camino de terminar en tragedia.

El pretexto que usa Chávez es el mismo de Cuba: la inminente invasión de Estados Unidos. ¿Qué pasa cuando el espectro de la invasión se disipa y surge el hecho de que las discrepancias o las oscilaciones inevitables de toda sociedad se exacerban? Que si hay mucha gente armada, la controversia puede terminar en un baño de sangre, después del cual, nueva paradoja, ahí sí vienen los yanquis a sembrar su forma de orden.

Pero en últimas da igual el pretexto, pues como decía Chéjov, si un arma aparece en el primer acto de una obra, antes de que ésta termine ha de ser usada. Solo los fanáticos pueden negarse a ver el gran peligro que implica jugar alegremente con candela.

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