Vinos de la frontera sur

La diferencia climática, entre el día y la noche del Cono Sur, es la ideal para la vid.

Hace un par de noches, después de haber cenado en el restaurante de la bodega Familia Schroeder, decidimos, con un grupo de sommeliers y periodistas de América Latina, caminar hasta el cercano hotel y bodega Valle Perdido, a unos ocho kilómetros de distancia. Jorge Moreno, el conductor del vehículo que nos transportaba, nos desanimó cuando apagó las luces del auto y nos preguntó si queríamos hacerlo en medio de "esta oscuridad reinante". No se veía nada. Ni siquiera la fabulosa noche estrellada ofrecía las mínimas garantías visuales para lanzarnos en la aventura.

Afuera, por lo demás, soplaba un viento de 30 kilómetros por hora, que mecía bruscamente los álamos circundantes y levantaba una inmensa polvareda en el camino. Aún así insistimos en poner pie en tierra y entonces Moreno recomendó bajarnos cuando pudiéramos distinguir a lo lejos las luces de nuestro lugar de alojamiento. Y así lo hicimos. Lo interesante del ejercicio fue sentir la intensidad de las ráfagas que recorren la estepa patagónica y que constituyen uno de los rasgos típicos de la zona (aunque esa noche tuvimos suerte; el viento, en la Patagonia, levanta velocidades de más de 80 kilómetros por hora, lo que impide caminar.

El nocturno paseo también nos puso en la mitad de otra característica regional: la variación térmica. Esa noche el termómetro no superaba los 10 grados centígrados, muy similar a lo que ocurre con la noche bogotana. Pero hasta ahí llegan las comparaciones, pues durante el día se habían alcanzado los 38 grados.

Todo esto lo traigo a cuento para ilustrar el entorno en el que se desenvuelve la nueva vitivinicultura patagónica, tanto argentina como chilena. Hace apenas seis años no había una sola parra plantada en estos territorios aparentemente inhóspitos, donde una vez se juntaron las aguas de los océanos Atlántico y Pacífico. Fueron los choques de las placas tectónicas -que, a su vez, dieron origen a la Cordillera de los Andes- los que, finalmente, separaron los dos mares, creando, en Argentina, una fértil y extensa planicie, donde los dinosaurios herbívoros y carnívoros poblaron el paisaje durante miles de años. En Chile, el perfil se tornó más montañoso y frío. Eventualmente, debido a la falta de influencia marina directa, la Patagonia septentrional argentina se transformó en un desierto.

La producción de vino se concentra hoy en las provincias de Neuquén (la más reciente) y de Río Negro (existente desde finales del siglo XIX), dando origen a una consolidada denominación austral. Está ubicada a alturas que oscilan entre los 300 y los 400 metros sobre el nivel del mar, a una latitud de entre 38 y 39 grados, es decir, en el límite de la franja vitivinícola del sur del mundo, situada entre los paralelos 30 y 40. A ella pertenecen Chile, Argentina, Uruguay, sur de Brasil, Australia, Suráfrica y Nueva Zelanda.

En la Patagonia la diferencia entre la máxima temperatura diurna y la mínima nocturna crea un microclima apto para la vid, favoreciendo el potencial aromático de la uva y la preservación de la acidez natural. Adicionalmente, las fuertes corrientes de viento engrosan la piel del fruto, concentrando el color y los taninos. Los vinos resultantes tienen una personalidad propia y única que los hace intensos, refrescantes y modernos.

Con el surgimiento de Neuquén y el renacimiento de Río Negro, la denominación austral argentina se complementa hoy con los nuevos proyectos vitivinícolas del lado chileno, en las regiones del Bio-Bio e Itata. Allí está ocurriendo un fenómeno similar, aunque imperan temperaturas más frescas por acción de las brisas provenientes del Pacífico. Pero también corren importantes corrientes de aire, que, a su vez, promueven la sanidad de las uvas.

Las variedades blancas predominantes son Sauvignon Blanc, Chardonnay, Viognier, Riesling y Gewûrztraminer, y las tintas, Pinot Noir, Merlot, Malbec y algo de Cabernet Sauvignon y Tannat. Los atractivos de la nueva zona han traído a la Patagonia inversionistas argentinos, chilenos y europeos, y se prevé que la tendencia continuará gracias a estímulos ofrecidos por los gobiernos locales. Y desde el punto de vista turístico, las bodegas han creado dentro de sus instalaciones notables centros gastronómicos y hasta hoteles de primera línea, lo que hizo que aquella noche ventosa y negra se convirtiera en una experiencia para revivir.

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