Orgullosamente, loca

Vivir con una enfermedad mental no es nada fácil. Muchas veces, incluso, ni siquiera somos conscientes de que la padecemos.

Decidí ir a terapia el año pasado porque no lograba pararme de la cama, me demoraba mucho en dormirme por la noche, me despertaba agotada y el cansancio no me dejaba ser productiva durante el resto del día. Tenía una entrega de un informe de derechos humanos y no pasaba más de 15 minutos al frente del computador sin que una angustia apremiante me devolviera a la cama. 

 

‘Nada me faltaba’: el año pasado me propusieron ser columnista de Vice Colombia y de la revista Cromos (sueños hechos realidad que ‘deberían’ ponerme a saltar en una pata de la felicidad), era consultora independiente, manejaba mi horario y lograba sostenerme sola. Y, sin embargo, la depresión había decidido hacer de mi existencia un lento, pesado e insoportable pasar del tiempo. Había algo en mí que no funcionaba bien desde hacía varios años y que me dificultaba vivir. Pero, aunque la evidencia me incapacitara, no veía que había un problema. 

 

No es para nada fácil aprender a vivir con un problema de salud mental. A veces me como tanto las uñas, que me sale sangre y me quedan doliendo los dedos. Las noches que logro dormir bien son un privilegio. Coquetear es un desastre porque mil pensamientos derrotistas y afanados por el futuro impiden estar presente cuando te echan los perros. ¿Las reuniones laborales con gente que admiro? Bien, gracias: soy una máquina de nervios, hablo de más y hago chistes inapropiados, o me paralizo por completo. A veces, de la nada, siento un vértigo en el estómago y un presentimiento en el pecho de que algo terrible está a punto de ocurrir. 

 

La ansiedad y la depresión hacen parte de mí, son mis peores monstruos y, al mismo tiempo, mis mejores cualidades: cuando se alborotan se vuelven criticones y no tienen compasión, pero cuando logro escucharlos y convencerlos de que me hablen con amor, se convierten en creatividad. Empecé a escribir para escucharlos, para darles de comer y para que pudiéramos convivir de forma pacífica. No sé si voy a terapia para asesinarlos o si el objetivo es mejorar mi comunicación con ellos. Aún me parece insoportable la idea de su presencia eterna, pero  tal vez mejore con la terapia (evidencia de que la ansiedad me pone a pensar de forma apresurada en el futuro). No obstante, cada día entiendo y acepto, con más paciencia y resignación, que no puedo controlar esa realidad y que, tal vez, lo que debo hacer es acostumbrarme a vivir con ella para no sentirme culpable. He aprendido a tratarme con cariño y a aceptarme sin vergüenza. Sigo aprendiendo a enfrentar la vida tal y como es: imperfecta, hermosa, dolorosa, colorida, feliz. Como dice Piedad Bonnet ,“la vida es física”, se siente en el cuerpo. 

 

Odio cuando califican de ‘locos’ o ‘enfermos mentales’ a psicópatas, asesinos, feminicidas, pedófilos y personas sin empatía, porque generan y reproducen prejuicios y estereotipos sobre las personas que vivimos con un problema de salud mental. Piensan que somos peligrosas. Por eso, hoy salgo del clóset. Para cambiar imaginarios, para acabar con el secretismo. Me declaro, orgullosamente, loca. 

 

Foto: iStock. 

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Matilda González Gil

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