Un francés sin fronteras

Los vinos de Château Mouton Rothschild están presentes en 150 países.

Hay que reconocer que la vitivinicultura del Nuevo Mundo continúa mejorando de manera lenta y firme, llegando, en muchos casos, a poder competir con algunas célebres etiquetas del mundo. Estas manifestaciones de progreso tienen que ver con un mejor conocimiento del entorno, así como del clima y de las variedades más propicias para un determinado lugar. Observe que aquí no me refiero al término “calidad”. Hoy por hoy, un productor responsable da por descontado este factor, porque sin él, simplemente, no existiría.

María Isabel Mijares, la célebre enóloga y consultora española, dice que con la tecnología disponible y con la incorporación de profesionales cada vez más calificados, es prácticamente imposible hacer vinos malos. Sin embargo, muchas personas, de manera no siempre acertada, asocian la “calidad” con un mayor precio, es decir que, a mayor precio y prestigio, mayor calidad. En mi opinión, confunden la calidad con la complejidad.

La complejidad resulta de una conjunción de elementos, tanto agrícolas como técnicos, dando como resultado vinos más expresivos. Lo que sí podría decirse es que los vinos del Viejo Mundo son vinos más complejos y estructurados que los del Nuevo Mundo, debido a un factor de suelos.

Los vinos de Burdeos y la Borgoña, por ejemplo, crecen en terrenos calcáreos, producto de sedimentos marinos milenarios. En cambio, los vinos del Nuevo Mundo surgen de suelos arenosos y pedregosos, pobres en componentes minerales. A lo anterior debe sumarse el escaso tamaño de los viñedos, el costo de la tierra y la imagen y tradición de las casas productoras, todo lo cual se traduce en un mayor precio del producto. Véase el caso del Domaine de la Romanée Conti, en la Borgoña francesa. Este pago posee solamente un área de 1,8 hectáreas y una capacidad de producción de 5.000 botellas anuales. Su precio por unidad, en bodega, es de alrededor de US$1.000, pero su escasez en el mercado lleva rápidamente a que se transe por US$3.000 o US$5.000, dependiendo de la cosecha. Hay añadas de un Domaine de la Romanée Conti que se comercializan hasta por US$15.000 cada botella.

Igual ocurre con célebres marcas como Château Mouton Rothschild, propiedad localizada en el exclusivo distrito de Pauillac (Alto Médoc), en la región francesa de Burdeos. Este premier cru es propiedad de la antigua familia judía de los Rothschild, mejor conocidos en el siglo XVIII por sus vínculos con la banca.

Hacia 1930, el barón Phillipe de Rothschild —entonces heredero de la rama francesa— dio el paso de crear una segunda marca para envasar vinos de cosechas de baja calidad y concentración, que no alcanzaban a cumplir los altos estándares reservados para Château Mouton Rotshchild. La denominó Mouton Cadet, que rápidamente hizo carrera por sí sola, fijando sus propios estándares de calidad.

A diferencia de los vinos de Château Mouton Rotshchild (elaborado con uvas propias), el proyecto de Cadet se inspira en la compra seleccionada de fruta a un grupo de productores independientes de Burdeos.

Hacia 1975, la marca producía tres millones de botellas anuales y cubría territorios que iban desde Beijing hasta Panamá. En la actualidad, lleva al mercado más de 12 millones de botellas, en 150 países del mundo.

Hace un par de semanas, un representante de la bodega francesa visitó Colombia para anunciar la renovada oferta de sus principales referencias y compartió con un grupo de invitados algunos conceptos sobre los factores que han hecho de este vino el mayor éxito comercial de Burdeos, a precios terrenales (éstos oscilan entre los US$10 y los US$100 por botella).

Tras el éxito de la versión tinta de Cadet (compuesta por la muy bordelesa mezcla de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot), Mouton Cadet lanzó otros dos acompañantes: uno blanco y otro rosado. Después incorporó una versión reserva.

El secreto, según lo estableció el propio barón De Rothschild, radica en el tiempo de permanencia en barricas de añejamiento. En vez de pasar años, como en el caso de su hermano mayor, el Mouton Rothschild, el Cadet se estaciona en envases de roble francés por un período de seis a ocho meses para los tintos y cuatro meses para el blanco.

Y al igual que los vinos del Nuevo Mundo —que basan su estrategia comercial en una serie de cuidadosas acciones de mercadeo (cuestión que no ocurre con los grandes vinos franceses, que concentran su imagen solamente en el prestigio)—, el Cadet ha estado asociado a grandes sucesos deportivos y culturales, como, por ejemplo, los Juegos Olímpicos, el festival cinematográfico de Canes y el torneo de tenis de Roland Garros.

En cualquier caso, y a pesar de su bajo precio, la solidez de Mouton Cadet se sustenta en el hecho de que las uvas utilizadas para su elaboración crecen en terrenos arcillosos-calcáreos, que le dan al mosto mayor firmeza y expresión. La diferencia de Mouton, frente a los más tradicionales vinos franceses, es, además de un menor tiempo de añejamiento, la predominancia del Merlot en vez del Cabernet Sauvignon en la mezcla. Esta fórmula potencia las sensaciones frutadas y frescas del vino y reduce la aspereza del Cabernet Sauvignon, que exige mayor crianza y añejamiento en botella para tornarse más amable en el paladar.

En pocas palabras, el Mouton Cadet ha sido una exitosa respuesta francesa al avance de los vinos del Nuevo Mundo que, precisamente, basan su acogida en sabores frescos y frutados en vez de componentes de mayor evolución, que producen sensaciones terrosas y hasta animales.

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