Autocrítica

María Teresa Herrán y muchos otros con ella me reclaman que en mi artículo de la semana pasada yo haya cometido una generalización que es injusta, al meter a todos los conservadores en el mismo saco.

Tienen razón y me disculpo con ella y los demás lectores. Así como la rabia deforma las facciones, también la indignación hace que a veces las palabras salgan precipitadas e imprecisas.

 

La godarria de la que yo hablaba no son todos los conservadores. Decir que todos ellos son hipócritas es tan tonto como decir que todos los liberales son promiscuos o pederastas. Algunos de los escritores que yo más admiro —Borges, Popper, Nicolás Gómez Dávila— fueron conservadores y para nada hipócritas. Entre un supuesto liberal autoritario, como Vargas Lleras, y un conservador demócrata como Juan Camilo Restrepo, no dudaría un instante en alinearme con este último.

Dicho esto, y retirando la indebida generalización que hice, especifico contra quiénes estaba dirigida mi indignación cuando hablé de la godarria renacida. Creí que era obvio: me refería a ex ministros tan desagradables como Fernando Londoño Hoyos (un patriota condenado por desfalcos a la patria) o como ese otro que en los medios es conocido con el apodo de Uribito. De él puedo decir que ya un Rolex me resulta antipático, pero que el colmo de la antipatía se la merece un reloj de pésima calidad cuyo único mérito consiste en que por fuera se parece a un Rolex. Una burda réplica, una imitación, una mentira.

Yo hablaba era de este tipo de hipocresía: de simular lo que no se es y disimular lo que se es. Y para que me entiendan les voy a contar la triste historia de un sacerdote muy godo que fue capellán del presidente Uribe cuando éste era gobernador de Antioquia. Como sabrán, a este pobre cura lo mataron la semana pasada en Medellín. Pasé por la Catedral mientras le hacían la misa cantada. Lo más granado de la burguesía antioqueña —desde el Embajador ante el Vaticano, hasta las matronas más ilustres de la montaña— acompañaron al padre en su último adiós. Y esto está bien.

En realidad, ninguna cosa de la vida privada de este sacerdote me parece mal: que se tiñera el pelo de rojo: allá él. Que su apartamento fuera como un museo de antigüedades preciadas: magnífico. Que en las limosnas pidiera billetes de 50 mil y rechazara los de mil: tiene razón, porque sus feligreses eran ricos. Que entrara por las noches muchachos a su casa para que mitigaran su celibato y su soledad: lo apruebo sin atenuantes, pues el sexo libre entre adultos está garantizado por la Constitución.

Lo que me molesta, lo que llamo godarria, lo que me parece una manifestación de insufrible hipocresía son dos cosas: por un lado, el tipo de sermones de acendrado moralismo tradicional (especialmente en materias sexuales, contra las parejas gays, por ejemplo), que eran tan celebrados por las señoras al hablar del famoso ex capellán de Uribe. Y por otro lado, que no se puedan revelar, por temor al escándalo, las tristes circunstancias que llevaron al repudiable asesinato del padre.

Así como hay líos de faldas, me reveló en privado una autoridad local, también hay líos de bluyines. Cuando las prácticas homosexuales se ocultan como una vergüenza inconfesable, los adultos que las viven así están más expuestos que nadie al chantaje y al abuso. Ojo, me parece que un crimen pasional es igual de grave y de repugnante que un crimen político. No digo que el capellán se buscó su muerte por meterse con muchachos. Ojalá capturen a los homicidas y pasen el resto de sus días en la cárcel. Lo que digo es que es triste que la godarria (no los conservadores, no, sino aquellos que viven predicando la moral mientras practican lo que ellos mismos consideran inmoral) se sienta con derecho a sermonear de limpieza y a hablar del mugre ajeno, cuando viven sumergidos en boñiga de la cabeza a los pies. Nada más.

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