Sexy, sexy, muy sexy

Al ver María Antonieta, de Sofia Coppola, uno no quiere otra cosa más que estar ahí con ella comiendo fresas, de fiesta hasta la madrugada, coqueteando debajo de un antifaz, seduciendo hasta a los guardaespaldas.

Una vida de champagne y bacanales es lo que la mujer, al menos en sus treinta años, debe estar practicando.

La mujer merece la vida lúdica del siglo XVIII, rodeada de ayudantes que lancen tapetes al suelo a su paso para que no se ensucie los zapatos, y otros tantos compañeros que no le permitan ni siquiera hacer el menor esfuerzo por amarrarlos, mientras ellas se sumergen en idilios y romances y juegos para hacerles la vida a las otras mujeres, y los otros hombres, más agradable.

La mujer debe ser sexy con la cabeza, con la ropa o con las miles de horas de gimnasio, con lo que tenga disponible a la mano. La razón es terapéutica, estamos ayudando a la conservación de la especie. Lo dijo Darwin: “Las hembras están diseñadas para despertar la lujuria en el macho y hacer de la procreación un rito necesario”. Seguir sus instrucciones nos clasifica, en esta generación de consumistas, en los mejores clientes que están activando esta economía desbaratada. Metámosle la mano.

Es aquí donde los necesitamos a ellos: los complementos; que tomen nota de sus abuelos y sigan sus delicados actos de abrir la puerta a la dama, de levantarse de la mesa cuando ella tenga un deseo embellecedor de empolvarse la cara, de darle paso, de elogiarla, de contemplar su belleza. Eso de la igualdad entre hombre y mujeres es un atropello contra la escogencia. ¡Qué aburrido que todo sea igual! Una majadería, como diría mi abuela. Y eso es lo que a las mujeres les gusta, la caballerosidad para explotar lo sensual.

Que la mujer delegue pequeñas tareas y se libere las manos, que sus vestidos siempre tengan un toque insinuante, que al llegar a casa no esté agotada, sino con el tiempo para un ¿sex and the city live style? Si fuera el abogado del diablo, diría que para eso no fuimos diseñadas. ¿A quién hay que demostrarle que podemos lidiar con una compañía importante? A nadie. Lo importante aquí es saber que sí podemos.

No se trata de regresar a ser amas de casa, ese término caducó el día que se inventaron las lavadoras y los domicilios. Las mujeres somos sibaritas, sensuales y refinadas. Nos gusta vivir el amor y la decadencia a los extremos, beberlo todo hasta secarlo.

Sexy es una forma de vida sin atropellos, evitando las minucias de lo cotidiano, sacando provecho de todo aquello que tenemos, por más banal que les resulte el resultado a las otras damiselas, nuestras peores enemigas; disfrutar sin tapujos, y esto incluye el sexo. No escatimar en su uso, ni reducirlo a porciones limitadas. Muchas y muchos mojigatos se taparán la boca con horror, pero aquí en este siglo no hay campo para la nariz de pinocho. ¿A quién engañan? Que nos coqueteen y nos exalten los atributos, que nos suban el ego. Que nos elogien sin cesura pero con elegancia, por supuesto; y que, también, aceptemos que es muy sexy reconocer que ser sexy nos puede quedar grande.

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