Viuda de blackberry

¿Acaso eso quiere decir que nuestro bello cuerpo ha sido reducido a un aparato que cabe en la palma de la mano? ¿Que el cuerpo del otro, y el nuestro, caben en 40 centímetros cuadrados?.

Desde que nos redujeron el poder de la comunicación a una pequeña masa negra, la lengua ha comenzado a perder su motricidad y los dedos están comenzando a padecer del túnel del carpio. Me pregunto si los dedos de las generaciones que apenas nacen estarán ensanchados como unas salchichas, o si en cambio vendrán dotados con un injerto diminuto en forma de lápiz que les sale de la palma de la mano. Este diminuto aparato que suele estar mutado en la mano izquierda esperando el momento en el que vibre anunciando un mensaje, es el nuevo novio, el que nos está reemplazando a todos.

Lo que tiene de especial este novio, que no han tenido los otros, es un Messenger en el que las conversaciones, desde la primera palabra, se pueden guardar como prueba o, en el mejor de los casos, como un bello recuerdo, como si estuviera transcribiendo lo que vamos pensando. No hay que quemarse el cerebro o hacerle una incisión al hipotálamo para rescatar un recuerdo. Está ahí, a la mano. ¡Dios sí existe, y se llama Blackberry!

Casos se han visto en restaurantes. Mientras le hablas al de la derecha, le coqueteas por el chat al de la izquierda y te burlas del sentado al frente con tu amiga que está en otro restaurante en la misma jugada. Hemos sido gratamente reemplazados. No nos extrañe ver más estrellas negras pintadas en el suelo, nada tiene que ver con la pereza de caminar por la cebra. Es la adicción por tener los ojos pegados a la pantalla. El comercial de televisión de Movistar donde un hombre se tropieza con un poste por estar mandando mensajes, no es un caso aislado, es de todos los días.

Adiós amantes, adiós amigos, adiós compañeros de trabajo, adiós a todos. ¿Por qué ser egoístas y dedicarnos a un individuo cuando nos podemos dedicar a todos y comprimirlos en un mismo aparato? Este, el nuevo novio, ha creado una adicción más fuerte que la de los novios en Réquiem por un sueño, y más adolorida que la de Mr. McGregor en el baño en Trainspotting. Se puede ayunar, perder la billetera, abstenerse de hacer el amor, pero no se puede salir de casa sin el Blackberry. La situación de pánico en la que se entra por no sentir la protuberancia en el bolsillo de la cartera es la peor de las tusas. El despechBB no lo calma el xanax, ni el manual para salir de la tusa. Esta intrusión desaparece con la misma fugacidad con la invadió: lo que se demore la fila en Movistar por un nuevo aparato.

Hasta el número del teléfono está de luto, ahora todo gira alrededor del PIN. Hay que agradecerles a los que sacaron esta ecuación a la luz pública, han lazariado las letras, que ya estaban en vía de extinción, y han reducido la polución auditiva; delete al temor de que la sociedad fuera a hacer desaparecer la escritura del sistema, el BB lo recuperó y nos está haciendo devorarla a niveles desaforados. Súmale la buena ortografía, pero sin extenderse en largas oraciones, estamos en la era donde cada palabra vale.

Hay algunos agnósticos que se oponen al todopoderoso y rechazan cualquier encuentro cercano con Él, pero en la era digital, hay que ser seguidores del irreverente consumado de 40 centímetros cuadrados y alabarlo. Si los argentinos tienen la iglesia maradoniana, ¿cuál es el problema en ser apóstoles del BB? A los que han enviudado a manos del BB, les queda la esperanza de salirse de ese duelo deprimente; o se casan con otro más grande y más moderno, o se aventuran al nuevo prozac: el iPhone.