Pájaros de verano: la bonanza marimbera contada en las cocinas

A través de la mirada de Cristina Gallego y Ciro Guerra se narra esta película en la que las mujeres wayuu, fuertes, sabias e imponentes, son protagonistas. Esta una de las once producciones que representarán a Colombia en los premios Óscar y Goya.

Fotos: cortesía.

Como todas las wayuu, Zaida nació dos veces. Cuando salió de su madre para respirar el mundo por primera vez y cuando salió del encierro convertida en mujer luego de su primera menstruación. En su pueblo, los días pasan en soles y los meses en lunas. Por varias lunas, estuvo lejos del mundo corruptible, de la mirada los varones y de los vicios terrenales. 

A solas en una ranchería, purificó su alma y limpió su espíritu. Se alimentó de mazamorra para sanar el cuerpo y se bañó al amanecer para sacarse los malos pensamientos con el frío de la madrugada. Úrsula, su mamá, le enseñó a tejer y a pintarse la cara. Le habló de la sabiduría que iba a necesitar cuando tuviera que mediar en los conflictos de su familia y le ayudó a entender el universo a través de los sueños. Cuando estuvo lista se reencontró con los suyos en una fiesta. En un rito de bienvenida que la despedía niña y la recibía señorita. (También puedes leer: “Pájaros de verano”: una historia de gansters guajiros)

 

Abuela Abuchaibe

 

Así comienza la vida adulta de cualquier mujer wayuu y así comienza Pájaros de verano, una película apoyada por Caracol Televisión y Dago García Producciones con la que Cristina Gallego y Ciro Guerra, los mismos de El abrazo de la serpiente, relatan de forma sensible la bonanza marimbera que tuvo La Guajira durante la década del 70. Sin señalamientos ni absoluciones, sin estigmas ni exotismos. Es el drama de una familia, de una venganza, de una mujer resiliente, de un amor, de un negocio y de una traición. “Es una película que suena a gánsters, a tragedia griega, a western y a cuento de García Márquez”, dice Cristina. (Puedes leer también: "Pájaros de verano": traficar en tierras ancestrales)

A Gallego, la idea le llegó hace diez años, mientras rodaba la vida de un juglar vallenato para Los viajes del viento. La historia ocurría en 1968 y una de sus escenas rozaba la bonanza marimbera. De una de sus idas a Valledupar volvió fascinada con el mundo guajiro, el pueblo wayuu y los códigos de comportamiento que defienden su honor. “No sabía que iba a ser una película de personajes femeninos tan fuertes ni que yo la iba a dirigir –cuenta–. Eso lo fuimos descubriendo por el camino”. 

 

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La guía. Cristina Gallego asumió la dirección por primera vez y enfrentó desde las diferencias culturales hasta las inclemencias del clima. 

Y es que en la dupla Gallego-Guerra, ella siempre se había encargado de la producción y él de la dirección. Pero conforme avanzaba el trabajo de campo, se les iba revelando la cosmogonía wayuu: familias matrilineales, hombres herméticos y mujeres imponentes. “Nos dimos cuenta de que la visión femenina era el diferencial de nuestra historia y el cambio de roles resultó natural. Esa visión tenía que ser la mía”, dice Gallego, desde entonces, directora de la película.  

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La historia sin spoilers va así:

Raphayet se enamora de Zaida y pide su mano a Úrsula, la matrona de la familia Pushaina, quien no muy convencida establece una dote excesiva en chivos y collares. Para cumplirla, Rafa, como le dirán luego los alijuna –blancos no wayuu–, se convierte en traficante de marihuana. Al principio, solo algunos kilos para los gringos que llegaron a La Guajira con los Cuerpos de Paz de John F. Kennedy. Pero luego, termina haciendo las veces de intermediario entre los productores de la Sierra Nevada y los importadores, comprando autoridades y llenando avionetas completas para enviar a Estados Unidos.

 

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Como es de suponer, los negocios ilícitos de Rafa se complican y traen la desgracia para los Pushaina. Úrsula, fiel a los espíritus y a sus responsabilidades como cabeza de familia, lucha por mantener la paz y la armonía entre el suyo y los demás clanes. “¿Sabes por qué me respetan? Porque soy capaz de todo por mi gente”, le dice a Rafa en alguna de sus líneas. 

 

Lo que cuentan los libros, va más o menos igual: 

En 1961, el presidente Kennedy anunció que los Cuerpos de Paz, la iniciativa que pretendía frenar la expansión del comunismo en Latinoamérica, llegarían a Colombia. Serían 64 voluntarios para instruir a las comunidades en desarrollo agrícola, educación, salud y construcción. Los que pasaron por la Sierra Nevada de Santa Marta descubrieron las aptitudes del suelo para la producción de marihuana –marimba– y se convirtieron en traficantes menores. 

 

Zaida Pushaima

Natalia Reyes es Zaida Pushaina. Tuvo que aprender wayuunaiki, la lengua wayuu, para el papel. 

Ese fue el comienzo de la bonanza marimbera y de dos décadas de excesos, exuberancias e ilegalidades que darían lugar al narcotráfico en el país. De un tiempo  de hombres poderosos y mujeres de adorno. De carros de lujo y cigarrillos encendidos con billetes. De asesinatos y deudas que se pagaban con la vida. “Pero nosotros no queríamos contar la historia que sale en los anaqueles de las bibliotecas –dice Gallego–, queríamos contar todo lo que estaba en silencio”. 

A medida que se materializaba la película, la pregunta resultaba cada vez más urgente. ¿En dónde estaban las mujeres? ¿Las guajiras, las wayuu, las matronas? En un pueblo para el que siempre han sido pilares económicos, políticos y espirituales, en una cultura de la que son columna vertebral, ¿dónde estaban las mujeres durante la bonanza del 70?

“En las cocinas –dice Angélica Perea, directora de arte de Pájaros de verano–.En la trastienda”. A pesar de ser una sociedad matriarcal, la de los wayuu sigue siendo machista. Son los hombres los que se encargan de los negocios y tienen la última palabra. Los que hablan y se sirven el mejor plato. Son ellos los que toman las decisiones, porque ellas, a pesar de todo, nunca han tenido voz. 

 

Primera Imagen Pajaros de Verano - Mateo Contreras

La matrona. Carmiña Martínez interpretó a Úrsula Pushaina. De ascendencia wayuu, la actriz volvió a sus raíces gracias a la película. 

Estaba claro: la historia debía ser contada en femenino, pero ese era un mundo de machos y encontrar una madrina no iba a ser fácil. “Después de buscar por mucho tiempo, dimos donde era. Resultó ser una mujer que hace 10 años nos sirvió una sopa mientras escuchábamos las anécdotas de sus hombres”, cuenta Cristina. Una matrona que entendía de espíritus y había sido una gran traficante de marihuana, pero que, como todas, era muy fuerte en privado y muy débil en público. En ella está inspirada Úrsula.

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En su mejor momento, la bonanza marimbera fue tan rentable que el gobierno de Alfonso López Michelsen instituyó ‘la ventanilla siniestra’, un mecanismo para cambiar dólares por pesos con el Banco de la República sin tener que dar muchas explicaciones. En Magdalena, Cesar y La Guajira reinaba la opulencia y la ostentación. Los marimberos coleccionaban camionetas Ford Ranger, organizaban fiestas de semanas enteras y abrían salones de belleza exclusivos para sus mujeres. En Pájaros de verano se despilfarraban billetes y se levantaban mansiones en medio del desierto. 

Hacer un retrato estético de tanta extravagancia no fue sencillo. La occidentalidad del hombre blanco siempre ha chocado contra la espiritualidad indígena y las 80 personas del equipo de producción resultaban ajenas en tierras wayuu. La arena se metía en los ojos de los camarógrafos, el viento se tragaba los parlamentos de los actores y el agua amenazaba con llevarse las locaciones. 

En una de las semanas más difíciles, Angélica Perea, la directora de arte, soñó que una mujer la visitaba con un enano: “Este es el dueño de la tierra”, le decía. Según las otsü, que interpretan los sueños, el desierto se negaba a recibirlos, y para lograr su consentimiento tenían que sacrificar tres chivos. 

 

Juicio de la comunidad - Foto Mateo Contreras

 

El equipo se mantenía escéptico, pero el clima parecía arremeter con más fuerza. Una noche, se abrió la boca del río y la casa que sería de Raphayet y su familia durante las grabaciones amaneció inundada. “Esa fue una gran encrucijada: someternos a las tradiciones de una cultura o mantenernos fieles a las nuestras –cuenta Angélica Perea–. Le rogué a Cristina que actuara como directora y me dijo: Yo no voy a hacer un sacrificio que incluya sangre. Por más ritual o por más wayuu. Lo único que puedo hacer es orar”.

Y eso hicieron durante semanas. Cristina, Angélica, la producción y sus familias. Bautizaron a sus hijos, comenzaron novenas y le consagraron la película al Dios católico. Funcionó. Según les diría luego el cura de la iglesia, si realmente hubieran tenido a los espíritus en contra, la historia ni siquiera habría comenzado. 

Solo una vez tuvieron que alterar sus planes. Un aguacero bíblico cayó sobre una de las locaciones y la última escena tuvo que reescribirse.  “Quedó mucho mejor, nos permitió cerrar ese proceso migratorio de estaciones. Algo que empieza y se acaba, igual que la bonanza –dice Cristina–. 

Nos felicitan por los efectos especiales. ¡Cuáles! ¡Fue el clima! Es una película que se llama Pájaros de verano y termina con un invierno espantoso”. 

 

 

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