El brillo gris

El humanismo tiene un brillo gris en tiempos oscuros.

Empecemos por decir que las certidumbres del presente son escasas, pero que lo poco que va quedando en claro es que los economistas, los administradores de negocios, los gerentes millonarios y los tecnócratas del primer mundo se pifiaron en materia grave durante las últimas décadas, debido a lo cual una legión de Titanics se está yendo a pique, si no es que se hundió ya, en los mares financieros del mundo. No obstante, la esquizofrenia cunde y por el New York Times nos enteramos de que las universidades primer mundistas, en vez de fomentar el estudio de disciplinas humanistas como la historia, algo que quizá permitiría comprender las pifias en su contexto para luego evitarlas, están recortando a marchas forzadas los presupuestos para las humanidades, pretextando que se trata de carreras inútiles. ¿Y eso? ¿Las inútiles no fueron las “sabidurías” de los tecnócratas, no faltó mucha perspectiva histórica a la hora de lanzar a las sociedades en una orgía desenfrenada de especulación y de consumo? Estados Unidos tiene hoy quebrado su sistema financiero, lo que a su vez amenaza con quebrar al sector productivo, y si además se mira en el espejo, se verá adicto a un petróleo que sale de lugares cada vez más peligrosos y desbarajustados (no resisto señalar una ironía reciente: los salvadores carros eléctricos que van a sustituir a los de gasolina requerirán miles de toneladas de litio, la mitad de cuyas reservas mundiales se encuentra en... ¡Bolivia! O sea que por la misma puerta por la que podrían salir Chávez y los sátrapas de Irán entrará Evo Morales).

La tecnocracia, el supuesto gobierno “técnico” del mundo, proviene de las certidumbres positivistas que se instalaron en la cultura a raíz de los descubrimientos científicos de los últimos dos siglos (hasta un “socialismo científico” hubo por ahí). El humanismo, en cambio, es muy anterior y nació de la duda, no sólo de la famosa duda metódica de Descartes, sino de la duda radical de Sócrates, el filósofo envenenado por el poder. ¿Se imagina alguien al jefe de inversiones del Citigroup pensando aunque sea por un instante en la máxima “solo sé que nada sé” a la hora de llenar su portafolio de hipotecas tóxicas? ¿Dudaron mucho los empresarios que lanzaron a Estados Unidos a una suburbanización catastrófica por allá en 1950? No, no dudaron nunca.

Es cierto —y yo mismo me declaro culpable de este pecado— que debido a la crisis de confianza que nos causó la avalancha utilitaria, los humanistas hemos venido enfatizando nuestra contribución al desarrollo, el valor comprobable de, digamos, el cine, la música y la literatura para una sociedad. Las cuentas que se presentan son sólidas, aunque bastaría con decir que allí donde la gente se cose a puñaladas con facilidad hay menos humanistas por metro cuadrado que en Suecia, así la poesía y la literatura hayan sentido desde siempre una fascinación por la guerra.

Pero en últimas la razón que hace indispensable al humanismo no es su valor económico, sino su valor a la hora de instalar cordura entre la gente. La cordura no es indispensable para vivir en tiempos de relumbrón: cualquiera se puede enloquecer comprando Ferraris o collares de diamantes. Se requiere cuando ya es demasiado tarde para ver venir el gran iceberg.

 

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