Pronóstico reservado

Faltó en el discurso que Barack Obama pronunció el jueves pasado en El Cairo, un elemento clave. El presidente americano enfrenta en el Medio Oriente un partido muy teso que apenas comienza para él.

Eso explica el tono moderado y casi deferente de Obama y su elocuente recurso a unas generalidades en las que, por fortuna, se vislumbra un leve cambio en la posición de Estados Unidos. Obama reconoció en forma implícita los errores de su antecesor y dijo que lo único que impide el camino hacia adelante son unos extremistas minoritarios, a los que por razones políticas no quiso llamar terroristas. Aludía a Al Qaeda y, en menor medida, a los imanes iraníes. La idea es aislar a los extremistas para poder avanzar.

Pues bien, aunque estos extremistas existen y están sólidamente implantados en la mayoría de los países árabes, aislarlos no sería tan difícil si no fuera por el detalle que faltó en el discurso. Sucede que Bin Laden y Mahmud Ahmadineyad no son los únicos extremistas de la región: hay otros y vaya si tienen peso. Me refiero a la extrema derecha israelí, cuyo sueño nunca del todo descartado es instalar en la tierra que según ellos les prometió Dios hace tres mil años un Gran Israel que excede con mucho al país actual. Esta visión delirante explica los famosos asentamientos en los territorios ocupados e imposibilita simple y llanamente la existencia de cualquier Estado palestino funcional.

Israel no es un Estado laico como los que se conocen en Occidente, y su democracia funciona bien apenas para la mayoría judía. A los demás les toca conformarse con ser ciudadanos de segunda. Pero la lógica de los extremistas ignorados en el discurso de Obama va más lejos y quiere establecer judíos de primera, de segunda y de tercera. Los de primera, por si acaso, son los ultraortodoxos que viven en los territorios ocupados.

Por cuenta de estos asentamientos, Israel está muy dividido y oscila entre las posiciones expansionistas de los fanáticos y un pragmatismo algo desalentado de los más sensatos. Hay también una pequeña minoría que defiende la idea de un solo Estado laico, explicada en forma brillante por el gran intelectual palestino Edward Said, muerto en 2003.

Lo más grave es que los extremistas israelíes, miembros unos del gobernante partido Likud y otros dispersos en media docena de partidos con votos, tal vez no puedan imponer su visión de mundo, aunque sí pueden torpedear y hundir la que le serviría a Obama. Además, la presión corre el riesgo de glorificar a los resistentes, aspirantes por tradición al papel de mártires de Masada. Ariel Sharon, al contrario de lo que se esperaba de él, desmanteló unos pocos asentamientos y en el proceso tuvo que tragarse un espectáculo ominoso e histérico. Y vaya alguien a tratar de convencer a un fanático de que cambie de opinión: es imposible.

¿Qué clase de presión, se pregunta uno entonces, estará dispuesto a ejercer el presidente de Estados Unidos para avanzar en el tema? Entra aquí un segundo jugador no mencionado en el discurso: la extrema derecha americana. Pese a que está vapuleada por el triunfo de Obama, tiene por ello mismo ganas redobladas de saltar sobre el cordero liberal como un tigre ante la menor debilidad.

El partido empieza, pues, con el marcador en contra de Obama. El popular presidente puede ser un gran delantero, pero no es un mago. De ahí el pronóstico reservado del título

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