La felicidad del fatalismo

Recuerdo cuando tenía que emborracharme para subirme a un avión.
Sudaba frío, me comía las uñas, hacía fuerza, oía ruidos raros, cada vacío era una caída libre, les daba instrucciones mentales a los pilotos, me despedía telepáticamente de mis hijos. Hasta que un día encontré la solución. Le perdí por completo el miedo a los aviones cuando me convencí de que con absoluta seguridad, algún día, me iba a matar en un accidente de aviación. Desde eso ya no me importa volar y duermo como un niño en los aviones, y leo y sueño, y atravieso las turbulencias con menos miedo que cuando me mezo en una hamaca. Vuelo tan tranquilo que, cuando me mate, ni cuenta me voy a dar.

 

Lo mismo me pasa con Uribe; desde que me convencí de que lo vamos a tener, como cualquier tirano típico de los trópicos, por otros diez o quince años, o hasta que mi Dios se acuerde de él, ya todo me da lo mismo. La política, sus políticas, son como una grave y larga perturbación meteorológica, un inmenso cúmulo nimbo del tamaño del país, algo muy molesto, e incluso muy dañino, como las sequías, las inundaciones o el calentamiento global, pero algo frente a lo cual es inútil que un escribidor se alborote y luche, y agite su pobre pluma inútil.

Veo a mis colegas esforzarse con insultos, argumentos, denuncias, demostraciones, admoniciones, advertencias, desesperadas invocaciones a la sensatez, y todo para nada. Tratar de convencer a los colombianos de que no voten por el hombre que eligieron como su capataz, es como intentar convencer a una turba enardecida que está linchando a un ladrón de naranjas de que no lo linchen. Es inútil, es bobada, es una pérdida de tiempo y un derroche malsano de bilis y adrenalina. Como dispararle a las nubes para que llueva; o para que no llueva. Como diría cualquier Londoño Hoyos: Uribe no es un hombre, es un destino.

También los uribistas me dan pena. Ellos creen que es gracias a su trabajo de espadachines y escuderos que su jefe se mantiene incólume en el poder. Hay que ver a los Yamhures, a los Joseobdulios, a todos los mosqueteros de El Colombiano, El Tiempo y El Heraldo. Se agitan, se revuelcan, echan babaza, gruñen, demandan, fustigan, moralizan. ¿Para qué tanta rabia y tanta bulla? Tranquilos, ahí tendrán a su dictador supremo hasta la muerte. ¿Para qué se alteran tanto? Sigan en el poder y acábennos de arruinar.

Los otros que se alborotan mucho son los economistas, con esto de la crisis. Como si sus palabras pudieran cambiar un milésimo de punto los precios de la bolsa, los índices de desempleo, las cifras del PIB o de las exportaciones. ¿De qué dependerán las fluctuaciones de la economía mundial? De cualquier cosa, pero seguramente no dependen ni un ápice de lo que digan los comentaristas. Los sermones, queridos colegas, no cambian la realidad. La política y la economía van solas, por allá, como un piloto automático que nadie puede desconectar, como el desplazamiento de una placa tectónica. Más fácilmente una columna detiene un terremoto que una crisis de la economía o una dictadura política. Olvídense.

Más bien hablemos de libros, de ciencia, de literatura. Yo creo que en este periódico ya lo estamos entendiendo. La semana pasada conté infinidad de columnas literarias: Juan Gabriel Vásquez sobre Borges, José Leibovich sobre Isaiah Berlin, William Ospina sobre Kafka, Tomás Eloy Martínez sobre Cortázar, Klaus Ziegler sobre Turing. Yo mismo escribí sobre Pessoa. La vida es muchas cosas como para desperdiciarla en rabia contra Uribe y miedo a los aviones. Como le dijo el bobo a su vecino cuando se puso a llorar porque el avión se caía: “Ni que fuera tuyo”.

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