«Perdonar ha sido la tarea más difícil de mi vida» Hermano de Andrés Escobar

A veintiún años de su muerte, Santiago Escobar rememora al hermano y al jugador que se convirtió en símbolo del deporte nacional.
«Perdonar ha sido la tarea más difícil de mi vida» Hermano de Andrés Escobar

 

Con frecuencia cierro los ojos y me acuerdo de cuando éramos niños. Compartíamos la calle, el barrio, el colegio. La nuestra fue una infancia sin lujos pero feliz. A Andrés le gustaba «mamar gallo». Se la pasaba haciendo burla y se las arreglaba para que todo el mundo lo quisiera. Le gustaba elevar globos y cometas, montar en bicicleta, a caballo, jugar cartas. Era muy apegado a la familia y en el estudio era un desastre. A pesar de ser buena gente, era cascarrabias, le daban rabietas cuando perdía, y si algo no le gustaba, reaccionaba fuerte, se le dañaba el genio. Una vez, estábamos en la finca de mi abuelo en La Ceja. Todos los diciembres nos íbamos con la familia a pasar vacaciones de fin de año. Eran días muy lindos, de juegos y travesuras, primos, tíos y abuelos, de celebraciones navideñas. De un momento a otro, Andrés se enojó y dijo que se iba de la casa. Muy serio, agarró su maletín y se fue caminando hasta el pueblo donde iba a coger un bus que lo llevara a Medellín. Recuerdo que lo vimos irse muy decidido, muy ofendido. Andrés cogió camino pero a las dos cuadras se dio cuenta de que no podía irse a ninguna parte.    

Desde muy niño empezó a apasionarse por el fútbol. Yo me hice profesional del balón antes que él y un tiempo después empezó a decirme: «Quiero ser jugador, ¿cómo puedo hacer para convertirme en uno?», me preguntaba. Ese era su mayor sueño. Fantaseaba con el éxito, con la gloria: «Yo voy a triunfar primero en Colombia, pero voy a terminar jugando en Europa. Quiero jugar en los mejores clubes del mundo», repetía. 

Su sueño finalmente se hizo realidad. Andrés se convirtió en futbolista y en figura de Atlético Nacional. Quería jugar en Italia, Alemania, España, pero eso no lo pudo cumplir. Aunque alcanzó a jugar una temporada en el Young Boys, un equipo de Suiza. Allí estuvo seis meses pero le faltó ir a un país con mayor jerarquía futbolística. 

En el momento de su muerte, lo querían equipos como River Plate de Argentina, América de México y Milan de Italia. Con este último ya había un acuerdo verbal, se estaban haciendo las negociaciones y era muy posiblemente el club al que se iba a ir a jugar si no hubiera pasado lo que pasó. 

A mediados del 94, toda la familia viajó a apoyarlo. Antes de ese mundial, ya teníamos el ritual de acompañar a Andrés en sus partidos internacionales. Nos gustaba estar con la Selección y con él. En 1990 fuimos al campeonato de Italia, y mi papá y mi hermano fueron a verlo jugar a la Copa América en Brasil. Este año, la familia completa va para territorio brasileño, pero yo no voy a ir. No tengo ganas. Prefiero quedarme en Medellín. Justo el próximo dos de julio se cumplen dos décadas de la muerte de Andrés. Veinte años ya, y el vacío no se llena nunca. 

 

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Andrés fue un caballero dentro y fuera de la cancha. Tanto que, después de la eliminación de EE.UU. 94, regresó al país a dar la cara.

 

A dar la cara

Dentro de los planes habíamos considerado estar con él hasta donde llegara el equipo nacional y luego nos quedaríamos una temporada en Estados Unidos. Cuando Colombia quedó fuera, fuimos al hotel en el que se hospedaba la Selección en Los Ángeles. Era 29 de junio. Esa noche, con tristeza por la eliminación, y en medio de su frustración por el autogol, le pedimos a Andrés que continuara el viaje con nosotros, pero él decidió regresar. «Yo voy a Colombia y doy la cara. De paso, recojo a mi novia, estoy una semana en Medellín y luego nos encontramos en Orlando». Esa fue la última vez que nos vimos. 

Continuamos el viaje en Las Vegas. El 2 de julio, dos noches después, sonó el teléfono desde Colombia. Era «Barrabás» Gómez. Acabábamos de llegar y estábamos acomodados en dos habitaciones contiguas. Fue mi hermana la que contestó. Ella, incrédula, repitió lo sucedido y el shock se apoderó de nosotros. Todavía recuerdo la cara desencajada de mi papá, la angustia, la desesperación. Es la peor noticia que he recibido en mi vida. No podíamos explicarnos lo que había sucedido. Nadie podía. Andrés tenía 27 años y era una persona tan buena. Mi hermana gritaba, mis sobrinos lloraban y mi papá no volvió a pronunciar palabra. 

Como locos empezamos a organizar el regreso. Habíamos dejado los pasajes donde unos tíos en California. Salimos para el aeropuerto con la ropa que teníamos puesta y logramos conseguir un vuelo vía Houston a las seis de la mañana. En el avión todo el mundo supo que éramos la familia de Andrés Escobar. Nos acomodaron en asientos distintos, habíamos conseguido subirnos casi al final. 

Después de la travesía, aterrizamos en Rionegro y nos fuimos directo al coliseo. Nos encontramos con el tumulto mientras me repetía que aquello era una pesadilla. Ver las filas de gente que quería acercarse al cadáver de Andrés fue muy duro. Tenía todo el futuro por delante, no le había hecho daño a nadie, se iba a casar con su novia en diciembre, y ahora estaba metido en un cajón. 

 

La amistad no se negocia

Andrés era auténtico y no estaba dispuesto a negociar la amistad. Era un ser desinteresado que siempre trató a todo el mundo de la misma manera. Jamás se aprovechó de su condición ni de su fama para sacar ventaja. Era sencillo, humilde. A mí me llamaba la atención que, a pesar de su juventud, hubiera sabido decirle no a tantas cosas. Sin dudarlo, le decía no al ofrecimiento del político o el poderoso, y eso hizo que su carrera estuviera marcada por la transparencia y la honestidad. A los 17 años, cuando murió mi mamá, nos sorprendió a todos por la madurez con que afrontó la pena. Andrés era un tipo bueno. 

Mis papás murieron y, de cinco hermanos, sobrevivimos tres. Han pasado los años, seguimos adelante y formamos nuestras propias familias, pero cada tanto lo recordamos. Nos acordamos de las alegrías, las vacaciones en la playa, de las fincas con los abuelos. Pensamos en él con alegría aunque todavía lo lloramos. Nunca se llena ese vacío. Cada aniversario, la Fundación Fátima Nutibara le hace un homenaje, entonces siempre asistimos a la Unidad Deportiva de Belén y allí se celebra una misa en su honor. 

 

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No perdono

Lo más bonito es que la gente recuerda al ser humano y ese es el legado más bacano. Tengo el orgullo de saber que fue ejemplo para los niños, los jóvenes, los ancianos. Yo me encuentro con gente mayor que me abraza y me dice que nos adoran. Me sorprende el cariño que le tenían a Andrés y eso es algo que él se ganó a pulso. A partir de su muerte, llegaron mensajes de todas partes del mundo. Personas que no lo conocieron pero que se conmovieron con una historia que traspasó fronteras. 

Perdonar ha sido la parte más difícil. Todavía me pregunto por qué salió justo esa noche, por qué lo mataron, y por más que intento, no puedo responderme. Esa idea me sigue martillando en la cabeza. A veces me imagino a Andrés en ese momento, sentado en su carro recibiendo seis tiros mientras trata de defenderse con sus manos, como se ve en algunas fotos que quedaron de la tragedia. 

Yo no perdono, porque él no merecía que lo mataran vilmente. La mafia, que fue la que lo mató, y los actores intelectuales, han querido hablar conmigo pero yo no. Esto es algo que nunca había mencionado. Desde ese momento me llené de resentimiento contra esas personas que no respetan, que atropellan, que todo lo quieren fácil, que resuelven todo a través de la violencia. Yo creo que el encargado de eso es el dueño de la justicia divina. Es un trabajo que he tratado de hacer durante años y sé que me sigo haciendo mucho daño. Perdonar ha sido la tarea más difícil de mi vida. 

Incluso con mis hijos no he hablado mucho acerca de la tragedia. Una vez, un amiguito de uno de ellos le dijo que a su tío lo habían matado por hacer un autogol, pero yo le expliqué que no había sido así, para no llenarlo de miedo hacia el fútbol. 

Yo a veces me hago la pregunta de para qué sirvió su muerte, pero después de tantos años parece que no para mucho. Porque si tuviera la certeza de que su muerte sirvió para que no hubieran ocurrido más muertes injustas y para que los hinchas no se mataran por una camiseta, para que hubiera más tolerancia, a lo mejor estaría más tranquilo. Pero yo veo que después de la muerte de Andrés han ocurrido muchas cosas más. Igual quedó el legado de un ser con principios, que dejó enseñanzas, que enalteció el deporte de su país. 

Hay que ser buena persona antes que un crack. Hoy tenemos ejemplos de grandes jugadores que son tipazos. Falcao, James Rodríguez, Iván Ramiro, Óscar Córdoba, todos ejemplos de hombres íntegros. El legado más grande que dejó Andrés es el de haber sido un ejemplo de ser humano.