La barba en remojo

Como las reses cuando van por el brete camino del matadero, y oyen los mugidos y perciben el olor de la sangre caliente, todos tenemos angustia por el desempleo que trae la recesión.
Hace poco El Espectador publicó unas frases entre cínicas y graciosas sobre ésta y los despidos: “Una recesión es cuando tu hermano pierde el trabajo; la depresión es cuando lo pierdes tú”. “Recesión es cuando a los suegros les toca irse a vivir a tu casa; depresión cuando te toca mudarte a ti a la casa de los suegros”. Al leerlas yo pensé que el periódico se estaba burlando de mí. A una hermana mía, que llevaba once años trabajando de sol a sol en Susalud, la echaron a la calle sin darle siquiera las gracias. “Firme aquí la renuncia para que su hoja de vida no quede manchada con un despido”, fue lo único que le dijo un tipo de corbata. Y ella no firmó, a ver si le pagaban al menos la liquidación. En cuanto a la suegra, bueno, la ropa sucia se lava en casa. Pero es lo que están pensando: recesión, aunque todavía no ha llegado la depresión. Lo mejor, según parece, en una situación así, es quedarnos callados, hacernos los que nada. Al mal tiempo buena cara. No quejarnos, no decir que todo está muy duro, que se vende poco, que se anuncia menos, que además los amigos se están quedando sin puesto. Todo eso produce angustia porque los vecinos de El Tiempo están echando gente y uno recuerda el refrán: “Cuando la barba de tu vecino veas pelar, pon la tuya a remojar”. Perder de un día para otro el trabajo es una de las estocadas más duras que podemos recibir. Un empujón brutal y a la calle. Claro, las causas vienen de arriba, de la crisis que padecen los que tenían cien millones de dólares en acciones, digamos, del Citi, o cien millones invertidos con Madoff, y de la noche a la mañana no tienen cien, sino tres, o nada. Claro, a ellos les queda todo lo demás: las casas, las fincas, las fábricas. Y les queda ahorrar con los empleados: se aprietan el cinturón, y sale gente que ya no tiene ni un hueco más en el cinturón. Esta vez no, pero otras veces, a mí también me han echado. Mi hermana, que es creyente, recita una bellísima oración de Santa Teresa, y le sirve: “Nada te turbe, nada te espante, / todo se pasa, Dios no se muda, / la paciencia todo lo alcanza, / quien a Dios tiene, nada le falta. / Solo Dios basta”. Yo pongo, en el lugar de Dios, que es un tipo tan callado, a mi familia y a mis amigos. Cada vez que me han echado, a la larga, siempre me ha ido mejor. No digo que esto sea una regla, no soy tan bobo. A veces a uno lo echan y de verdad lo joden, lo derrumban de por vida. Pero no siempre, porque la desgracia no es un destino fijo. Las crisis son como la antigua rueda de la fortuna: se sube y se baja, la plata vuela de unos bolsillos a otros, va y viene. Así como la felicidad no es eterna, y más bien dura poco, también las desgracias se van atenuando. Hay un experimento de psicología cognitiva que es muy interesante: entrevistan a personas que se han ganado la lotería. En los meses sucesivos a ese golpe de suerte, viven en una euforia muy parecida a la felicidad. A los dos años están tan neuróticos y tan infelices y con tantas necesidades (ficticias) como antes. Al revés es lo mismo: tras la quiebra, depresión. Al cabo de un tiempo, tan relativamente felices o infelices como antes de la quiebra. Igual cuando lo echan a uno: al principio rabia, desasosiego, miedo. Después, nada, o lo mismo que antes: serenidad a ratos, a ratos desconsuelo, un columpio perpetuo entre la risa y el llanto. También la infelicidad se olvida y uno se sorprende, después de un tiempo no muy largo de haber perdido el trabajo, levantando los hombros. Esto, claro, si el caso no es de hambre. Si el caso es de hambre, y hay casos de hambre, entonces los que perdieron el empleo, pero no tienen hambre, se consuelan pensando que al menos no tienen hambre. Y hasta el que tiene hambre piensa que el de abajo tiene más hambre que él.
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