Viaje de bodas

Cuando Helena y Manuel decidieron irse de viaje a un lugar paradisiaco, siguiendo el código del matrimonio, planearon una luna de miel llena de detalles románticos.

Llegaron al aeropuerto algo tímidos porque, aun cuando se habían dado el “sí” el día anterior, este viaje era un libro abierto en el que cada uno le demostraría al otro sus verdaderos defectos: sí, así es, los viajes despiertan una alta dosis de sensibilidad que hace que los defectos se vean gigantes.

La maleta de Helena era el doble de la de Manuel, lo cual produjo en él cierta impaciencia, pues por más que fuera la maleta de ella, era él quien terminaría cargándola. Y lo hizo con una sonrisa en la cara. Ni hablar del baño que vomitaba cremas para antes, después, durante el sol, y masajes de pelo, exfoliantes, energizantes… Manuel tuvo que dejar su mini kit en una esquina en el suelo junto al tarro de la basura. Pero sin decir nada, todas las noches hacía uso de cada una de las cremas expuestas en el counter.

A las siete de la mañana Manuel despertó a Helena para disfrutar de cada instante. Ella se tomó su tiempo para arreglarse, Manuel, impaciente, la esperó abajo. Cuando ella bajó, ya Manuel estaba terminando el periódico. Al parecer a Manuel le gustaba devorarse el periódico del país en donde estuvieran: tostadas, titular, huevos, crucigrama, café, deportes. Helena, para sentirse ocupada, revisaba su mochila después de cada bocado. Y subía al cuarto por algún objeto que había olvidado previendo que lloviera o saliera el sol o nevara, y leía Lonely Planet para saber qué planes realizar. Manuel miraba de reojo, le parecía ridículo que ella se quisiera guiar por Lonely Planet.

Al terminar el desayuno, con una mochila de media tonelada al hombro, Manuel propuso inscribirse en un curso de buceo. Es de suponer, que estando en el mar Rojo, bucear sea parte del turismo. Ella, complaciente con su nuevo esposo, aceptó con una enorme sonrisa. Los dos con sus wetsuits, la careta y las aletas estaban prestos para sumergirse. Helena disfrutó de cada pez, cada coral y cada señal que le hizo el guía. Pero al día siguiente ella no quiso ver el mismo pez y el mismo coral, era como volver al museo y ver el mismo cuadro. Le propuso irse de paseo por todos los pueblos que decía la guía, meterse a conocer la cultura árabe, pero Manuel no podía irse del mar Rojo sin hacer el curso completo. Así que ella, con una enorme sonrisa, le dijo que fuera él a bucear; ella se quedaría dando vueltas en la playa. Después de cuatro horas de sol, se cansó y se fue a caminar. Caminar en los viajes es igual a comprar. Cuando Manuel la vio regresar, el tamaño de la mochila lo alteró, pero se distrajo contando lo que vio en el agua y los nuevos amigos que hizo en el bote.

En cinco días Helena vio a un Manuel metódico, estricto, organizado, un tanto neurótico y poco relajado. Manuel conoció una Helena complaciente, complicada y terca. Gracias a los nuevos amigos, fueron a pasear por los pueblos. Ella sonrió para sí: entendió que algunos hombres necesitan la aprobación de los de su género para embarcarse. Y pasearon y disfrutaron y comieron demasiado. Al llegar al hotel, Manuel, a diferencia de los demás días, quiso sentarse en el bar y pedir un trago. Helena aprovechó la situación y subió al cuarto, entró al baño, pero no le bajó del todo la llave. Mientras se llenaba el tanque, ella aprovechó para cambiarse de ropa. De pronto, vio a Manuel en el cuarto. Él también necesitaba el baño. No alcanzó Helena a detenerlo, no tuvo el coraje debido a su prudencia o su religión. Quedó estática, paralizada ante la situación. Lo único que escuchó fue el sonido de la cisterna bajar. Sus pómulos se sonrojaron de pudor y vergüenza. Cuando Manuel salió del baño, se rió. Como si una barrera se hubiera derrumbado entre los dos, por primera vez se miraron. De una manera jocosa pero amorosa, le dijo que dejara de meterle cosas a la mochila, que el que terminaba cargándola era él. Ella le respondió con ternura que se quitara las medias cuando saliera a la playa.

Porque eso que a veces los separa, eso mismo los une.

Adaptación cruda de Rubem Fonseca.

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